domingo, 18 de marzo de 2012

Desvelar la utopía

“La utopía de 1919 estaba vacía y no tenía fundamento. No tenía influencia en el futuro porque ya no tenía ninguna raigambre en el presente. Era una utopía que tenía muy poco en cuenta la realidad.”
E.H Carr (1939) 

Habitualmente empleamos el término utopía para referirnos a la izquierda política, sin embargo, desde los años setenta del pasado siglo ha sido la derecha la que ha conseguido el triunfo de su utopía. Una utopía triunfa cuando se deja de percibir su carácter ilusorio y se convierte en un convencionalismo. Desde las filas conservadoras se ha revivido la vieja utopía liberal de finales del siglo XIX y principios del XX con todos sus componentes: la primacía de lo individual acaba generando beneficios colectivos; el mundo es un gran mercado infinito y en permanente expansión; la necesidad de una libertad entendida como ausencia de regulaciones....

El triunfo, de nuevo, de esta vieja utopía ha sido tan abrumador que es el aire que respiramos, es la materia que compone los discursos políticos y económicos. Al convertirse en un pensamiento institucionalizado oculta su carácter utópico y se presenta como la única realidad posible. Hemos construido desde entonces arquitecturas institucionales tan complejas como la UE sobre estas bases y hoy, cuando nos acercamos a los límites que la realidad marca a esta utopía, cuando es evidente que los acontecimientos tienen la mala costumbre de no ajustarse al ideal, construimos las pretendidas soluciones sobre las mismas ideas. Tomamos medidas que se ajustan como un guante a lo que el utopismo liberal profetiza pero que se alejan dramáticamente de lo que la Historia nos enseña que es más probable que suceda. Esta discrepancia entre lo percibido y lo sucedido es clave. Construimos soluciones para un espejismo, somos prisioneros de una idea irrealizable.

Pero mientras nos esforzamos en que el mundo se ajuste al ideal conservador, los acontecimientos circulan por una vía paralela, las medidas que se toman agravan el problema y, lo que es peor, marcan sombríos caminos que ya hemos transitado en otros períodos históricos. El sacrificio de conceptos como la soberanía popular, la ciudadanía, los derechos sociales y laborales en el altar de la competencia y la productividad nos conducen irremediablemente a la deshumanización, a la consideración del conflicto y la lucha como valores positivos y a considerar desechables a aquellos que no sepan o no puedan adaptarse a estas nuevas condiciones. Si adoptamos la competencia y la productividad como valores fuertes en torno a los cuales edificar un nuevo pacto social la catástrofe está asegurada, y las más negras pesadillas se harán realidad. 

Y no sólo se trata de un problema de índole moral, sino que, desde el punto de vista estrictamente económico tampoco parece una gran idea orientar nuestros sistemas productivos a una economía basada en las exportaciones cuando, todo indica, que nos encaminamos a un escenario de dificultades y tensiones geopolíticas. El colapso de la “pax americana” abre la puerta a un futuro incierto de conflictos en el que una economía abierta y globalizada, como la que hemos conocido durante los últimos veinte años está en franco retroceso. En palabras del sociólogo Richard Sennett: “la desglobalización ha comenzado”. Si esto es así, ¿qué sentido tiene orientar todos nuestros esfuerzos a globalizar nuestra economía?.

No necesitamos tecnócratas, necesitamos personas que puedan o intenten dar respuesta a estas cuestiones. La primera y difícil tarea debe ser desvelar la utopía, desenmascarar una ilusión que es peligrosa ya que corremos un serio riesgo de que, persiguiendo un sueño, encontremos una pesadilla.

Juan Seoane, Federación de Enseñanza CGT Huesca
Rebelión

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