Todo economista convencional con ambiciones tecnocráticas recomienda
desde el inicio de la crisis, a través de los altavoces que
generosamente le prestan los medios, dos medidas de política económica:
austeridad y reformas estructurales. Bien es cierto que con el fracaso
total, por otra parte anunciado y previsible, de tales políticas para
restablecer la estabilidad financiera y económica en Europa (al acelerar
la austeridad la espiral de deflación de deuda hacia una depresión en
los países periféricos de la Eurozona), los economistas neoliberales
mencionan la austeridad como mal inevitable. Asimismo, consideran que
las reformas estructurales son necesarias para facilitar una salida más
rápida de la crisis y llaman a profundizar en ellas.
Entre tales reformas figura como destacada y casi única la reforma
laboral. Precisamente la reforma del mercado de trabajo, en vigor desde
febrero, y que dada su “agresividad” parecería responder a lo que, según
estos economistas, “necesita” la economía española. Pero, al igual que
ocurre con la austeridad, los economistas neoliberales no explican cómo
esas reformas estructurales podrían mejorar el crecimiento y, menos aún,
cuantifican sus efectos, más allá de apelaciones genéricas a supuestas
mejoras en la flexibilidad, la competitividad y el empleo. En un
artículo anterior
explicábamos cómo esa reforma laboral no responde a la necesidad de
disminuir la tasa de paro, puesto que no es en la legislación laboral
donde reside el origen del desempleo actual de la economía española. En
este artículo cuantificaremos sus efectos a corto, medio y largo plazo
sobre distintas variables: empleo, paro, PIB, salarios y productividad.
Este artículo, además, servirá a los economistas de FEDEA[1] (que
recientemente insistían, pese a la evidencia empírica en contra, en la
legislación laboral como origen del desempleo e incluso del modelo
productivo) para que conozcan los efectos negativos que en los próximos
años tendrán las políticas que ahora defienden. Saberlos ahora les dará
tiempo para rectificar en el momento adecuado su discurso, al igual que
hicieran con su apoyo inicialmente entusiasta a las políticas de
austeridad. Así, si leen este artículo, tendrán la oportunidad de
afirmar con tiempo de sobra que ésta no era en realidad su reforma
laboral, y de calibrar un modelo DGSE para obtener algún resultado que
nos ilustre a los impíos ateos del libremercado, de cómo la clave por la
que la reforma será un desastre se encuentra en que se ésta se quedó
corta.
La reforma laboral sería ineludible según el consenso neoliberal por dos motivos:
1) Se atribuye erróneamente el origen de las crisis a un
problema de competitividad de los países periféricos de la Eurozona.
2) En contexto sin posibilidad de devaluación del tipo cambio,
que restaure la competitividad perdida, se considera que la única salida
sería una devaluación interna, como vía para mejorar la balanza de
pagos y crecer vía exportación.
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El primer argumento es una falacia. Cierto es que los índices de
competitividad desde la entrada en la UEM se han deteriorado en España.
Estos índices se refieren, como indica el gráfico de la izquierda, a
tipos de cambio efectivos reales, es decir, la relación entre el índice
de precios de un país y el de sus socios comerciales. En el caso español
este índice ha empeorado, aunque no por un aumento de los costes
laborales unitarios reales (y, por tanto, no por los salarios reales
que, de hecho, se han reducido en la última década), sino por el
incremento de los precios, apropiado por el excedente empresarial. Y es
que suelen olvidarse de los beneficios empresariales como factor
inflacionario. En todo caso es falso que tal deterioro de los índices de
competitividad sean el origen del desequilibrio comercial, dado que la
cuota de exportaciones de España se ha mantenido prácticamente estable
durante la última década y, más aún, su crecimiento ha tenido una
relación mayor con la evolución del comercio internacional que con los
costes laborales unitarios relativos. Esto se debe a que en los países
desarrollados la demanda de sus exportaciones es relativamente
inelástica al precio unitario. Dicho de otro modo, variaciones en los
precios modifican de forma limitada su demanda exterior, debido a que en
gran medida se compite en diferenciación de producto.
El segundo argumento, como veremos al analizar el efecto a medio
plazo de la reforma, hace equivalentes erróneamente los efectos de una
devaluación interna, vía costes salariales, con una devaluación del tipo
cambio. Sus efectos sobre los índices de competitividad pueden ser
equivalentes, pero no lo son desde luego sobre la renta y el empleo.
La reforma laboral aprobada en febrero, por tanto, no
pretendería otra cosa que limitar el poder de negociación y de derechos
de la clase trabajadora para facilitar el ajuste de las plantillas y
reducir salarios. Esta finalidad está en todas medidas que
contiene: eliminación de la ultraactividad de los convenios, reducción
de costes de despido y salida, cambio unilateral de condiciones de los
salarios funcionales para el empresario, eliminación de autorizaciones
administrativas en los ERE, de la tutela judicial en otros casos…
Pasemos entonces a analizar los efectos a corto, a medio y largo plazo.
EFECTOS A CORTO PLAZO: AUMENTO DEL DESEMPLEO
Esta reforma laboral entró en vigor por Real Decreto el día 13 de
febrero, por lo que sus efectos en los datos del mercado laboral se
producirían a partir de marzo. Lo que se observa con los datos de la
Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de 2012 y del
paro registrado en abril es que se acelera la caída de la ocupación y el
ajuste vía cantidades.
En el gráfico inferior izquierdo se observa la relación entre
variación porcentual del empleo y PIB desde el inicio de la recesión en
2008. La línea muestra la relación media entre variación del PIB y
empleo. Los trimestres o puntos por encima de la línea indicarían una
desaceleración de la destrucción del empleo respecto a la variación del
PIB, es decir, un menor ajuste en cantidades y viceversa
Precisamente en el primer trimestre de vigencia de la reforma
observamos una aceleración de la caída del empleo respecto al PIB y,
contrariamente a lo que nominalmente pretendía la reforma, una
aceleración del ajuste a la baja vía cantidades. Lógico si se piensa que
la reforma se aplica en el contexto de una situación de caída acumulada
de renta e ingresos, y con recesión, por lo que ésta facilita la
expulsión de trabajadores del mercado laboral, agravando el problema
desde un principio.
Esto viene corroborado por los últimos datos de paro registrado de
abril (gráfico de la derecha). Pese a que se publicitó una caída del
desempleo registrado en 6.632 personas, al tomar datos
desestacionalizados (dato realmente relevante para determinar la
tendencia mensual) se observa que el paro se aceleró en abril y marzo
hasta niveles máximos desde finales de 2009 (1,6%), apogeo de la fase
recesiva anterior.
En consecuencia, a corto plazo, la reforma laboral aumenta la
destrucción del empleo al facilitar la expulsión de trabajadores del
mercado.
EFECTOS A MEDIO PLAZO: CAÍDA SALARIAL, DE LA RENTA Y AUMENTO DEL DESEMPLEO
Como mencionábamos, el principal objetivo de la reforma laboral es
promover una devaluación interna por medio de un ajuste salarial a la
baja que mejore las exportaciones. Este razonamiento supone confundir
erróneamente los efectos de una devaluación interna con los de una
devaluación del tipo de cambio. Error que a su vez incluye otro:
considerar los salarios como un precio más.
Una devaluación del tipo de cambio siempre provoca una mejora de las
exportaciones y una reducción de las importaciones, incrementándose
entonces la renta, si se cumple la condición de Marshall-Lerner[2], lo
que empíricamente se cumple de manera generalizada. En cambio, una
devaluación interna como la que promueve la reforma laboral v2ía
salarios, no tiene por qué incrementar la renta, sino que probablemente,
y casi con seguridad, dé lugar a una caída de ésta.
Una devaluación interna vía salarios tiene consecuencias en dos frentes:
1) En cuanto a la demanda interna, en un contexto de fijación de precio mark-up[3]
(competencia imperfecta) se genera una caída de precios, aunque menor
que la de los salarios, deteriorando su poder adquisitivo. Esto reduce
la demanda de consumo, mientras que la demanda de inversión, en la
medida que no ve inmediatamente realizada la rentabilidad de la caída
salarial, no se incrementa. Es decir, que la demanda interna cae
(Kalecki, 1970). Añádase que el propio deterioro de las relaciones
laborales en un contexto de desempleo masivo como el actual, induce a su
vez a caídas en el consumo también entre quienes aún mantienen su
puesto de trabajo, como medida de cautela. Ante el temor a perder el
empleo optan por ahorrar.
2) En cuanto a la demanda externa, el efecto inmediato sería
obviamente de mejora de las exportaciones, pero dicha mejora debería
compensar el efecto negativo sobre la demanda interna previa, y esto es
altamente improbable. En todo caso, como vimos anteriormente, la demanda
de exportaciones es relativamente inelástica (tiene una variación
relativamente limitada con los cambios en el precio, debido a la
relevancia de la competitividad estructural y a través de la
diferenciación de producto), por lo que la posible mejora de las
exportaciones derivadas de la caída salarial no compensará el descenso
de la demanda interna.
El efecto neto de la devaluación interna vía caída salarial será un
descenso de la renta, y no un aumento como en el caso de la devaluación
del tipo cambio.
Recientemente, un informe de
Crédit Suisse
consideraba que una mejora del índice de competitividad de España hasta
los niveles previos de hace una década, implicaría una caída anual del
3% en la tasa de salarios nominales durante los próximos 5 años.
Nosotros estimamos que, suponiendo en el mejor de los casos un
comportamiento similar de la productividad por ocupado de España
respecto de la Eurozona y una tasa de inflación en torno al 1,5% anual,
reducir el índice de competitividad de España hasta el nivel del año
2000, implicaría una contracción del salario nominal y de la
remuneración de asalariados en torno al 2,5% anual durante los próximos 5
años, y una caída del salario real del 1,6% medio anual.
Una vez conocido el efecto negativo sobre la renta y el PIB de una
caída salarial (o devaluación interna, que acabamos de analizar),
podemos cuantificar el efecto, sabiendo que la remuneración de los
asalariados y el PIB se encuentran cointegrados. De esta forma, una
variación de la remuneración de los asalariados explica la evolución del
PIB, sin que se produzca una regresión espuria.[4] Al estimar esta
relación, prevemos una caída del PIB anual durante los próximos 5 años
del 0,4% anual respecto a un escenario base (es decir,
contrafactualmente, si no se hubiera implementado la reforma). Ello
supondría que en 2012 la caída del PIB no sería del -1,8% (como prevén
los organismos multilaterales tipo Comisión Europea o FMI), sino del
-2,2%. En 2013 no sería de entre el 0,1% o el -0,3%, sino del -0,6%... Y
todo ello sin tener en cuenta los efectos de la espiral contractiva
sobre la demanda agregada de los recortes del gasto y del ajuste
presupuestario, que acelerarían el proceso de depresivo. Y sin contar
tampoco que las políticas de ajuste se implmentan en un contexto de
desapalancamiento en el sector privado, que ahorra para reducir su
excesiva deuda acumulada.
Por todo ello, el efecto sobre la devaluación interna, vía caída
salarial, será un descenso de la renta. Por su parte, esa caída de la
renta disminuiría la ocupación, y con ello aumentaría la tasa de paro
por encima del 27% en 2015, frente al 23% previsto en el escenario base
por el Gobierno y organismos multilaterales. Y todo ello, al igual que
en el caso de la renta, sin tener en cuenta el efecto contractivo del
ajuste fiscal.
En consecuencia, a medio plazo, la reforma laboral tendrá
como resultado una caída de la renta, el PIB y la ocupación, y un
incremento de la tasa de paro respecto a los valores previstos por los
organismos internacionales, y sin tener en cuenta los efectos
contractivos adicionales de la austeridad fiscal.
EFECTOS A LARGO PLAZO: CAÍDA DE LA PRODUCTIVIDAD
Los defensores de la reforma laboral afirman que sus mayores virtudes
se observarán en el largo plazo. Lo bueno del largo plazo es que
siempre está por llegar, lo que permite que todas estas promesas se
mantengan en el tiempo, y si no se cumplen es porque aún falta para ese
“largo plazo”. Eso sí, no cuantifican ni analizan cuáles serán esas
consecuencias tan positivas, más allá de huecas palabras sobre
“mejoras”, “crecimiento potencial”, “competitividad” y la “flexibilidad”
de la economía española, a través de no se sabe muy bien qué mecanismo
esotérico.
En el largo plazo la variable más relevante, que determina la
evolución de la renta per cápita y del bienestar, es la productividad.
Los defensores de la reforma laboral afirman, de forma sorprendente, que
tal mejora de la productividad se produciría debido a que la reforma
laboral, al reducir los derechos de los trabajadores, incentivaría su
esfuerzo. Sorprendente afirmación porque a largo plazo, que es donde se
aprecian los cambios relevantes de la productividad, los únicos
determinantes de ésta son el stock de capital, el progreso
técnico y lo que en los modelos neoclásicos se llama “capital humano”,
es decir, formación de los trabajadores o valor de la fuerza de trabajo.
El esfuerzo de los trabajadores, incentivado con su precariedad no es
absoluto un determinante de la productividad a largo plazo.
Pero, como vimos anteriormente, el principal resultado de la reforma
es una contracción de los salarios. El efecto de los salarios a largo
plazo sobre la productividad es cuanto menos ambiguo. En los últimos
años se han desarrollado trabajos en los que se demuestra la relación de
causalidad desde los salarios hacia la productividad, debido a que el
crecimiento de éstos empuja hacia un cambio técnico sesgado ahorrador de
trabajo (Foley y Michl (1999)), y con ello a los empresarios a acelerar
el progreso técnico y aumentar el stock de capital. Entre estos trabajos destacan los de Adalmir Marquetti (2004) quien, a través de datos de panel del Penn World Table,
prueba la relación estable que va del salario a la productividad y no a
la inversa. Esto explicaría que en aquellos países donde se han
inducido caídas o moderación salarial se haya producido un estancamiento
de su productividad, como por ejemplo Países Bajos (CWM Naastepad
(2004))
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En el caso de la reforma laboral española, la caída del salario real
medio a la que, según estimamos anteriormente, induciría la reforma
laboral (en torno al 1,7% anual en los próximos 5 años) provocaría un
descenso de la productividad del trabajo, de acuerdo con un modelo de
cointegración entre salario real y productividad, del 0,5% anual hasta
el año 2020, frente a un relativo estancamiento previsto en los
escenarios de consenso entre los analistas.
En conclusión, en el largo plazo la reforma laboral
contribuiría a una caída de la productividad, que es el determinante de
la renta per cápita a largo plazo para una economía. Esto
retroalimentará un modelo de baja productividad-bajos salarios, que
precisamente se dice querer cambiar con las reformas estructurales.
Las consecuencias cuantificadas y estimadas en todos los horizontes
temporales de la reforma laboral son evidentemente muy negativas sobre
el empleo, los salarios, el crecimiento y la productividad. Sorprende la
falta de debate sobre estas consecuencias de la reforma laboral, más
allá de las vaguedades y argumentaciones ideológicas neoliberales sobre
las pretendidas bondades de eliminar cualquier protección a los
trabajadores para reducir el desempleo, pues se parte del reduccionismo
de plantear el salario como un coste más, tal como señalaba
Fernando Luengo recientemente en econoNuestra.
Sobre todo porque esta reforma laboral ni siquiera es funcional al
objetivo que dice perseguir: bajar la tasa de desempleo. No lo es y no
lo será. Y además tendrá a largo plazo consecuencias sobre el modelo
productivo, laboral y social tremendamente tóxicas.
REFERENCIAS
Foley y Michl (1999): Growth and Distribution, Harvard University Press. Massachussets.
Kalecki, M. (1970), Estudios sobre la teoría de los ciclos económicos, Ariel, Barcelona.
Luengo, Fernando (2012), “Mercado de trabajo. Reflexión crítica de la
lógica económica dominante”, en econonuestra.org. 08/05/2012.
Marquetti, A. (2004): “Do Rising Real Wages Increase The Rate of Labor-Saving Technical Change?. Some Economic Evidence”, Metroeconomica, 55 (4), pp. 432-441, Noviembre.
[1] Los
editores de FEDEA,
en su habitual estrategia de construirse argumentos caricaturescos para
luego rebatirlos, señalaban que la evidencia empírica, en contra de sus
tesis que vinculan tasa de paro y legislación laboral, o bien es
irrelevante (ya que se publica “en revistas de muy bajo impacto y poca
credibilidad en cuanto al control de calidad que aplican a los artículos
que publican”) o bien responde a intereses políticos o ideológicos
(como los informes de la OCDE). Estos argumentos son llamativos por dos
razones:
a) Basar un argumento en términos de qué posiciones aparecen en
revistas de mayor impacto es cuanto menos dudoso. Entre otras
consideraciones por el sesgo que estos indicadores tienen hacia la
ortodoxia académica. Dicho esto, aun así existe una batería de artículos
recientes que cuestionan la relación entre legislación laboral y
desempleo publicados en revistas indiciadas JCR (las publicaciones de
mayor reconocimiento) y con índices de impacto superiores a los que
figuran en la mayoría de artículos publicados por los propios miembros
de FEDEA.
b) FEDEA es una institución financiada en su totalidad por 14
empresas pertenecientes al IBEX-35, una transnacional de serevicios de
consultoría y una fundación de unos grandes almacenes. De estas 16
entidades que sostienen a FEDEA, 9 son bancos, entre ellos la
recientemente nacionalizada BFA-Bankia. Teniendo en cuenta todo esto,
FEDEA no debería dar lecciones de imparcialidad a partir de sus
argumentos ad hominen.
[2] La suma de elasticidades de exportación e importación debe ser superior a la unidad.
[3] Esto significa que, en el contexto de competencia imperfecta,
algunas empresas tienen poder de mercado para no ser precio aceptantes,
por lo que pueden fijar precios por encima del precio de competencia
perfecta mediante un margen sobre sus costes, lo que implica rigideces
de precios.
[4] De forma muy sintética, dos variables se encuentran cointegradas
si, siendo no estacionarias (tienen tendencia) mantienen una relación
estable a largo plazo, que hace que los residuos de su regresión lineal
sean estacionarios. Es decir, que la relación entre dos variables con
tendencia (no estacionaria, por tanto) no es espuria, y no se debe
simplemente a que la existencia de una tercera variable relacionada con
ambas (como su tendencia), y que explicase a ambas.
J. Rodríguez y Antonio Sanabria
EconoNuestra
http://econonuestra.org/index.php?option=com_content&view=article&id=277:consecuencias-de-la-reforma-laboral-y-que-no-te-cuenta-la-ortodoxia-economica&catid=50:a-fondo&Itemid=78