martes, 31 de enero de 2012

La dependencia europea de tierras ajenas

Un nuevo estudio desvela la magnitud de las necesidades europeas de tierras de otros países. Un estudio encargado por Amigos de la Tierra Europa al Sustainable Europe Research Institute (SERI) pone de manifiesto los intercambios virtuales de tierras en el mundo, es decir los intercambios relacionados únicamente con las tierras dedicadas al cultivo de productos de exportación. Por otra parte, la hoja de ruta “Por una Europa eficiente en la utilización de los recursos” de la Comisión Europea viene a comprometer a Europa en la medición y mejor administración de su consumo global de tierras (1). El informe traza las huellas ecológicas (2) globales en las tierras, vinculadas a la importación de productos agrícolas y forestales, del conjunto de países de la Unión europea y de otros países como los EE.UU., Australia, India y Brasil. Este estudio atestigua que el valor de esa huella es un buen indicador del grado de apropiación de recursos naturales. Pone en evidencia la magnitud del consumo europeo en la materia, como también su dependencia de otros países del mundo. Esta investigación nos demuestra que:

· Europa es el continente más dependiente de la “importación” de tierras.

· Seis de los diez países que más tierras importan son europeos: Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, los Países Bajos y España. Alemania y el Reino Unido importan más de 80 millones de hectáreas por año.

· El consumo promedio europeo en tierras es de 1,3 Has por persona y en países como China e India el consumo es de solo 0,4 Has por persona.

· Alrededor de un 69% de las tierras utilizadas para responder a la demanda europea de productos agrícolas y forestales se halla ubicado fuera del continente.

· Se puede apostar a que la demanda europea ha crecido desde 2004, último año del que se disponen datos. Se puede apostar también a que seguirá aumentando, debido al crecimiento de la demanda europea de energías obtenidas de la biomasa y de los agrocombustibles.

1.- Introducción
Europa importa anualmente masivas cantidades de productos alimenticios y otros productos procedentes del resto del mundo. Es posible cuantificar las cantidades importadas pero, ¿con qué extensión de tierras se corresponden? ¿Qué superficies se destinan a la producción de estos alimentos y productos? El presente informe es un resumen de los aspectos más destacados de este nuevo estudio destinado a medir las huellas dejadas por Europa sobre las tierras de los demás países del mundo, para responder a las necesidades de productos agrícolas y forestales. La noción de huella ecológica en las tierras que se utilizan representa la cantidad de tierras que un país destina a su consumo doméstico y de las que toma “prestadas” a otros países de los que importa productos alimenticios o ropa una vez hecha la deducción de las que destina a productos de exportación.

La hoja de ruta “Por una Europa eficiente en la utilización de los recursos” de la Comisión europea ha precisado el deseo de que el consumo global de tierras europeas forme parte integrante de la tabla de indicadores destinados a medir el uso de los recursos de Europa, respondiendo así a una exigencia de amigos de la Tierra Europa y del SERI que habían instado a Europa a medir su huella en tierras, agua, carbón y materia primas (3).

El estudio muestra que los elevados niveles de consumo europeos y el apetito por productos como la carne, los lácteos, la madera y otros productos forestales, que requieren particularmente grandes superficies eleva a Europa al escalón más alto en términos de huellas territoriales.

La elección de producir para la exportación puede producir efectos benéficos en la economía nacional, pero puede ser también sinónimo de acaparamiento de tierras, de pérdida de la biodiversidad, de destrucción de los medios de vida de las poblaciones locales, de confiscación de los recursos naturales. Donde además las desigualdades de acceso a la tierra se traducen directamente en otras desigualdades tales como el acceso a la salud y a la calidad de vida. Estas desigualdades no podrán reducirse si no se ataca el consumo excesivo, con el riesgo de ver acrecentarse la presión sobre las tierras.

La huella en la tierra permite determinar precisamente cuál es la demanda global en tierras (superficies, usos) y puede utilizarse para identificar de qué forma Europa –u otras regiones ricas- puede reducir sus necesidades en tierras. Reducir la cantidad de tierras necesarias es la única manera de garantizar un mundo más equitativo y rico en biodiversidad. Este documento muestra los resultados más destacados para Europa.

2.- Cómo se calcula la huella ecológica en tierras
La metodología utilizada en este estudio para calcular la huella ecológica nacional en “tierras” se basa en una combinación de datos relativos a la afectación de tierras elaborados por la FAO y de datos que resultan de los intercambios comerciales de productos del Global Trade Analysis Project (GTAP). Solo se han considerado los datos relacionados con los productos alimenticios y los productos forestales. De modo que las tierras dedicadas a la producción minera o industrial no se han tenido en cuenta.

Esta metodología atribuye la superficie de tierras utilizadas para la producción de bienes para el país destinatario/consumidor final de dichos bienes. Tiene en cuenta las tierras que se pueden “incorporar” a los productos (como por ejemplo las tierras utilizadas para producir forraje destinado a la hacienda, destinada a su vez al consumo de carne). De este modo el sistema puede evidenciar las transferencias de producción a otras partes del mundo. Los cálculos se han realizado sobre 1997 y 2004, debido a que la GTAP no disponía de datos más recientes. Hay que destacar que la huella se puede calcular en cada producto en particular, pero ello supondría utilizar un método que identificase cuáles son las tierras que realmente se destinan a un producto determinado.

3. Resultados de la investigación
Algunos puntos clave:

3.1 Una alta demanda europea. Europa es la segunda región más consumidora de tierras. Los EE.UU. están en primer lugar con un consumo de 900 millones de hectáreas, seguidos por Europa con 640 millones de hectáreas. Esto significa que Europa utiliza el equivalente a 1,5 veces su propia superficie. A la UE le sigue China (500 millones de hectáreas) y luego Rusia y los países de la antigua URSS con 330 millones de hectáreas.

3.2 Los países europeos más dependientes de tierras importadas son Alemania y el Reino Unido. Cada uno importa alrededor de 80 millones de hectáreas, de las cuales un 10% procede de otros países de Europa y el 70% de países fuera de la UE. En ambos casos estas importaciones se vinculan a la producción de alimento para el ganado y por lo tanto al consumo de carne. Europa es el continente con mayor dependencia de tierras importadas con el objeto de satisfacer sus altos niveles de consumo. En el 2004, sobre una demanda de los 27, de 640 millones de hectáreas, 375 procedían de fuera de la UE. En otros términos el 58% de las tierras utilizadas para satisfacer las necesidades europeas proceden de tierras extra europeas, en su mayor parte de China, de la Federación Rusa, de Brasil y Argentina.

Evolución de la demanda en tierras. La demanda europea por persona aumentó entre 1997 y 2004. Los Países Bajos por ejemplo duplicaron su consumo de tierras en menos de diez años. Otros países como Finlandia, Luxemburgo e Irlanda han tenido también aumentos significativos de sus demandas por persona, los datos más recientes son de 2004, es decir antes del aumento de las importaciones de biocombustibles y de biomasa. Lo que hace presagiar un notable aumento de la huella europea en tierras.

4. Conclusiones
Los amigos de la Tierra Europa y del SERI han puesto en evidencia nuevos elementos que confirman la dependencia europea tanto en lo referente a utilización de sus propias tierras como las de otros países. Europa importa enormes superficies de tierras y su consumo per cápita es mucho más importante que la de la mayoría de los países del mundo Ahora bien, se espera que la población mundial llegue a los 9.000 millones de personas en 2050, por ende no será posible proveer equitativamente las necesidades mundiales sin una reducción significativa de la huella europea. Pero la demanda de tierras no deja de aumentar. El aumento de los ingresos en países como China e India incrementa esta demanda, especialmente debido al aumento del consumo de carne. Al mismo tiempo Europa y otras regiones han acelerado su demanda de biocombustibles y de biomasa para la producción de energía, sin tener en cuenta los efectos que producirán sus huellas en las tierras.

La huella de tierras en Europa tiene grandes impactos económicos. Los productos en los que el factor tierra es el elemento principal de la producción van a ver aumentar los costos de producción –algo que ya es una realidad en los productos básicos-. El aumento de las necesidades de disponer de tierras se traduce en un fenómeno de acaparamiento que tendrá asimismo impacto sobre el costo de las importaciones europeas, sin contar las considerables consecuencias económicas, sociales y ambientales para los países involucrados.

Recomendaciones
Por razones económicas, sociales y ambientales la UE debe tomar medidas urgentes con el objeto de desarrollar políticas coherentes destinadas a evaluar y reducir su huella en las tierras. La UE debería:

· Poner a punto una metodología estándar para medir su huella en las tierras y publicar los datos necesarios para su evaluación.

· Anticipar la evolución de la huella en tierras de Europa pidiendo a los estados miembros la publicación anual de su propia huella en las tierras.

· Utilizar la medida de la huella en tierras en la evaluación del impacto de la UE y de sus Estados miembros para poner en marcha políticas susceptibles de reducir la huella europea y prevenir todo incremento en los Estados miembros.

· Apoyar a los actores económicos y de la cadena de aprovisionamiento de Europa facilitando el acceso a una metodología clara y los consejos necesarios para medir la huella de sus productos en las tierras en que se producen (así como también la huella en materias primas como el carbón, el agua, etc.).

· Desarrollar una política dirigida a reducir el uso de los recursos. La importación virtual de tierras (y de los demás recursos) tiene un costo financiero real. Considerando que los precios de los recursos tenderán a aumentar, sería sensato para la industria medir la amplitud de su huella con el objeto de reducirla.

· Lanzar urgentemente un proceso que encare la fijación de objetivos de reducción de las huellas en tierras. Está claro que esta huella debe disminuir. Es posible definir un objetivo para 2013 como se ha sugerido en la hoja de ruta. “Por una Europa eficiente en el uso de los recursos”. Esta hará que la economía europea sea más resistente y que reduzca el impacto de Europa en el resto del mundo.

Para mayor información el informe se halla disponible en: www.foeeurope.org/publications/2011/Europe_Global_Land_Demand_Oct11.pdf

Notas:

(1) Comisión Europea (2011), «Feuille de route Pour une Europe efficace dans l'utilisation des ressources»

(2) La huella ecológica es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos (Wikipedia) http://ec.europa.eu/environment/resource_efficiency/pdf/com2011_571_fr.pdf

(3) Friends of the Earth Europe (2010),“Measuring our resource use: A vital toolin creating a resource-efficient EU” http://www.foeeurope.org/publications/2010/measuring_resource_use.pdf

Susana Merino
Rebelión

lunes, 30 de enero de 2012

Monedas locales y ecológicas para la soberanía monetaria

Históricamente los movimientos progresistas y ecologistas han dejado bastante de lado el estudio y la redefinición de lo que es el dinero. Se entendía que éste formaba parte de un ámbito alejado de las inquietudes sociales y humanistas; un terreno innecesario para construir utopías y mundos mejores, en los que probablemente el dinero no existiría.

Esto ha dejado prácticamente intocado y en manos de las fuerzas conservadoras la comprensión de esta partícula fundamental con la que organizamos nuestras sociedades. Ha impedido, más allá de unos pocos experimentos puntuales, desarrollar propuestas sólidas que puedan constituir alternativas viables a la moneda eco-ilógica y antisocial. Desde la contracultura ecologista y la economía alternativa se han abordado muchos terrenos como las finanzas éticas, el comercio justo, la agroecología o las cooperativas de consumo, pero la mayoría funcionan íntegramente con moneda oficial, ya que no se percibe una diferencia real entre ésta y otros sistemas monetarios alternativos.

Sin embargo recientemente han surgido en todo el mundo nuevas monedas emitidas a escala local por las comunidades, con un fuerte carácter solidario y cooperativo, y han mostrado que de este modo se consiguen generar muchos efectos positivos, algunos de los cuales están directamente vinculados con la soberanía alimentaria. Las monedas sociales, también llamadas locales, complementarias o alternativas han cobrado fuerza e interés en los últimos años, especialmente tras el inicio de la crisis, y están construyendo propuestas replicables de distribución alimentaria bioregional de carácter solidario y ecológico.

¿SOBERANÍA ALIMENTARIA EN EUROS?
Del mismo modo que no podemos tener soberanía alimentaria cuando unas pocas empresas dominan de forma oligopólica el mercado alimentario, tampoco podemos tener completa soberanía como ciudadanos cuando unas pocas empresas, en este caso grandes bancos privados (algunos disfrazados de públicos bajo las siglas de centrales o reserva federal) son los únicos que nos emiten las unidades con las que medimos nuestras actividades económicas.

¿Qué es una moneda?
La venta de dinero que hoy hacen los grandes bancos a gobiernos y ciudadanía, es como si unas pocas empresas nos vendieran los centímetros con los que medir las distancias. Una herramienta de medida para facilitar los intercambios, que existe desde hace milenios, se ha convertido desde hace pocos siglos en una nueva mercancía, que puede ser comprada y vendida, lo que supone un gran negocio y a la vez el fin de aquello por lo que fue creado inicialmente el dinero. Quienes detentan el control de la creación de dinero tienen un poder, como reconoció un Rotschild en 1880, muy superior al del mayor Imperio.

Este dinero se vende con intereses, lo que en realidad es un modo encubierto de opresión de las élites sobre el resto de la sociedad, pues siempre los más ricos tendrán en los bancos, dinero para prestar, y siempre las gentes más pobres deberemos pagar por acceder a él. Por tanto, si no ejercemos un control democrático y social de esta herramienta tan fundamental en nuestras sociedades, éstas tendrán una dudosa calidad democrática, y se ejercerá una opresión y una forma de neo-esclavismo sutil y casi invisible sobre las mayorías sociales. Y eso es lo que vemos hoy con nitidez en todo el planeta. La actual crisis y su resolución demuestran que, efectivamente, unas pocas corporaciones y firmas financieras disponen de un control sobre nuestras sociedades y gobiernos prácticamente ilimitado.

La ignorancia acerca de algo tan central y de uso cotidiano como es el dinero, que no sólo nos ocurre a los ciudadanía de a pie sino también a muchas y muchos economistas, se debe en buena medida al hecho de que las mismas fundaciones y centros de investigación que apoyan determinados estudios en fertilizantes, semillas transgénicas o usos del petróleo, pero bloquean otras investigaciones en energías renovables, también se han ocupado de que los centros de estudio de economía desconozcan la naturaleza del dinero. Y que autores como Silvio Gessel, de quien Keynes dijo que la humanidad aprendería más que de Marx, y que se dedicó a esto, con su obra central cuyo título es ‘El orden económico natural’ sean completos desconocidos en las facultades de economía.

Gessel ya apuntaba hacia 1920 que el dinero con intereses positivos que hoy conocemos, es anti natural, ya que se distingue de todo lo demás en la Tierra, que o bien pierde valor con el tiempo o bien su almacenamiento implica un coste. Apuntó que, de seguir igual, toda nuestra economía acabaría siendo financiera, y no real, como ocurre hoy. En lugar de eso, para lograr tener una economía sana y por tanto con un dinero que circulara con más velocidad Gessel propuso los intereses invertidos o la moneda oxidable, que en lugar de ganar valor con el tiempo, lo perdía. Muchas monedas sociales siguen hoy ese principio, y ya en los años 20 un pequeño pueblo de Austria lo hizo, con tanto éxito y generación de empleo y riqueza local, que el Banco Central de Austria, temeroso de que la experiencia se replicara y acabara con el gran negocio de la banca, forzó la prohibición del experimento.

¿Es necesaria una nueva moneda?
Así como las patentes determinan las diferencias entre las semillas circulando libremente o no entre el campesinado, en el campo monetario la principal diferencia entre las monedas corporativas que hoy usamos y las monedas sociales es que éstas no disponen de intereses; además se emiten desde la comunidad local, en cada nuevo intercambio, son tan abundantes como riqueza real hay en cada comunidad, y son una forma de medir la economía, no un bien en  mismo con el que se pueda comerciar.

En lugar de seguir comprando a un lobby cartelístico de bancos privados los centímetros con los que medimos nuestra economía, los construimos nosotras y nosotros mismos en la región, para tener de este modo soberanía monetaria con la que acceder a la soberanía económica: los medios con los que se distribuye la riqueza y la producción local entre las y los habitantes locales.

Refuerzo de la soberanía alimentaria
Si todo ello es cierto a un nivel social amplio, lo es aún más en un nivel más próximo y vinculado a la agricultura y la distribución alimentaria. Las experiencias de las monedas sociales han mostrado que logran en muy poco tiempo generar efectos muy positivos, muchos de los cuales están directamente vinculados a la soberanía alimentaria. Permiten relocalizar la economía, proteger a las pequeñas explotaciones ecológicas y familiares, el comercio local de proximidad, evitar los alimentos quilométricos y construir una barrera sólida, pero a la vez pacífica y sencilla ante las grandes corporaciones. Ayudan también a generar lazos económicos y de confianza estables que regeneran los tejidos sociales. Son modelos por tanto, de soberanía económica, comercial y monetaria.

Estas experiencias se desarrollan en un determinado pueblo o región, con modelos locales propios, que pueden ser replicados en otras regiones de manera parecida, pero con diferencias en función de la idiosincrasia local de cada lugar. Así es como crecen, replicándose. Algunas de ellas, todavía con la incertidumbre que caracteriza las actividades del tercer sector y la economía social, donde muchas tareas son de carácter voluntario, ya se han consolidado como modelos viables de reorganización de los procesos económicos y sociales. Casi siempre trabajan sin ningún apoyo de las administraciones públicas, generando plataformas ciudadanas más sostenibles, ecológicas, socialmente justas y más alegres, construyendo nuevos espacios de socialización y recuperación de los tejidos sociales que ni el mercado ni las administraciones públicas han logrado articular.

Ayudan a crear, junto con otras propuestas de soberanía económica como las cooperativas de consumo o las AMAP’s [1], un mejor encaje sistémico entre los métodos de cultivo y los métodos de distribución ecológicos, convirtiéndose en nuevos mecanismos, que en lugar de ser de carácter industrial, son también ecológicos, de principio a fin del ciclo del producto. Es también una forma de revitalizar y redescubrir las riquezas de las comunidades locales, reduciendo el consumo de alimentos agroindustriales y redibujan el escenario de la distribución agroalimentaria desde nuevos modelos más ciudadanos y ecologistas de distribución.

Se configuran como una posible alternativa a la crisis estructural del campesinado en el campo, a la ausencia de soberanía alimentaria o en la preservación de variedades y usos bioregionales. Consiguen cerrar el ciclo de la opción ecológica, al pasar de la reivindicación a la acción comunitaria y autogestionada, volviendo a lo local, a la escala humana.

Distintas soberanías
Del mismo modo que los movimientos por la soberanía alimentaria tratan de reapropiarse de la decisiva capacidad de producir los alimentos en cada región para que ese poder no caiga en manos de intereses foráneos y sin inquietudes por la resolución de las necesidades locales, no menos importante es alcanzar otros tipos de soberanías en otros campos para construir verdaderas democracias como son la soberanía tecnológica (Free Software, Open Source Ecology), la soberanía en el trabajo (cooperativismo, colectivizaciones), en la distribución cultural (creative commons, copyleft, cultura libre), en la pedagogía (escuelas libres, educación en casa), en la energía (microgeneración, energías renovables y libres), etc, hasta alcanzar un tipo de soberanía aún más estratégica y central: la monetaria, que permite potenciar y unir estas propuestas desde su autonomía, en un nuevo mercado social hecho a escala humana; tal vez la única escala en la que podemos encontrar la libertad, la igualdad, la participación, y por tanto la democracia.

Ejemplos en el mundo
Encontramos en el mundo muchos tipos distintos de monedas; los LETS (Local Exchange Trade Systems), las Ithaca Hours en el estado de Nueva York; las monedas en formato papel en Sur América; los SEL (Systèmes d’Échanges Locales) en Francia; las Regio en Alemania o las monedas de las Transition Towns. 

En Cataluña vemos un modelo muy interesante que combina lo que vendría ser una red de intercambio con una cooperativa de consumo. Las ECO REDES. Esta unión hace que sea un modelo muy completo, que logra resolver una necesidad a menudo no cubierta en las redes, como es la existencia de productos básicos de alimentación, y ofrece a la vez a las y los campesinos locales la posibilidad de contar con nuevos mercados locales y sociales en los que puede ganar no solo moneda social, sino también los euros que necesita para su explotación.

Las Eco Redes son modelos de economía solidaria, cooperativa y ecológica bioregional, que a la vez que se organizan de modo autónomo en cada región, mantienen lazos permanentes y relaciones sociales y económicas con las demás redes, en una especie de confederación de economías regionales basadas en la democracia directa o asamblearia.

Las Eco Redes consisten, en síntesis, en un nuevo modelo que lleva a cabo la unión de una red de intercambio con moneda social con una cooperativa de consumo. Todos y todas comenzamos con 0 ecos, y cualquier usuario puede ganar moneda social al ofrecer cualquier bien o servicio a otro usuario de la red. También se pueden comprar ecos a cambio de euros 1 a 1. Esto lo hacen sobretodo las y los consumidores de la red o visitantes en las ferias (familias e individuos que no quieren participar activamente como usuarios, sino que desean tan sólo consumir algún producto o servicio ofrecido por algún usuario). Al hacer este cambio de moneda ingresan en la red euros que se destinarán, como si se tratara de una cooperativa de consumo, a la compra de productos básicos de alimentación a productores cercanos que aceptan un 10 o un 20% en moneda social. Estos productos se traen a la siguiente feria de trueque, o bien, si se dispone de un local permanente, se dejan allí en lo que en Cataluña se llaman Centrales de Compras Colectivas o Eco Tiendas donde se distribuyen íntegramente en moneda social.

El principio de transición
Ha sido fundamental entender el principio de transición, del mundo en el que hoy vivimos hacia la utopía a la que queremos ir. Si las redes exigieran una aceptación del 100% en moneda social a las y los productores, éstos acabarían teniendo demasiada, lo que sería un problema y podría comprometer su economía, cuando lo que se pretende es ayudar. En cambio los porcentajes graduales de aceptación permiten que todos ganen. El campesinado logra ingresar euros para mantener su granja, logra establecer un vinculo seguro y permanente con un mercado próximo y amigo, logra algunos ecos o moneda social con los que abastecerse de algún servicio o producto de la red que le puede servir en su granja o en los gastos corrientes de su familia (una clase de idiomas para su hijo, p.ej.). Y la red logra disponer de productos básicos que hacen de este sistema, ya no solo una experiencia simbólica y festiva de encuentro vecinal sino el inicio de una alternativa completa al capitalismo industrial.
Vemos, pues, que las monedas sociales y ecológicas no son el único medio ni el más importante, pero sí parece que sin ellas será difícil lograr un cambio real.

Dídac Sanchez-Costa i Larraburu es Sociólogo, escritor y activista. Miembro de las Ecoredes, la Cooperativa Integral Catalana, el movimiento 15M y la Colonia Colectivizada de Ca la Fou

Facebook: Didac S.-Costa, Xarxa Ecoseny

Nota:
[1] de Association pour le Mantien de lAgriculture Paysanne (Teikei en el Japón o CSA -Community Supported Agriculture- en los EE.UU). En ellos, los consumidores toman un rol mucho más activo y solidario con el productor, con visitas y trabajo en las granjas y un pago por avanzado de la cosecha. La nítida frontera entre productores y consumidores se desdibuja, ya que éste se convierte en una especie de accionista de la granja, pudiendo tomar decisiones acerca del tipo de cultivo, productos, calidad o formas de pago.

sábado, 28 de enero de 2012

Nuestra piel

Los Estados aplican recetas destructoras, bajo la batuta de una Alemania conservadora.

 ¿Quién tiene interés en utilizar la crisis social y económica actual? No cabe duda ahora que nos estamos enfrentando a una ofensiva histórica, a escala europea, de las capas más ricas y de los detentadores del capital financiero para, aprovechando la crisis mundial, reorganizar los sistemas sociales europeos para su propio beneficio. Esa ofensiva se apoya en las clases conservadoras y, a menudo, cuenta con la complicidad consciente del social liberalismo encarnado por algunos partidos socialistas europeos. Varios apuntes testifican esa durísima batalla. 

Primero, en la zona euro, la Comisión de Bruselas, el Consejo Europeo y el eje franco-alemán, fieles servidores del Banco Central, están impulsando cada vez más políticas drásticas de recortes, haciendo pagar a las clases medias y populares el coste de la lucha contra los déficits presupuestarios. 

Segundo, en vez de modernizar la maquinaria económica con una política mundial y europea de flexibilización del déficit y de relanzamiento del crecimiento, lo que significaría intervenciones públicas masivas y una reforma del sistema monetario internacional (recuerdo aquí que, salvo el último punto, es precisamente lo que en 2008 le propuso, en balde, Barack Obama a la señora Merkel), los círculos financieros mundiales y europeos optaron por incrementar la presión sobre los Estados europeos para que reduzcan la financiación de las políticas públicas, acaben con los sectores de interés general de sanidad, educación y con las Administraciones de servicios de uso público, bien privatizándolos, bien aniquilándolos. La encarnación viva de esta política la tenemos hoy en todos los Gobiernos europeos, sometidos al liderazgo del eje Merkel-Sarkozy, que recuerda la pareja Ronald Reagan-Margaret Thatcher de los ochenta del siglo pasado. 

Tercero, desde la quiebra griega, los mercados financieros se apoderaron de la riqueza pública europea con tipos de interés cada vez más altos, y obligan a algunos países a endeudarse como nunca ocurrió en su historia. De hecho, estos países europeos están perdiendo su soberanía nacional. Más grave aún, los detentadores de capital se benefician, desde 2008, de la falta de resistencia de los Estados; pueden también apostar a que la depresión social no provocará revoluciones sociales en los países desarrollados, siendo el ahorro privado importante y que el envejecimiento de la población, vinculado con la disgregación política de la izquierda europea, está facilitando una estrategia ofensiva en contra del mundo asalariado. 

Cuarto: casi cinco años después del estallido de la crisis, no hay ni un país de la zona euro que haya podido reducir sus déficits estructurales; la deuda pública aumenta por doquier, el paro se dispara (más de tres millones en Francia, pronto seis millones en España) igual que la inflación, mientras que reaparece la hidra del empobrecimiento. En su libro Contra la crisis, otra economía y otro modo de vivir, el economista Juan Torres López apunta que en Francia “cuatro millones de personas viven en situación de aislamiento, no tienen ningún vínculo relacional y que hay 8,4 millones de pobres. En Alemania se calcula que en 2011 hay 12,6 millones de pobres y según la ONU, en este país, uno de cada cuatro niños va al colegio sin desayunar; en Italia, en 2010 había 8,2 millones de pobres y en Estados Unidos 44 millones de pobres”. Al revés, la especulación financiera sigue utilizando los circuitos bancarios y tampoco sabemos hacia dónde ha ido a parar el dinero que se les ha otorgado a estos bancos desde 2008. 

Sin embargo, los Estados siguen aplicando las mismas recetas destructoras, bajo la batuta de una Alemania conservadora, del seguidismo de Francia y de un euro sobrevalorado (empezó en 2002 con la casi paridad con el dólar y ¡está ahora un 25% más caro!). No son hoy en día solo los sindicatos (último bastión de resistencia social porque los partidos han capitulado frente a la finanza internacional) los que tachan esta estrategia de dramática para el mundo del trabajo: es el propio Fondo Monetario Internacional quien, en su informe de principios de 2012, declara que la recesión se va a incrementar con los actuales objetivos de déficit a nivel europeo. 

La cruda realidad es que las medidas propuestas en Europa no están a la altura; el proyecto europeo, para seguir existiendo, necesita un giro radical hacia una Europa social y política. En ausencia de este proyecto solidario, quedará por resolver si, después de habernos quitado a los ciudadanos la ropa, los mercados nos van a pedir que les demos también trozos de nuestra piel.

Sami Naïr. El País 

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/01/27/actualidad/1327694610_357808.html

viernes, 27 de enero de 2012

España. Actualidad en viñetas


Justicia? en España
(Garzón, Camps...)






Viñeta 1. Forges (El País)
Viñeta 2. Medina (Público)

martes, 24 de enero de 2012

La democracia, en un túnel sin salida

El profesor de Derecho Constitucional, Albert Noguera, afirma que la actual crisis de la democracia anticipa un cambio de ciclo histórico

La democracia se halla en crisis. Una crisis sin paliativos. De la democracia como sustantivo, más allá de las formas con las que se la suele adjetivar (representativa o participativa). Esta es la tesis expuesta por el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Extremadura, Albert Noguera, en la jornada de debate sobre “¿Crisis de la representación o crisis de la democracia?”, organizada en Valencia por el Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) en colaboración con Esquerra Unida del País Valencià. 

“Vivimos un cambio de ciclo civilizatorio, que consiste en la muerte de la democracia tal como la entendemos; en la defunción de la modernidad liberal; en consecuencia, avanzamos hacia formas de organización social radicalmente diferentes, probablemente autoritarias”, ha resumido el profesor de Derecho Constitucional. 

¿Por qué la izquierda política y social no asume la crisis de la democracia y actúa en consecuencia? En principio, porque interpreta de manera errónea conceptos como “poder” y “dominación”. Por ejemplo, el 15-M considera -“de manera simplista”, según Albert Noguera- que para lograr una transformación de la sociedad, hay que convencer a los ciudadanos de que políticos y banqueros son corruptos. “Este análisis es falso”, a juicio del docente. 

El profesor de Derecho Constitucional se muestra partidario de una “interpretación compleja del poder, entendido como hegemonía” (el poder no debe considerarse sólo en negativo, como represión). Siguiendo las reflexiones de Gramsci, las clases dominantes han generado un consenso entre la población sobre el modo de organización social. Muy pocos se cuestionan la dominación y sus efectos. Los ciudadanos han asumido internamente sus pautas y naturalizado los modos de proceder establecidos por las clases hegemónicas. 

Pero lo decisivo en la tesis de Noguera es cómo se genera esta cultura hegemónica. Una respuesta acertada a la cuestión es la premisa necesaria para que la contestación al sistema resulte efectiva. Contra lo que pudiera parecer, según Noguera, la cultura dominante no la construyen básicamente políticos, banqueros ni medios de comunicación. Tiene raíces más profundas. 

En primer lugar, la “mercantilización” (Marx ya hablaba del fetichismo de la mercancía). Esto significa que, además de objetos, el mercado produce subjetividades, valores y maneras de pensar. Además, la progresiva tecnificación de la sociedad genera, en la línea de las reflexiones de autores como Adorno o Horkheimer, procesos crecientes de enajenación y deshumanización. La era digital y de las nuevas tecnologías se corresponde con un individuo de pensamiento rápido, integrado en la cultura de la imagen y poco habituado a la reflexión. 

Así las cosas, concluye Albert Noguera, “la única forma de transformación radical de la sociedad consiste en una vuelta atrás tanto en los procesos de “mercantilización” como en los de tecnificación”. Sin embargo, “considero que son procesos irreversibles; de hecho, hoy se avanza precisamente en sentido contario; la única salida posible consistiría en crear espacios de contrahegemonía, en los que se pudiera actuar fuera de los patrones mercantiles y tecnológicos dominantes”. Los partidos y organizaciones de izquierda, sobre todo los de corte más clásico, no parecen caminar por esta senda. 

A partir de la década de los 60-70 del pasado siglo se producen unos cambios en el capitalismo o, mejor, en las estructuras empresariales, que en buena medida explican la crisis de la democracia actual. Se pasa un modelo industrial-productivo a un capitalismo que produce objetos de consumo para las grandes superficies y los centros comerciales. El cambio de paradigma implica transformaciones de calado antropológico: compro un determinado objeto o una marca más que por su valor de uso, por el valor simbólico que proyecta. En otras palabras, el consumo se convierte en una manera de singularizarse, autentificarse o dotarse de personalidad propia. 

“La mercancía supone distinción simbólica del individuo; lo fundamental es diferenciarse; actuamos como cazadores de experiencias que aspiran a la singularidad y la autenticidad del yo; eres diferentes si usas una determinada marca de colonia o viajas a cierto país exótico”, subraya Noguera. ¿Qué implicaciones políticas tiene la aparición de este nuevo sujeto? Efectos decisivos, pues supone una ruptura con el individuo surgido de la modernidad, de la ilustración y del liberalismo. “La individualización ya no genera ciudadanía, no es activa ni participativa; es más, está desvinculada de los grandes mitos de la ilustración: justicia, dignidad, libertad, igualdad; el individuo actual es, por el contrario, pasivo, autorreferencial y desideologizado”. 

La democracia también ha hecho crisis por la creciente desregulación que impone el capitalismo en su fase actual. Aunque continúen existiendo las normas jurídicas, “se tiende cada vez más a vaciar de contenido social las legislaciones; en paralelo, se produce un desmontaje de las administraciones estatales (véase la imposición de los mercados a los parlamentos nacionales)”. Fruto de esta desregulación, los espacios públicos y privados quedan expuestos a una mercantilización desbocada, colonizados por el capitalismo. Por ejemplo, la familia, exenta de la invasión mercantil durante la modernidad, se ve afectada cada vez más por estos procesos. 

En términos políticos, el problema que plantea la desregulación es cómo se tratan los conflictos. Las instituciones que servían de canal adecuado han entrado en crisis, al igual que la democracia. “Vivimos en la época del sálvese quien pueda”, afirma Albert Noguera. Existen dos posibilidades de conflicto: los estallidos espontáneos de violencia sin sentido ni dirección (por ejemplo, los recientes disturbios de Londres); y los planteados por los discursos críticos herederos de la modernidad, que Noguera califica de “cultura muerta, pues no sirven para transformar nada; ir a una manifestación es como ponerse un traje de domingo; se lanzan consignas que nada tienen que ver con nuestras vidas mercantilizadas; las dos posibilidades de conflicto forman parte, realmente, del sistema vigente”. Una tesis provocadora. 

Enric LLopis
Rebelión


Redefinir la soberanía alimentaria

Quince años después de la primera definición de Soberanía Alimentaria («La Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias únicas. Esto incluye el verdadero derecho a la alimentación y a producir los alimentos, lo que significa que todos los pueblos tienen el derecho a una alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, y a la capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus sociedades») el concepto ha ganado en amplitud y propagación. De hecho, creo que ha sido su uso y defensa, principalmente en manos de la población campesina, lo que -como algo vivo- le ha dado y dará nuevas dimensiones.

Cuando se vocifera en las marchas campesinas, es un grito de la lucha a cara descubierta frente a la sociedad capitalista y su gobernanza, convirtiéndose en una propuesta política para reorganizar el sistema alimentario global que se va imponiendo por todo el planeta. Por eso cuando se le pregunta a La Vía Campesina sobre su concepto reivindicativo lo dicen rotundo y sin ánimo de despistar: «no queremos más políticas agroalimentarias, para nada, lo que queremos es hacer y participar en las políticas agroalimentarias». Una demanda clara de soberanía –para decir y decidir- que ―no queremos políticas agroalimentarias enfocadas como siempre en cómo y cuánto se pueden aumentar las producciones de alimentos, sino políticas para aumentar, producir y reproducir más y más campesinas y campesinos. En la Soberanía Alimentaria, el campesinado es el centro y el objetivo; la agricultura y la productividad son los medios.

También la propuesta de la Soberanía Alimentaria como construcción de otra forma de producir y consumir, es un ejemplo para otras propuestas pensadas para la creación de un mundo fuera del capitalismo. Hoy Soberanía Alimentaria camina de la mano del Decrecimiento, la Soberanía Energética, la monetaria o el Buen Vivir.

Quienes defienden la Soberanía Alimentaria exigen que las reglas de juego se han de cambiar y el pueblo soberanamente retomar el mando. ―Nos han robado el poder, el poder está en otras manos –dicen desde el campo― vamos a recuperar el poder: poder hacer nuestros huertos, poder cultivar comida, poder cuidar la tierra, para poder vivir del campo. Con la contundencia de quienes saben que la Soberanía Alimentaria es también una respuesta que da esperanza a injusticias que no pueden esperar: hambre, crisis ecológica, pobreza rural, economías en crisis…

A su vez, la Soberanía Alimentaria ha mostrado que en un Planeta globalizado, también las luchas son globales, hermanando en este caso campesinas y campesinos del Norte y del Sur (rompiendo esquemas) que se han reconocido como iguales frente a las consecuencias de una superagricultura intensiva en manos de pocas corporaciones. De igual manera, su lucha ha generado una estrecha alianza entre la sociedad campesina y otros sectores de la sociedad civil, como los grupos de consumo responsable, las organizaciones ecologistas o algunas organizaciones de cooperación internacional implicadas en la defensa de un mundo rural vivo. Es la Soberanía Alimentaria un espacio físico de encuentro del pueblo militante y así lo dicen sus voces, «que no se atrevan a salvar nuestro mundo rural, ni a impedir que lo defendamos».

Hacer Soberanía Alimentaria es finalmente una práctica de resistencia ―ni un campesino o campesina debe desaparecer― mientras se espera el cambio de modelo. Y por qué no, Soberanía Alimentaria es para muchas y muchos una utopía necesaria, que será realidad.

¿Y cómo hacemos para explicar tanto? Pues miren, volviendo a la definición que le dio vida. En realidad la soberanía alimentaria no es más –ni menos- que «el derecho de los pueblos a la tierra de la cual vivir, y el deber de los pueblos de cuidar la tierra de la que vivir».

Gustavo Duch Guillot. Autor de ‘ALIMENTOS BAJO SOSPECHA’ y ‘SIN LAVARSE LAS MANOS’
 http://gustavoduch.wordpress.com/2012/01/17/redefinir-la-soberania-alimentaria/

domingo, 22 de enero de 2012

¿Adónde van los 'indignados'?

El movimiento del 15-M irá encontrando sus propias vías hasta hacerse torrente conforme la situación se haga crítica.
 
El movimiento de indignados surgido en el 2011 en España, Europa y Estados Unidos es una bocanada de aire fresco en un mundo que huele a podrido. Plantearon en redes sociales y en acampadas lo que muchos piensan: que la crisis la crearon bancos y gobiernos y la sufre la gente, que los políticos sólo se representan a sí mismos, que los medios de comunicación están condicionados y que no hay vías para que la protesta social se traduzca en verdaderos cambios porque en la política está todo atado y bien atado para que sigan pagando los de siempre y cobrando los de siempre. Por eso durante meses decenas de miles de personas participaron en asambleas y manifestaciones y por eso la mayoría de la ciudadanía (hasta el 73% en España) compartió sus críticas. Y todo ello de forma pacífica, excepto la violencia resultante de cargas policiales excesivas, que han llevado a sus responsables ante el juez. El movimiento tuvo la madurez de levantar las acampadas cuando sintió que las ocupaciones se cocían en su propia salsa y que a las asambleas diarias sólo asistían los activistas.

Pero no desapareció el movimiento, sino que se difundió por el tejido social, con asambleas de barrio, acciones de defensa contra injusticias, como la oposición a desalojos de familias, y extensión de prácticas económicas alternativas tales como cooperativas de consumo, banca ética, redes de intercambio y otras tantas formas de vivir diferente para vivir con sentido.

Aun así, el acoso mediático, policial y político que ha sufrido el movimiento, que en algún momento llegó a asustar a las élites dirigentes por su posibilidad de contagio, ha conseguido crear la impresión de que el movimiento ha quedado limitado a algunos jóvenes idealistas o unos pocos exaltados. Basta con cerrarse en banda y dejar que se cansen. Los partidos de izquierda pensaron pescar en río revuelto para realimentar sus menguantes huestes, pero lo dejaron al ver que los nuevos rebeldes ya tienen claro que por ahí no va el cambio por el que luchan. Pese a la hostilidad de los poderes fácticos, el movimiento ha continuado, ha mantenido su deliberación en asambleas, comisiones y por internet, y sigue contando con respaldo popular cuando surgen iniciativas concretas donde sale a la superficie el trabajo cotidiano de quienes no se resignan a que todo siga igual.

Aun así, la determinación de crear nuevas formas de acción transformadora sin liderazgo formal y sin organizaciones burocráticas conlleva dificultades considerables en el desarrollo del movimiento. Por un lado, no valía la pena llegar hasta aquí para volver a reproducir un modelo de activismo que ya ha fracasado repetidamente. Por otro lado, lo esencial es un vínculo entre la deliberación y acción en el movimiento y la conexión al 99% que el movimiento quiere representar. Buscando nuevas vías, en el 15-M se está planteando un debate en profundidad sobre cómo mantener a la vez la acción y la innovación de formas de organización y elaboración estratégica del propio movimiento. El 19 de diciembre pasado, tras una discusión en asamblea, la Comisión de Extensión Internacional de la Puerta del Sol de Madrid decidió suspender su actividad y declararse en reflexión activa indefinida. "El espacio público que habíamos redescubierto ha vuelto a ser sustituido por una suma de espacios privados... El éxito del movimiento depende de que seamos de nuevo el 99%. Aunque no tengamos la respuesta de qué tiene que venir después, qué forma puede tomar el reinicio que necesitamos, entendemos que el primer paso para escapar de una dinámica equivocada es romper con ella: parar, detenerse y tomar perspectiva", fue la argumentación.

Aunque esta actitud no necesariamente refleja el sentir de otras asambleas y comisiones del 15-M, es significativa porque evidencia la capacidad de autocrítica y autorreflexión que caracteriza este movimiento. Sólo así puede construirse un nuevo proceso de cambio que no desnaturalice sus objetivos de democracia real en las formas de su existencia. Porque adónde se llega depende de cómo se hace para llegar, cualesquiera que sean las intenciones. Si la cuestión es cómo se conecta con el 99%, ¿cómo se opera esa conexión? Lo esencial en todo movimiento social es la transformación mental de las personas. El poder imaginar otras formas de vida, el romper la subordinación a la manipulación mediática, el sentir que muchos piensan como uno mismo y en perder el miedo a afirmar sus derechos y sus opiniones. En ese sentido, hay múltiples indicaciones de que la gente está cambiando, de que el 15-M hizo visible la indignación y alimentó la esperanza, y que aunque haya menos participación en las asambleas de activistas, muchas personas en su ámbito están ocupando su espacio cotidiano y tratando de buscar vínculos con otras experiencias similares. Tienen claro que el cambio no pasa por elecciones como estas. El triunfo del PP, magnificado por una ley electoral no representativa del voto, no fue tal (400.000 votos más que en el 2008), sino una debacle socialista que ejemplifica el hastío con los supuestos representantes de intereses de los de abajo. Y también se tiene claro que la crisis va a peor sin que nadie sepa gestionarla. Frente a eso, la gente busca sus propias soluciones. Contando con redes de solidaridad cada vez más numerosas. Y apoyando acciones reivindicativas allá donde surgen. Esa transformación mental y esos múltiples cambios cotidianos pueden activarse a niveles más amplios, en formas todavía por descubrir, conforme se vaya quebrando la normalidad. No se trata del viejo mito comunista del súbito desplome del capitalismo, sino simplemente de saber que la economía europea se hunde en la recesión, que la cobertura social se diluye, que la política se enroca y que los ciudadanos siguen indignados y son cada vez más conscientes.

El 15-M existe en esa conciencia. Y, como el agua, irá encontrando sus propias vías hasta hacerse torrente conforme la situación se haga crítica. Afortunadamente, porque la alternativa a esa protesta pacífica y constructiva es una explosión violenta y destructiva.

Manuel Castells
La Vanguardia.com




sábado, 21 de enero de 2012

¡Cuidado! La vivienda es un activo tóxico

Que nadie se lleve a engaño, la vivienda no es un derecho, ni un bien de uso, es un producto que sirve para especular. Los datos bien lo demuestran. Entramos en el quinto año de crisis y el precio de la vivienda sigue por las nubes. Si caen los precios los bancos se hunden. Entre 1997 y 2007 el coste medio del metro cuadrado de vivienda libre casi llegó a triplicarse y en estos momentos tan sólo ha bajado a niveles de 2005. España además ostenta el récord mundial de viviendas vacías por habitante con casi seis millones, alrededor de un 20% del total.

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria demostró que los milagros no existen y la mierda siempre acaba flotando: salió a la luz la perversidad de las políticas públicas orientadas a fomentar la economía del ladrillo (el “todo urbanizable”) y del crédito fácil de los bancos (no esperaban devolución, les bastaba revender las hipotecas en Bolsa) así como la megalomanía, la estupidez, la corrupción y el despilfarro por parte de cargos públicos y constructoras. Aunque algunos sectores de las clases medias propietarias incrementaron sus rentas, vendiendo herencias e invirtiendo en el sector inmobiliario, las grandes plusvalías del suelo han ido a parar a manos de unos pocos. 

Entre 2002 y 2005 el segmento del 10% más rico de la población incrementó su patrimonio cerca de un 50 %, mientras que entre 1994 y 2006 el salario medio perdió un 2,4% de poder adquisitivo y la deuda de las familias creció seis veces (225%) más rápido que sus rentas disponibles (39%). ¿Milagro español? No, una receta basada en lo que Robert Brenner llamó keynesianismo de precio de activos: el aumento del valor nominal del patrimonio doméstico, en este caso la vivienda, estimula la demanda y el endeudamiento. Para entendernos, el aumento del precio de la vivienda dio acceso a nuevos créditos, lo cual relanzó el consumo a pesar del estancamiento del salario medio. Por su lado, las promotoras y constructoras se han ido declarando en concurso de acreedores para no hacer frente a su ruina, mientras se quedan con el dinero ganado en años anteriores.

Los bancos españoles siguen hiper-endeudados con aquellos bancos mayores y extranjeros que les prestaron en el boom, no porque no hayan recuperado esos préstamos, sino porque lo que obtuvieron de la compra-venta de activos inmobiliarios en Bolsa figura en otro apartado contable y fue consumido en formas de dividendos y súper-salarios en la década de crecimiento. Desde 2008, se les ha rescatado con planes públicos explícitos y con estrategias menos transparentes, como los muy baratos préstamos del BCE para comprar deuda pública de países europeos. Pero necesitan más dinero. Los bancos siguen presionando para que los precios se mantengan y así poder conservar sus balances alejados de una más que posible quiebra. Sin embargo, siguen aumentando los inmuebles en sus manos por el embargo de familias deudoras y empresas en quiebra. Resultado: más activos tóxicos en sus balances, más problemas de liquidez y miles de familias desahuciadas.

Según un estudio de la Asociación de Afectados por Embargos y Subastas (AFES), entre 2008 y 2015, alrededor de 510.000 familias perderán su vivienda debido a ejecuciones hipotecarias. De hecho, AFES señala que entre 2004 y 2008, una de cada cinco hipotecas concedidas era de alto riesgo, ¿quién no estaría a favor de que cuando un banquero dé consejos sobre economía reciba un tartazo en la cara?. Aún está por ver cómo se concreta la reforma del sistema financiero. Para calibrar el tamaño del problema, observemos que el Banco de España cifra en 176.000 millones de euros los activos inmobiliarios problemáticos. Los bancos han podido mantener en sus balances activos inmobiliarios a precio ligeramente inferior al de la burbuja es porque el Banco de España cambió la regulación en 2009 para salvarles de la quiebra, el famoso tuneado de cuentas, a costa de mantener hinchados los precios de la vivienda en general.

La reactivación suicida del ciclo inmobiliario es el objetivo: la recuperación de la desgravación por compra o los comentarios de Cañete sobre la Ley de costas apuntan en esta dirección. Lo que parece obvio es que el gobierno considera la vivienda como un activo económico imprescindible para recuperar la senda del ¿crecimiento?.

El gobierno dice descartar la opción del banco “maloooo”, una creación satánica que, como si de un agujero negro se tratase, engulliría un suculento bocado lleno de activos tóxicos (viviendas en las que vive o vivía gente) para eructarlo en forma de “prueba superada”. Un “banco maloooo” consistiría en la compra con dinero público de casas (pero también de suelo) a precios artificialmente inflados. Existe el precedente del TARP en 2008 en Estados Unidos, en el cual el gobierno federal se gastó 700.000 millones de euros (más que la suma de todos los salarios de España) en comprar hipotecas subprime. Esta operación fue muy impopular y quizá por esto mismo el PP no quiere plantear este modelo de rescate “a lo bestia” y lo más seguro es que opten por compras públicas de activos inmobiliarios más discretas. Si todos los activos tóxicos que se vienen avalando con dinero público se agruparan en una agencia, ésta englobaría miles de viviendas y locales que no podrían recibir otro nombre que inmuebles públicos.

El problema sigue estando encima de la mesa, si el precio de la vivienda cae los bancos aumentarían su deuda y no asegurarían los depósitos. Si el precio de la vivienda no baja, los bancos no se podrán deshacer del parque inmobiliario en sus manos, ni la población acceder a un derecho básico. Sin dación en pago, que posibilitaría la liquidación de la deuda hipotecaria una vez entregadas las llaves, el banco sigue sin recuperar el préstamo porque la gente no puede pagar y acumula viviendas sin sentido. Este es el callejón sin salida.

Está en manos de la presión social poner fin a un laberinto ya recorrido. Las Plataformas de Afectados por las Hipotecas y otros grupos que trabajan sobre vivienda plantean soluciones justas y viables. La vivienda debe dejar de ser un negocio y ajustarse a la rentas disponibles en un país con casi 5 millones de parados y donde el salario del 55 % de los trabajadores no llega a los 1.100 euros mensuales. Los inmuebles en manos de los bancos, consideradas activos tóxicos y que necesitan ser avaladas por el Estado, podrían utilizarse para poner en marcha un plan de alquiler social para posibilitar que las familias que no pueden hacer frente a la hipoteca puedan continuar en su vivienda bajo régimen de arrendamiento; para que parados, mileuristas y personas con pocos recursos puedan acceder a un derecho constitucional; y para promocionar las cooperativas en régimen de cesión de uso. Todas estas medidas serían una buena forma de acabar con el endeudamiento y garantizar el acceso a la vivienda. También servirían para que las “inversiones” dejaran de orientarse hacia la especulación y sirvieran para generar bienestar social.

Madrilonia.org

Nota.
Este compañero de la PAH Murcia solicita vuestra ayuda

viernes, 20 de enero de 2012

Por encima de las posibilidades ¿de quién?

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, nos pide a los españoles "un esfuerzo más". Alberto Fabra Part, presidente de la Generalitat Valenciana, dice que los valencianos "vivíamos por encima de nuestras posibilidades".

Trabajo desde hace 14 años en I+D y desde hace 10 años lo compatibilizo con unas horas semanales de profesor en la universidad. Me esforcé de niño y adolescente en intentar aprender, sacar buenas notas y pasarlo bien. Me esforcé en la universidad para sacar la carrera y pasarlo bien. Me esforcé luego dando clases particulares y continúo ahora esforzándome en mis dos trabajos. Hace 10 años, junto a mi pareja, compramos un piso que entraba dentro de nuestras posibilidades. Ahora, tras 10 años de esfuerzo, hemos ahorrado el dinero suficiente para pagar lo que nos queda de hipoteca. Llevo años esforzándome y nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Podía permitirme coches más caros pero no los he comprado, nunca he pedido un crédito para irme de vacaciones, reformé mi piso cuando tuve dinero para hacerlo. Me esfuerzo en educar a mis hijos lo mejor posible, los llevo a la escuela pública y me esfuerzo en la asociación de padres para ayudar a mejorarla. Cuando mis hijos enferman los llevo a la sanidad pública y si me queda jarabe en casa le digo al médico que no me haga una receta que no necesito.

Ahora estoy a punto de quedarme sin trabajo gracias a los que han vivido "por encima de nuestras posibilidades". Ahora me piden "un esfuerzo más". Yo siempre he pagado puntualmente la hipoteca y lo sigo haciendo así que no he hundido a la banca. Yo no he hecho bajar la Bolsa, no he hundido los mercados, no he inflado la economía, no he especulado con la vivienda, no he organizado carreras de coches en mi ciudad, no necesito un aeropuerto sin aviones, no tengo yate para ver la salida de la Copa América, no he ido nunca a ver la ópera en el Palau de les Arts. Yo no he deteriorado la escuela ni la sanidad públicas, no he tenido becas ni subvenciones, no he cobrado nunca el paro ni he provocado déficit al Estado, la autonomía ni la Seguridad Social. Yo no conozco a Moody's, Fitch ni Standard & Poor's pero sí conozco a los que vivieron por encima de mis posibilidades. Yo no les voté, a mí no me representan.

Soraya, el esfuerzo se lo pides a ellos.
Francisco Pastor Guzmán
El País

jueves, 19 de enero de 2012

Decrecimiento justo o barbarie

En nuestra sociedad, que podría llamarse la sociedad del exceso, paradójicamente la mayor parte de las cosas importantes o imprescindibles van a menos. Las reservas pesqueras disminuyen de forma alarmante debido al exceso de pesca; el petróleo, base de nuestra organización económica, empieza a agotarse a causa de la extracción excesiva; el equilibrio climático se quiebra debido al exceso de transporte motorizado; los ecosistemas se fraccionan y deterioran debido al exceso de cemento y hormigón; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido al uso excesivo de productos químicos; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una acumulación y consumo excesivo de bienes por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres deben dedicar un tiempo excesivo a trabajar para el mercado; la diversidad social y cultural desaparece ante los excesos de un modelo homogeneizador. 

Si los problemas que afrontamos están causados por una extracción excesiva de recursos, por la ingente generación de residuos, por la incautación excesiva de los tiempos para la vida por parte del mercado y por una acumulación obscena de riqueza por una parte de la humanidad; si los problemas que colocan la vida, tal y como la conocemos, en situación de riesgo vienen dados por la extralimitación, es fácil imaginar por dónde tendrán que ir las soluciones.

Si el planeta está sujeto a límites, en su seno nada puede crecer indefinidamente. El ineludible hecho de que el sistema económico se encuentre dentro de la biosfera, de que requiera materiales y energía, y de que emita residuos y calor, implica que no puede sostenerse sobre el crecimiento ilimitado. El camino hacia la sostenibilidad pasa forzosamente por la disminución de la extracción y la generación de residuos de las poblaciones que más lo hacemos.

La adicción al crecimiento del capitalismo
Vivimos en un sistema, el capitalista, que funciona con una única premisa: maximizar el beneficio individual en el menor tiempo. Uno de sus corolarios inevitables es que el consumo de recursos y la producción de residuos no puede parar de crecer.

Veámoslo con un ejemplo. El Banco Santander toma prestados unos millones de euros del BCE y después se los presta, a un tipo de interés mayor, a Sacyr-Vallehermoso, para que pueda comprar el 20 por ciento de Repsol-YPF. Para que Sacyr rentabilice su inversión y le devuelva el préstamo al Santander y éste a su vez al BCE, Repsol no puede parar de crecer. Si no hay crecimiento, la espiral de créditos se derrumba y el sistema se viene abajo.

¿Y cómo crece Repsol? Vendiendo más gasolina y aumentando el cambio climático, recortando los costes salariales, extrayendo más petróleo incluso de Parques Nacionales o de reservas indígenas, bajando las condiciones de seguridad [1]... En definitiva, a costa de las poblaciones de las zonas periféricas y de la naturaleza.

Y esto también es aplicable al ámbito de la economía financiera, ya que se articula sobre la productiva, que es sobre la que tiene que ejercer, en último término, su capacidad de compra.

Por lo tanto, el capitalismo es intrínsecamente incompatible con los límites físicos del planeta. Por ello ha ido desarrollando toda una serie de pseudo-soluciones que intentan demostrar que se puede seguir creciendo indefinidamente en un planeta de recursos limitados. Entre ellas destaca la promesa de la desmaterialización de la economía a partir de la ecoeficiencia. La eficiencia es condición necesaria pero no suficiente. El efecto rebote que ha acompañado a muchas innovaciones tecnológicas que pretendían desmaterializar la economía da buena muestra de ello.

Decrecimiento y calidad de vida
Cuando la población vive en condiciones de miseria, incrementos en el consumo de recursos y energía se asocian directamente con el aumento de la calidad de vida. Esto está claro en varios indicadores, como el aumento de la esperanza de vida, el acceso a la educación o la felicidad.

Sin embargo, a partir de un determinado umbral, esa correlación se pierde. Por ejemplo, incrementos continuados en el consumo de energía por encima de una tonelada equivalente de petróleo por persona y año no van acompañados de incrementos significativos en indicadores como la esperanza de vida, la mortalidad infantil o el índice de educación [2]. Una tonelada equivalente de petróleo es el consumo energético aproximado de Uruguay y Costa Rica, que tienen indicadores de calidad de vida similares, aunque algo menores, a España, cuyo consumo ronda las 3,6 toneladas.

Esta cifra podría ser un punto de referencia que respondiese a la pregunta de ¿hasta dónde decrecer?, aunque podríamos tomar otras referencias más bajas, como la de los/las habitantes de Can Masdeu, en la periferia de Barcelona, que tienen una calidad de vida excelente con un consumo que ronda el cuarto de esa tonelada equivalente de petróleo [3].

Otros estudios, en EEUU [4] o Irlanda [5], apuntan a que la felicidad tampoco guarda una correlación con el crecimiento a partir de determinado límite.

Decrecimiento y trabajo
Ajustarse a los límites del planeta requiere reducir y reconvertir aquellos sectores de actividad que nos abocan al deterioro, e impulsar aquellos otros que son compatibles y necesarios para la conservación de los ecosistemas y la reproducción social.

Nuestra sociedad ha identificado el trabajo exclusivamente con el empleo remunerado. Se invisibilizan así los trabajos que se centran en la sostenibilidad de la vida (crianza, alimentación, cuidados a personas mayores o enfermas) que, siendo imprescindibles, no siguen la lógica capitalista. El sistema no puede pagar los costes de reproducción social, ni tampoco puede subsistir sin ella, por eso esa inmensa cantidad de trabajo permanece oculta y cargada sobre las mujeres. Cualquier sociedad que se quiera orientar hacia la sostenibilidad debe reorganizar su modelo de trabajo para incorporar las actividades de cuidados como una preocupación colectiva de primer orden.

Pero además es necesaria una gran reflexión sobre el empleo remunerado. Es evidente que un frenazo en el modelo económico actual termina desembocando en despidos. Hay trabajos que no son socialmente deseables, como las centrales nucleares, el sector del automóvil o los empleos que creados alrededor de burbujas financieras. Las que sí son necesarias son las personas y, por tanto, el progresivo desmantelamiento de determinados sectores tendría que ir acompañado por un plan de reestructuración en un marco de fuertes coberturas sociales públicas.

El avance hacia la sostenibilidad crearía nuevos empleos en sectores que ya son fuertes generadores de trabajo, como las renovables, el reciclaje o el transporte público [6]. Además la red pública de servicios básicos deberán crecer. Por último, la reducción del consumo de energía, inevitable por otra parte, y el replanteamiento de la utilización de tecnología de alto nivel, implicarán una mayor intensidad en el trabajo y, por lo tanto, la necesidad de más empleo.

En todo caso hay informes [7] que apuntan que necesitamos trabajar menos para mantener el sistema de producción que tenemos. Por lo tanto, ya hoy, con un reparto adecuado del trabajo, nuestra jornada “laboral”, incluyendo las labores de cuidados, disminuiría notablemente. Esto centra el foco de discusión social en el reparto del trabajo, no en la creación de más empleo. Desde esta perspectiva, el enfoque del sindicalismo mayoritario debería volver a reivindicaciones anteriores, como la jornada de 35 horas.

Igualdad y distribución de la pobreza
La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la distribución.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Nos encontramos en una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de la ligada a la acumulación y poner coto a la última.

¿En qué hay que decrecer?
Reducir el tamaño de una esfera económica no es una opción que podamos escoger. El agotamiento del petróleo y de los minerales, y el cambio climático van a obligar a ello. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea feroz por los recursos decrecientes, o mediante un reajuste colectivo con criterios de equidad. El decrecimiento puede abordarse desde prácticas individuales, comunitarias y también a nivel macro. Entre ellas resaltamos algunas, sobre todo centradas en el nivel macro:

Introducir límites al uso de recursos
• Reducir el consumo en los países del Norte para igualarlo con el Sur, que debería aumentar hasta poder garantizar la salida de la miseria de sus poblaciones. Una iniciativa en este sentido es poner un límite máximo de uso de recursos.
• Estudiar la puesta en marcha de una huella ecológica de consumo máximo por persona en forma de “tarjeta de débito de impactos”.
• Prohibir la producción en sectores que destruyan la vida.
• Reducir los residuos.
• Medidas de aumento de la eficiencia.
• Aumentar la participación de los elementos renovables en la economía, ya sea en forma de energía o en forma de materia, sin olvidar que van a poder cubrir un consumo inferior al que tenemos en la actualidad [8].
• Medidas de sensibilización a la población sobre los límites del planeta.
Priorizar los circuitos cortos de distribución
• Incentivar una reruralización de la población.
• Promocionar un urbanismo compacto, de cercanía y bioclimático.
• Fomento de grupos de consumo y mercados locales.
Poner límites a la creación de dinero
• Anclaje de las monedas a valores físicos como una bolsa de alimentos básicos o de minerales estratégicos o a la cantidad de población.
• Prohibición de que los bancos creen dinero saltándose sus depósitos. Eliminación de los mecanismos de titularización de la deuda.
• Promoción de monedas locales y redes de trueque. Internalización de costes
• Puesta en marcha de un sistema de ecostasas finalistas y redistributivas.
• Responsabilidad por parte de los fabricantes de todo el ciclo de vida del producto.
• Introducir más controles a la producción no ecológica que a la ecológica.
Políticas activas de fomento de la economía ecológica y solidaria
• Volver a hacer público el control de los sectores estratégicos, como el energético o la banca.
• Medidas para el reparto de la riqueza y la limitación de la capacidad adquisitiva: renta máxima y reparto del trabajo (productivo y reproductivo).
• Introducir como únicos los criterios sociales y ambientales en las políticas públicas de subvenciones.
• Etiquetado de trazabilidad del producto indicando las formas de producción y de transporte.
• Política de compras verdes y justas por parte de las administraciones públicas.
• Disminuir incentivos al consumo. Un ejemplo sería la limitación y el control de la publicidad.

Yayo Herrero y Luis González Reyes son miembros de Ecologistas en Acción.
Notas:
[1] Marc Gavaldà y Jesús Carrión, Repsol YPF, un discurso socialmente irresponsable, Àgora Nord-Sud y Observatori del Deute en la Globalització, 2007.
[2] Rosa Lago e Iñaki Bárcena, “A la búsqueda de alternativas”, en Iñaki Bárcena, Rosa Lago y Unai Villalba (eds.), Energía y deuda ecológica, Icaria, 2009.
[3] Ibidem.
[4] Avner Offer, The Challenge of Affluence, Oxford University Press, 2006.
[6] Wordwatch Institute, Empleos verdes: Hacia el trabajo decente en un mundo sostenible con bajas emisiones de carbono, PNUMA, 2008.
[7] Anna Coote, Jane Franklin y Andrew Simms, 21 horas, Nef y Ecopolítica, 2010.
[8] Puede consultarse online la propuesta de Ecologistas en Acción.
Está basado en otro publicado anteriormente en Viento Sur nº 118 de septiembre de 2011

De la austeridad bien entendida

“Me predicas constantemente el evangelio del ahorro y la abstención. Perfectamente. De aquí en adelante, voy a administrar mi única riqueza, la fuerza de trabajo, como un hombre ahorrativo, absteniéndome de toda necia disipación”.

El Partido Popular, que además del Gobierno central, extiende su égida a lo largo y a lo ancho de los distintos gobiernos regionales, ha anunciado ya las primeras medidas económicas. Parapetado en su bunker de la Moncloa, Mariano Rajoy ha lanzado a sus ministros a emprender, tijera en mano, la primera tanda de recortes presupuestarios. Recortes que afectan sobre todo a las capas de población más débiles. Ha congelado el salario mínimo, una medida que ni siquiera sus propios votantes ven con agrado. El PP ha efectuado una demagógica subida de las pensiones, un ridículo 1%, que en la realidad de traducirá en una bajada de la cuantía efectiva tan pronto entre en vigor el nuevo incremento del IRPF.

Es admirable el fervor con que la derecha política, tanto española como foránea, ahora que se ha hecho con las riendas del poder, defiende la austeridad en las cuentas públicas. Una austeridad poco creíble, puesto que la aplican recortando cuanta paja ven en ojo ajeno, olvidando el desmesurado tamaño de la viga que llevan en el ojo propio.

Verán, como a otros muchos millones de españoles, a un servidor no le tienen que dar lecciones de austeridad. Llevamos la austeridad en la sangre esa legión de hombres y mujeres que tal vez no seamos demasiado virtuosos, pero austeros lo somos por definición y fuerza mayor. ¿O acaso se tiene por dispendiosos a los empleados inframileuristas, a los pensionistas con pagas inferiores al Salario Mínimo Interprofesional canallescamente congelado? ¿Creen que los 400 euros del subsidio por desempleo permiten a sus perceptores —desempleados de corta, media y larga duración— comprarse corbatas en Loewe o bolsos de Louis Vuitton?

Sí, esos que hacen furor entre la clase política de la Comunidad Valenciana, como se deduce de la disposición de Álvaro Pérez, el famoso “bigotes” del caso Gürtel, a comprarle un bolso de esa marca a la alcaldesa de Valencia Rita Barberá, [*]. Marca también citada en una estrofa de la enternecedora canción Somos madres, coreada en mítines valencianos del PP. Desde tierras levantinas, vamos siguiendo el curso del Sol para adentrarnos en el sosiego de las llanuras manchegas ahora gobernadas por Dolores de Cospedal, apodada la bien pagá, por tener los mejores ingresos del elenco político español. En 2010, sus retribuciones se cifraron en 223.597 euros. Y no hay constancia hasta ahora de que se los haya recortado.

Claro que esa cifra es una minucia comparada con la que, en nuestro viaje en la dirección del Sol, encontramos al llegar a Madrid. Donde tiene su sede Bankia, la entidad financiera heredera de una Caja de Ahorros y presidida por Rodrigo Rato, que entre otros méritos acredita haber sido un desastroso director del Fondo Monetario Internacional. Rato percibe una remuneración anual de 2,34 millones, sin contar el variable, al frente de BFA-Bankia. No olvidemos que sin esos 4.650 millones que el Estado —nosotros, los contribuyentes— prestó a Bankia a finales de 2010, este Rodrigo no sería presidente de ningún banco, puesto que su antigua Caja Madrid y la denostada Bancaja hubieran sido intervenidos.

Es la austeridad una virtud ampliamente predicada por distintas escuelas filosóficas, desde la estoica hasta el budismo. Bienaventurada, pues, sea la vida sencilla que nos aconsejan maestros de vida como Buda, o el Jesús del Sermón de la Montaña. Ahora bien, no confundamos austeridad con explotación, es decir, austeridad en el salario de los trabajadores para garantizar el de Rodrigo Rato.

Aquí, o jugamos todos, o se rompe la baraja. Y si lo que quiere la derecha gobernante es que seamos austeros, para los cuatro días que vamos a estar en este convento, un servidor, al menos, se ha propuesto ser de lo más austero. Tanto, que no pienso desperdiciar mi tiempo vital trabajando por cuenta ajena a precio ridículo. Y frente a tanta llamada a la austeridad, responderé con el siguiente discurso, que tomo prestado de un autor respetable.

La mercancía que te he vendido se diferencia de la restante chusma mercantil en que su uso genera valor, y valor mayor de lo que ella misma cuesta. Por eso la compraste. Pero, lo que de tu parte aparece como valorización de capital es, de la mía, gasto adicional de fuerza de trabajo. En el mercado, tú y yo conocemos sólo una ley, la del intercambio mercantil. Y el consumo de la mercancía no pertenece al vendedor que la enajena, sino al comprador que la adquiere. Te pertenece, pues, el uso de mi fuerza diaria de trabajo. Pero, por intermedio de su precio diario de venta debo reproducirla y, por consiguiente, poder venderla nuevamente. Prescindiendo del desgaste natural por la edad, etc., mañana he de estar en condiciones de trabajar en el mismo estado normal de fuerza, salud y diligencia que hoy.

Me predicas constantemente el evangelio del “ahorro” y la “abstinencia”. Pues bien, voy a administrar mi única riqueza, la fuerza de trabajo, como dueño juicioso y ahorrativo de la misma, absteniéndome de todo loco derroche. Me limitaré a realizar, a transformar en movimiento, en acción, sólo aquella cantidad de trabajo que es compatible con su duración normal y desarrollo saludable. Alargando la jornada laboral sin medida, puedes en un día absorber una cantidad de mi fuerza de trabajo mayor de la que yo puedo reponer en tres días. Lo que tú ganas así en trabajo, lo pierdo yo en sustancia laboral.

La utilización de mi fuerza de trabajo y su expoliación, son cosas bien distintas [...]. Me pagas la fuerza de trabajo de un día y consumes la de tres. Esto contradice nuestro contrato y la ley del intercambio de mercancías. Exijo, por consiguiente, una jornada de trabajo de duración normal, y lo hago sin apelar a tu corazón, pues en materia de dinero los sentimientos sobran. Podrás ser un ciudadano ejemplar, miembro tal vez de la Sociedad Protectora de Animales y tener, además, fama de santo, pero el objeto que representas frente a mí no tiene corazón alguno en su pecho. Lo que parece palpitar en él son los latidos de mi propio corazón. Exijo la jornada normal de trabajo, porque demando el valor de la mercancía, como todo otro vendedor.

Con este discurso, con el que me he permitido fundamentar la sexagesimosegunda de mis 69 Razones para no trabajar demasiado, Karl Marx refutaba la denominada “abstinencia del capitalista”. Teoría enunciada por el economista inglés de la escuela clásica Nassau Willian Senior (1790-1864), que justifica la remuneración del capital como compensación del sacrificio que supone para el capitalista la renuncia temporal a su disfrute, sosteniendo que es gracias a esa abstinencia como se genera el poder adquisitivo necesario para comprar fábricas, maquinaria, equipos y materias primas. Según Nassau: “Abstenernos del goce que tenemos a nuestro alcance, proponernos resultados distantes en vez de inmediatos, son actitudes que se cuentan entre los esfuerzos más penosos que puede ejecutar la voluntad humana”.

A pesar de su extrema improbabilidad, esta teoría se mantuvo intacta en el pensamiento económico durante medio siglo. Porque la abstinencia no ha sido precisamente una de las características observables en el nivel de vida ni en los hábitos adquisitivos de los grandes capitalistas. Nadie ha visto a los secuaces de Rockefeller habitando en los barrios humildes de las ciudades.


José Antonio Pérez
ATTAC Madrid