jueves, 19 de enero de 2012

De la austeridad bien entendida

“Me predicas constantemente el evangelio del ahorro y la abstención. Perfectamente. De aquí en adelante, voy a administrar mi única riqueza, la fuerza de trabajo, como un hombre ahorrativo, absteniéndome de toda necia disipación”.

El Partido Popular, que además del Gobierno central, extiende su égida a lo largo y a lo ancho de los distintos gobiernos regionales, ha anunciado ya las primeras medidas económicas. Parapetado en su bunker de la Moncloa, Mariano Rajoy ha lanzado a sus ministros a emprender, tijera en mano, la primera tanda de recortes presupuestarios. Recortes que afectan sobre todo a las capas de población más débiles. Ha congelado el salario mínimo, una medida que ni siquiera sus propios votantes ven con agrado. El PP ha efectuado una demagógica subida de las pensiones, un ridículo 1%, que en la realidad de traducirá en una bajada de la cuantía efectiva tan pronto entre en vigor el nuevo incremento del IRPF.

Es admirable el fervor con que la derecha política, tanto española como foránea, ahora que se ha hecho con las riendas del poder, defiende la austeridad en las cuentas públicas. Una austeridad poco creíble, puesto que la aplican recortando cuanta paja ven en ojo ajeno, olvidando el desmesurado tamaño de la viga que llevan en el ojo propio.

Verán, como a otros muchos millones de españoles, a un servidor no le tienen que dar lecciones de austeridad. Llevamos la austeridad en la sangre esa legión de hombres y mujeres que tal vez no seamos demasiado virtuosos, pero austeros lo somos por definición y fuerza mayor. ¿O acaso se tiene por dispendiosos a los empleados inframileuristas, a los pensionistas con pagas inferiores al Salario Mínimo Interprofesional canallescamente congelado? ¿Creen que los 400 euros del subsidio por desempleo permiten a sus perceptores —desempleados de corta, media y larga duración— comprarse corbatas en Loewe o bolsos de Louis Vuitton?

Sí, esos que hacen furor entre la clase política de la Comunidad Valenciana, como se deduce de la disposición de Álvaro Pérez, el famoso “bigotes” del caso Gürtel, a comprarle un bolso de esa marca a la alcaldesa de Valencia Rita Barberá, [*]. Marca también citada en una estrofa de la enternecedora canción Somos madres, coreada en mítines valencianos del PP. Desde tierras levantinas, vamos siguiendo el curso del Sol para adentrarnos en el sosiego de las llanuras manchegas ahora gobernadas por Dolores de Cospedal, apodada la bien pagá, por tener los mejores ingresos del elenco político español. En 2010, sus retribuciones se cifraron en 223.597 euros. Y no hay constancia hasta ahora de que se los haya recortado.

Claro que esa cifra es una minucia comparada con la que, en nuestro viaje en la dirección del Sol, encontramos al llegar a Madrid. Donde tiene su sede Bankia, la entidad financiera heredera de una Caja de Ahorros y presidida por Rodrigo Rato, que entre otros méritos acredita haber sido un desastroso director del Fondo Monetario Internacional. Rato percibe una remuneración anual de 2,34 millones, sin contar el variable, al frente de BFA-Bankia. No olvidemos que sin esos 4.650 millones que el Estado —nosotros, los contribuyentes— prestó a Bankia a finales de 2010, este Rodrigo no sería presidente de ningún banco, puesto que su antigua Caja Madrid y la denostada Bancaja hubieran sido intervenidos.

Es la austeridad una virtud ampliamente predicada por distintas escuelas filosóficas, desde la estoica hasta el budismo. Bienaventurada, pues, sea la vida sencilla que nos aconsejan maestros de vida como Buda, o el Jesús del Sermón de la Montaña. Ahora bien, no confundamos austeridad con explotación, es decir, austeridad en el salario de los trabajadores para garantizar el de Rodrigo Rato.

Aquí, o jugamos todos, o se rompe la baraja. Y si lo que quiere la derecha gobernante es que seamos austeros, para los cuatro días que vamos a estar en este convento, un servidor, al menos, se ha propuesto ser de lo más austero. Tanto, que no pienso desperdiciar mi tiempo vital trabajando por cuenta ajena a precio ridículo. Y frente a tanta llamada a la austeridad, responderé con el siguiente discurso, que tomo prestado de un autor respetable.

La mercancía que te he vendido se diferencia de la restante chusma mercantil en que su uso genera valor, y valor mayor de lo que ella misma cuesta. Por eso la compraste. Pero, lo que de tu parte aparece como valorización de capital es, de la mía, gasto adicional de fuerza de trabajo. En el mercado, tú y yo conocemos sólo una ley, la del intercambio mercantil. Y el consumo de la mercancía no pertenece al vendedor que la enajena, sino al comprador que la adquiere. Te pertenece, pues, el uso de mi fuerza diaria de trabajo. Pero, por intermedio de su precio diario de venta debo reproducirla y, por consiguiente, poder venderla nuevamente. Prescindiendo del desgaste natural por la edad, etc., mañana he de estar en condiciones de trabajar en el mismo estado normal de fuerza, salud y diligencia que hoy.

Me predicas constantemente el evangelio del “ahorro” y la “abstinencia”. Pues bien, voy a administrar mi única riqueza, la fuerza de trabajo, como dueño juicioso y ahorrativo de la misma, absteniéndome de todo loco derroche. Me limitaré a realizar, a transformar en movimiento, en acción, sólo aquella cantidad de trabajo que es compatible con su duración normal y desarrollo saludable. Alargando la jornada laboral sin medida, puedes en un día absorber una cantidad de mi fuerza de trabajo mayor de la que yo puedo reponer en tres días. Lo que tú ganas así en trabajo, lo pierdo yo en sustancia laboral.

La utilización de mi fuerza de trabajo y su expoliación, son cosas bien distintas [...]. Me pagas la fuerza de trabajo de un día y consumes la de tres. Esto contradice nuestro contrato y la ley del intercambio de mercancías. Exijo, por consiguiente, una jornada de trabajo de duración normal, y lo hago sin apelar a tu corazón, pues en materia de dinero los sentimientos sobran. Podrás ser un ciudadano ejemplar, miembro tal vez de la Sociedad Protectora de Animales y tener, además, fama de santo, pero el objeto que representas frente a mí no tiene corazón alguno en su pecho. Lo que parece palpitar en él son los latidos de mi propio corazón. Exijo la jornada normal de trabajo, porque demando el valor de la mercancía, como todo otro vendedor.

Con este discurso, con el que me he permitido fundamentar la sexagesimosegunda de mis 69 Razones para no trabajar demasiado, Karl Marx refutaba la denominada “abstinencia del capitalista”. Teoría enunciada por el economista inglés de la escuela clásica Nassau Willian Senior (1790-1864), que justifica la remuneración del capital como compensación del sacrificio que supone para el capitalista la renuncia temporal a su disfrute, sosteniendo que es gracias a esa abstinencia como se genera el poder adquisitivo necesario para comprar fábricas, maquinaria, equipos y materias primas. Según Nassau: “Abstenernos del goce que tenemos a nuestro alcance, proponernos resultados distantes en vez de inmediatos, son actitudes que se cuentan entre los esfuerzos más penosos que puede ejecutar la voluntad humana”.

A pesar de su extrema improbabilidad, esta teoría se mantuvo intacta en el pensamiento económico durante medio siglo. Porque la abstinencia no ha sido precisamente una de las características observables en el nivel de vida ni en los hábitos adquisitivos de los grandes capitalistas. Nadie ha visto a los secuaces de Rockefeller habitando en los barrios humildes de las ciudades.


José Antonio Pérez
ATTAC Madrid

miércoles, 18 de enero de 2012

¡ Yo acuso... !

Sí, yo acuso, tomando como ejemplo el título de la carta que Emile Zola dirigió a Felix Faure, entonces Presidente de Francia, que fue publicada en el periódico l’Aurore el 13 de enero de 1898. La carta de Emile Zola, que llevaba el título “J’accuse” se refería a la injusticia que  el gobierno francés estaba aplicando al capitán Dreyfus, judío acusado de alta traición, que más tarde se demostró que no era culpable de lo que se le acusaba. Pablo Neruda utilizó muchos años después este mismo título, siendo senador, en el Congreso Nacional de Chile tras la aprobación de la que se denominó “Ley Maldita”. 

Los que me conocen saben que estoy muy lejos de compararme con Zola o con Neruda, pero creo que la situación que vivimos justifica ampliamente, por lo menos para mí, que considere absolutamente necesario denunciar las injusticias que la ciudadanía sufre con esta crisis y, por ello me permito afirmar: YO ACUSO

  • Acuso a la clase política mundial de ser la principal responsable de la crisis económica que estamos viviendo. La ciudadanía ha creído, independientemente de las ideologías, que votar era elegir a los que se comprometían a generar el bienestar de los que votaban por ellos. Lo que constatamos hoy en día es que la clase política mundial no ha sido capaz de responder a sus promesas y se ha doblegado a los intereses de los mercados financieros a los que la ciudadanía no ha votado. 
  • Acuso al FMI, al Banco Mundial, al G20, al G7, a la OCDE, a la UE, y a todos los organismos internacionales, repletos de insignes especialistas, de haber sido incapaces de evitar la crisis económica que la ciudadanía sufre, sabiendo que, actualmente, los dirigentes de estos organismos no paran de dar consignas para que haya recortes y ellos mismos tienen unas condiciones de vida privilegiada que paga la ciudadanía.
  • Acuso a los bancos centrales de aplicar una política monetaria injusta cuyos nefastos resultados paga la ciudadanía. ¿De dónde viene el dinero que utilizan los bancos centrales?...del país (banco central si se trata de una moneda nacional) o de los países (banco central si se trata de una moneda compartida como el Euro) que generan el dinero que los bancos centrales tienen. Dinero público. En el caso de USA la Reserva Federal presta el dinero a los bancos privados al 0%, y el BCE lo presta al 1%... pero los bancos privados compran deuda pública o prestan ese mismo dinero al 3%, 4%, 6%...o más. ¿Por qué los gobiernos que emiten deuda tienen que pagar más intereses que los bancos privados?...además con un dinero de origen público…Por favor, reflexionemos sobre esta realidad. 
  • Acuso al PSOE y al PP de haber engañado a los votantes que les otorgaron su confianza por haber hecho todo lo contrario de lo que prometieron en sus programas electorales. Los dos partidos mayoritarios en España, desde que tenemos democracia, nos han prometido el bienestar…y a los resultados me remito…Es demasiado fácil comprometerse a hacer cosas y luego utilizar pretextos para decir que hay que hacer lo contrario. Tener conciencia de lo que uno promete implica obligatoriamente saber en función de qué aspectos las promesas pueden ser realidad. ¿Cómo calificar a los que no tienen los medios para hacer lo que prometen? Que cada cual utilice el calificativo que le parezca adecuado. 
  • Acuso a los partidos políticos españoles, sean del color que sean, como responsables de la catástrofe de las Cajas de Ahorros. Me parece simplemente vergonzoso, por no decir otra cosa que, en todas las comunidades autónomas, los partidos políticos, sean del color que sean, se “laven las manos” sobre lo ocurrido, cuando todos sabemos que los Consejos de Administración y los presidentes de las Cajas de Ahorros los nombraban los partidos políticos. Considero que los que no aceptan esta realidad son unos inconscientes peligrosos. Por favor…¡qué se miren en el espejo!

  • Acuso a los dirigentes de las entidades financieras, bancos o cajas de ahorros, de no sentirse responsables de las decisiones que en su momento tomaron, reclamando además ahora indemnizaciones multimillonarias porque a algunos se les ha despedido… 

  • Acuso a los actuales directivos de las entidades financieras, muchos de ellos siendo los mismos que las han llevado a la delicada situación en la que se encuentran, que sigan teniendo salarios y ventajas que chocan frontalmente con los esfuerzos que se están pidiendo a todos los españoles.

  • Finalmente acuso a todas las españolas y españoles, entre los que me incluyo, que aceptemos, sin más, la situación que estamos viviendo. No nos engañemos porque, digamos lo que digamos, somos nosotros, todos nosotros, los que permitimos que las injusticias generadas por el modelo económico vigente puedan existir. 

¡Buena suerte a todos!

Paco Älvarez
No le digas a mi madre que trabajo en bolsa
http://noledigasamimadrequetrabajoenbolsa.blogspot.com/2012/01/yo-acuso.html

domingo, 15 de enero de 2012

Mercados, partidos y democracia

Un rasgo distintivo de las crisis es que las fórmulas nuevas no acaban de surgir y las anteriores han dejado de funcionar. Como señala Joseph Stiglitz, después de esta Gran Recesión el mundo ya no volverá a ser el mismo. La presente crisis está provocando un intenso deterioro de las condiciones sociales de amplias capas de la población. Pero también se ha producido un correlativo enriquecimiento de pujantes sectores vinculados a la esfera financiera. Y un incremento de las desigualdades a escala global. Numerosas voces atribuyen la responsabilidad de esta situación a una voraz ofensiva de los mercados y de los especuladores financieros. Sin embargo, parece más probable que nos encontremos ante una profunda crisis de la democracia.

Resulta inherente a la economía de libre mercado que la iniciativa privada intente obtener siempre los máximos beneficios. Lo que ahora aparece como novedoso es que los sistemas democráticos permitan que los intereses particulares estén por encima del bien común y que puedan causar perjuicios a la mayoría de la sociedad. Ello ha resultado posible ante lo que Norberto Bobbio calificó como crisis de la mediación representativa. Los principales partidos han dejado progresivamente de centrarse en las aspiraciones colectivas para convertirse preferentemente en agencias de gestión de intereses de grupo. Y sus cúpulas dirigentes a menudo se han erigido en genuinos núcleos de poder privado, concebido como un fin en sí mismo y no como un instrumento para mejorar la sociedad. La concentración y verticalización del poder en los partidos se ha acompañado en numerosas ocasiones de una sensible opacidad y falta de transparencia en la toma de decisiones. Todas estas circunstancias han facilitado una elevada permeabilidad a la influencia de los grupos de presión. Y también han generado el caldo de cultivo más propicio para abundantes casos de corrupción. Nuestro sistema de partidos requiere de modificaciones sustanciales para que estos puedan ejercer de manera adecuada su función representativa.

En palabras de Luigi Ferrajoli, la democracia constitucional se caracteriza por una serie de reglas, separaciones, contrapesos, equilibrios e instituciones de garantía. Su finalidad consiste en evitar los peligros de una excesiva concentración de poder. La consolidación en nuestro país de la partitocracia ha posibilitado que la cúpula de una formación política pueda acabar anulando en la práctica al resto de poderes estatales, al subordinar el legislativo al ejecutivo. Y al condicionar al poder judicial a través de determinados nombramientos, entre los que la designación de los magistrados del Tribunal Constitucional representa el caso más conocido. Un ejemplo flagrante de desnaturalización de la democracia ha sido la última reforma constitucional en la que, con el apremio de los intereses privados, los líderes de las dos principales fuerzas políticas pactaron la reforma de la Constitución, sin debate previo de los parlamentarios, ni de los militantes de sus partidos. Y sin que la ciudadanía pudiera pronunciarse sobre tan importante asunto.

Las reformas en el funcionamiento de los partidos debieran establecer los oportunos contrapesos para evitar dichas acumulaciones de poder. Ello implicaría limitar la duración de los mandatos en el ámbito interno y en el institucional. También debiera suponer la introducción de mecanismos democráticos de participación directa en la adopción de decisiones. Y, como sugiere el propio Ferrajoli, sería conveniente algún grado de separación entre las funciones institucionales y las de los cargos en los partidos, para que estos últimos pudieran cumplir realmente su misión de receptores de las inquietudes sociales.

Resulta preocupante el creciente distanciamiento de cientos de miles de ciudadanos que cada vez se sienten menos identificados con nuestras instituciones representativas. Ello ha quedado demostrado con las masivas protestas de los indignados o con el notable incremento del voto nulo o en blanco. Pero el fenómeno tiene carácter global. Y se encuentra muy relacionado con la apacible subordinación de los organismos económicos internacionales hacia determinados grupos financieros. Como ha señalado Jürgen Habermas, en este nuevo mundo que se está forjando una de las grandes incógnitas será si el timón de las decisiones relevantes acabará definitivamente en manos de entidades no democráticas o si, por el contrario, nuestras sociedades postindustriales serán capaces de dotarse de estructuras conjuntas realmente democráticas. Sin embargo, en el ámbito internacional no podrán vertebrarse instituciones democráticas coordinadas si en cada país los militantes de los partidos no acometen enérgicas transformaciones.

En los últimos tiempos se han extendido términos como el de dictadura de los mercados. Más allá de probables excesos en el lenguaje, lo cierto es que ninguna dictadura puede imponerse sin desplazar a los demócratas. Resulta necesario un impulso muy activo a favor de los principios democráticos, para que sean los ciudadanos los que decidan sobre su futuro en este mundo cambiante en el que están apareciendo demasiadas sombras. Los demócratas de todas las sensibilidades tendrían que redoblar sus esfuerzos. Sin duda, han resultado muy significativas las palabras del excanciller alemán Helmut Schmidt, un histórico socialdemócrata poco sospechoso de radicalismo, al afirmar en su discurso solemne en el Congreso del SPD que hoy la democracia está en peligro en Europa. Y que los políticos han sido tomados como rehenes por los mercados financieros.

Ximo Bosch
Magistrado y portavoz territorial de Jueces para la Democracia
Público

El responsable

El Roto (El País)

Aquí, parte de los responsables verdaderos (hay más):
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/desvario/elpepusocdmg/20120115elpdmgrep_1/Tes

NR. La ciudadanía tendrá su porción de responsabilidad si se queda de brazos cruzados y no hace nada por evitarlo.

jueves, 12 de enero de 2012

Del déficit democrático a la bancarrota política

Hablar del déficit democrático de la Europa unida no es novedad. Pero este déficit crónico amenaza ahora con efectos próximos a una bancarrota política. Desde siempre se ha reprochado a las instituciones europeas que no hayan adquirido la calidad propia de un sistema indiscutiblemente democrático. Es todavía muy remota la participación ciudadana en la designación de sus autoridades. Y tampoco existe una vía clara para exigirles responsabilidades políticas por su actuación. Estamos ante una clara anomalía democrática que se traduce en déficit de reconocimiento y legitimidad: la ciudadanía tiene escaso conocimiento de cómo se decide en el ámbito de la UE y tiene poca conciencia de lo mucho que estas decisiones influyen en sus vidas. De ahí la baja participación en las elecciones europeas y la limitada atención que la opinión popular ha prestado generalmente a la política comunitaria.
Pero algo está cambiando. Tres años de crisis sin fin han revelado con crudeza un cuadro político alarmante. Se hace más perceptible para la ciudadanía que los Estados y sus Gobiernos ya no pueden sortear los obstáculos que se oponen a un modelo socioeconómico trabajosamente construido en Europa en los últimos 50 años. Escuchan a menudo que este modelo ya no puede ser eficazmente protegido por las instituciones de sus Estados. Porque estas instituciones están a merced de lo que determinan transacciones poco transparentes entre los poderes financieros y un núcleo reducido de líderes europeos estrechamente condicionados por esos mismos poderes. Cuando aquellas transacciones se formalizan como decisiones de las instituciones europeas, se debilita todavía más la sintonía entre estas instituciones y una ciudadanía que no entiende por qué el salvamento de un sistema financiero que ha dado pruebas escasas de competencia -y todavía más escasas de otras virtudes- tiene prioridad sobre la protección de un conjunto de derechos personales y colectivos conseguidos con gran esfuerzo y formalmente reconocidos en solemnes textos constitucionales.

No entro en el debate sobre si las medidas de austeridad impuestas por aquellas transacciones son las más adecuadas para conseguir el crecimiento pretendido, ese crecimiento que serviría en principio para saldar las deudas pendientes y rehacer con el ahorro de todos la posición de unos actores financieros privados de quienes depende el flujo crediticio. No pocos expertos sostienen que esta medicina hará poco o nada para sanar al enfermo.

Lo que me interesa señalar aquí es que cada vez está más claro para gran parte de la opinión europea que este circuito de decisiones, su contenido y sus inmediatas consecuencias no concuerdan con legítimas expectativas ciudadanas y contradicen los derechos que legitiman la existencia misma de una autoridad política europea. El viejo déficit democrático de la Unión avanza así peligrosamente hacia una declaración de quiebra, para seguir con metáforas mercantiles. Y de una quiebra se sigue fatalmente la liquidación de la entidad.

La quiebra se produce cuando el activo -un legado histórico de afirmación democrática y de progreso socioeconómico equilibrado- se ve superado por el pasivo. Es decir, cuando se evapora la posibilidad de que las obligaciones contraídas sean cumplimentadas. Las obligaciones contraídas por la UE en sus textos fundacionales han sido la preservación de valores políticos básicos: justicia social, protección de las libertades, participación ciudadana, responsabilidad efectiva de sus dirigentes. En este momento, hay datos para dudar de que estas obligaciones sean satisfechas: aumenta la desigualdad económica, se limitan libertades ciudadanas, se obstaculiza la participación popular y se hace cada vez más remoto el control sobre unos gobernantes que se amparan en el dogma tecnocrático. Parece como si las obligaciones financieras con los "mercados" fueran prioritarias y debieran anteponerse a las obligaciones políticas para con la ciudadanía.

En estas condiciones, el crédito de la Unión Europea ante sus acreedores principales -los ciudadanos- se está agotando. Lo señalan las encuestas y la emergencia de corrientes euroescépticas o claramente antieuropeas. Es el resultado de la desigual atención que los dirigentes europeos han prestado a las urgencias de los "mercados", por un lado, y a las exigencias de la democracia, por otro. Mientras se empeñaban en reducir a cualquier precio el déficit financiero, han ignorado el aumento de un déficit democrático que puede conducir a una quiebra de legitimidad en todo el edificio de la Unión. Mal negocio sería, pues, para los ciudadanos si el más que dudoso éxito en lo financiero se viera acompañado finalmente por una bancarrota política.

Josep M. Vallès es catedrático emérito de Ciencia Política (UAB).
El País

Falsos dilemas

La semana apareció en la prensa a grandes titulares que en la negociación entre las patronales CEOE y Cepyme y los sindicatos UGT y CCOO, los sindicatos aceptan convertir trabajos de jornada completa en contratos a tiempo parcial, así como subir los salarios por debajo del IPC a cambio de crear puestos de trabajo. Algo así como que alguien plantee el dilema de cortar cada día una falange de una mano a cambio de no morir asfixiado.

Sorprende que los dos sindicatos mayoritarios acepten tal planteamiento en lugar de levantarse de la mesa de negociación y largarse por donde han venido: no hay por qué quedarse diariamente sin una falange de la mano ni morir asfixiado, sino que la patronal se vaya a hacer gárgaras y se atenga a las consecuencias. Ni rebajas de jornada y de sueldo ni despidos, pues la solución para cinco millones de desempleados no es rebajar o cortar en perjuicio de los trabajadores, sino exigir responsabilidades a los verdaderos perpetradores de la crisis económica y quitar de sus manos el casino económico y financiero que manejan a su antojo y en su exclusivo beneficio.

Por eso mismo, el secretario general de la UGT, Cándido Méndez, incumple su obligación institucional de defender los intereses de la clase trabajadora cuando declara: "En una disyuntiva entre crecimiento de los salarios o el mantenimiento del empleo, nos quedamos decididamente con el puesto de trabajo". Nadie le manda aceptar esa disyuntiva, falaz y tramposa, que deja además la resolución en manos del empresariado y de sus promesas de crear puestos de trabajo (precarios y minúsculos).

Si no se olvida que desde tiempos inmemoriales los salarios reales no han subido en España resulta hoy lacerante plantear reducirlos aún más por debajo del IPC. Con los datos contantes y sonantes, sólo entre 2002 y 2005 (antes de la crisis), el 20% más pobre de los hogares españoles vio reducida su renta en un 23,6%, mientras que la del 10% más rico aumentó más de un 15%. Bajo ningún concepto debe aceptarse que la población española menos favorecida acabe siendo aún más pobre. Más en concreto, en 2002 el 42,5% de las familias españolas tenía que dedicar el 40% de su renta al pago de la deuda contraída en concepto de vivienda, mientras que tres años después la vivienda se comía el 70,9% de los haberes. ¿La contrapartida para solucionar esta situación es la creación de puestos de trabajo liliputienses y a tiempo parcial?

¿Es ético aceptar empleos precarios a cambio de rebajar jornadas y salarios en un país donde los beneficios de las 35 mayores empresas españolas que cotizan en Bolsa fueron de 51.613 millones de euros en 2010 (un 24,7% más que el año anterior), mientras que los salarios subieron un 1% frente al 3% de incremento del coste de la vida (es decir, perdieron un 2% de poder adquisitivo)?

Sobre la mesa de negociación debe estar incondicionalmente asumido por todas las partes que un trabajador español medio paga en impuestos el 75% de lo que paga un trabajador sueco, pero las personas ricas, la banca y la gran patronal de nuestro país pagan en impuestos sólo el 20% de lo que pagan sus equivalentes en Suecia. En lugar de aceptar disyuntivas trileras, el verdadero lugar de negociación eficaz es encabezar una revuelta radical, no violenta, contra los que mantienen desde hace muchas décadas y siglos una situación de casi nula distribución y enorme concentración de la riqueza. No hay diálogo creíble mientras se mantenga un sistema donde ya en 2006 una veintena de grandes familias son propietarias del 20,14% del capital de las empresas del Ibex-35 y donde unas 1.400 personas (el 0,0035% de la población española), controla los recursos económicos, financieros y de producción equivalentes al 80,5% del PIB.

Hay alternativas serias y fundadas a las propuestas neoliberales, que no pasan por aceptar dilemas conducentes a medio plazo a una aún mayor destrucción de empleo (léase, por ejemplo, el libro Hay alternativas, Sequitur, ATTAC España, 2011). En lugar de bajar salarios, de negociar una reforma laboral negativa para los trabajadores, de recortar sistemáticamente los servicios públicos y sociales y de privatizar cuanto público se ponga por delante y resulte rentable, es preciso luchar contra el fraude fiscal y los paraísos fiscales, abogar por un sistema impositivo en que paguen debidamente las grandes fortunas y las grandes empresas productivas y financieras, regular el mundo de las transacciones financieras y someterlas a impuestos en función del grado de utilidad social de la transacción, obligar a la banca a invertir el dinero público que reciben como "rescate" de sus chapuzas especulativas en el sistema productivo real y en créditos razonables a los particulares y a la pequeña y mediana empresa.

En una mesa de negociación hay que dejar claro ante todo que otro mundo es posible y necesario. ¿Qué mundo proponen realmente los sindicatos?

Antonio Aramayona, Profesor de Filosofía
El Periódico de Aragón
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/opinion/falsos-dilemas_727078.html

martes, 10 de enero de 2012

El miedo como arma política

El escritor alemán Nemeitz publicó en 1718 un libro sobre París con “instrucciones fieles para los viajeros de condición”. Uno de sus consejos es el siguiente: “No aconsejo a nadie que ande por la ciudad en medio de la negra noche. Porque, aunque la ronda o la guardia de a caballo patrulle por todo París para impedir los desórdenes, hay muchas cosas que no ve… El Sena, que cruza la ciudad, debe arrastrar multitud de cuerpos muertos, que arroja a la orilla en su curso inferior. Por tanto, vale más no detenerse demasiado tiempo en ninguna parte y retirarse a casa a buena hora”. Nuestros temores, nuestras pesadillas, tienen siempre una carga histórica y contextual y han sido siempre un arma política de primer orden.

El miedo y sus usos políticos puede servir para entender muchas de las cosas que pasan en este mundo que habitamos, el miedo tiene poder para cambiar el mundo, como también lo tiene la esperanza. El miedo es un instrumento sumamente poderoso que el neoliberalismo (que es sin duda mucho más que una teoría económica) lleva alentando y manejando desde hace mucho tiempo, como uno de los marcos de interpretación clave para entender la realidad y definirla (Lakoff).

El miedo actual es, sin embargo, un miedo líquido, difuso, en expresión de Zygmunt Bauman, y nos trasmite que lo mejor es esconderse sin un plan de respuesta claro porque no tenemos claras las amenazas. Dejadnos llevar las riendas, nos avisan, porque contra temores poco tangibles es difícil combatir.

La táctica ha estado ahí siempre. El miedo, una emoción básica que nos paraliza o nos llama a la acción, es también una construcción socio cultural intencionada. Aprendemos a través de los demás qué debe producirnos terror y cómo responder al mismo. Y por eso los que son capaces de señalar cuáles deben ser nuestros desasosiegos pueden fabricar a su antojo el “antídoto salvador”.

Pero en la actualidad vivimos una época de recrudecimiento de esta estrategia. En los últimos años, la crisis económica ha ayudado a los asustadores profesionales a amedrentarnos hasta la parálisis, infundiendo un temor abstracto a los otros, a los extranjeros, al gasto público, al terrorismo y la inseguridad. Naomi Klein nos recuerda en La doctrina del shock que, para los pensadores neoliberales, toda crisis (real o percibida) es una oportunidad para aplicar sus políticas de ajuste. Paralizados por nuestras pesadillas, damos por bueno lo que en otras circunstancias nos resultaría inaceptable. Atemorizados, nos convertimos en personas individualistas, mucho más manipulables porque dividiendo es más fácil convencer. Olvidamos ayudar a los demás y nos quedamos solos convirtiéndonos en individuos mucho más vulnerables.

Al igual que el texto proponía a los ciudadanos no salir de casa, los gobernantes actuales nos aconsejan sumisión. Nos quieren divididos, aplicando la estrategia de “sálvese quien pueda”, centrados en lo que nos diferencia y olvidando lo que nos une, dispuestos a renunciar a elementos clave de nuestra libertad en pro de la ansiada seguridad.

Un miedo amplificado por los medios de comunicación que agrandan las narrativas del miedo; la mayor de ellas la del terrorismo internacional, pero también la del miedo al inmigrante o al diferente, el miedo económico, el miedo a la violencia. Un miedo que nos sitúa en una sociedad del riesgo (Beck), un miedo global y globalizado, de sociedades violentas, en el que, todos asustados, tenemos que combatirnos, que salvarnos como podamos, sin fiarnos los unos de los otros, defendiéndonos de amenazas intangibles pero constantes, el mundo está en guerra permanente, las amenazas se relevan entre sí, son difusas, no se someten al discurso de la lógica.

Ya no tratan de ilusionarnos con grandes utopías: sólo se postulan para salvarnos de nuestros temores. En palabras de Eduardo Galeano: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida… Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar, miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo a morir, miedo a vivir” Es el tiempo del miedo globalizado.

Pero no van a conseguir meternos miedo porque los efectos paralizadores de esa táctica se diluyen muy rápidamente: en cuanto los ciudadanos nos sacudimos el polvo del miedo, salimos a la calle a airear nuestras ilusiones. Los avisos de Nemeitz no fueron obstáculo para que el París de esa época se convirtiera en el centro del Siglo de las Luces, una de las épocas más revolucionarias y esperanzadoras de la historia de la humanidad.

El miedo se combate con información, se combate enfrentándose al mismo, se enfrenta en primer lugar decidiendo mirarle a los ojos; las advertencias de los traficantes de miedo no impedirán que el impulso de movimientos como el 15-M nos recuerden que, aunque a unos pocos les beneficie el terror, la esperanza es para el ser humano la estrategia conjunta más adaptativa. “Sin trabajo, sin futuro, sin casa, sin miedo” nos recuerdan señalando lo subversivo y movilizador de perder el miedo.

José Guillermo Fouce
Doctor en Psicología y profesor de la Universidad Carlos III
Público