sábado, 17 de septiembre de 2011

Stop Desahucios

Al menos desde la Revolución Francesa, cuando se vulneran derechos generalizables y los canales institucionales permanecen bloqueados, la resistencia civil se convierte en la última garantía contra la arbitrariedad del poder y la degradación del principio democrático. Las movilizaciones contra los desahucios impulsadas por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en el conjunto del Estado, al calor del 15-M, reflejan claramente esta voluntad garantista. Y las respuestas represivas a las mismas –como ocurrió en Vic–, la impotencia de unas instituciones incapaces de tutelar derechos que están en la base de los ordenamientos legales que dicen defender.

Lejos de ser un fenómeno natural o un simple trámite jurídico, los desahucios por razones económicas entrañan una innegable dosis de violencia. Quienes los padecen, no sólo ven afectado su derecho a la vivienda. Al haber dedicado casi todos sus recursos a mantener un techo para sí y los suyos, quedan expuestos a vulneraciones severas de sus derechos a la integridad física y psíquica, a conservar o a buscar un empleo, a asegurar la educación de sus hijos. En casos como el español, esta situación es especialmente trágica, ya que el desahucio no comporta casi nunca el realojamiento digno exigido por Naciones Unidas.

En realidad, estos desahucios han estado en el centro de la gestación y estallido de la crisis. Durante el boom inmobiliario, cientos de familias fueron expulsadas de sus viviendas a resultas de operaciones urbanísticas especulativas. Otras tantas fueron objeto de acoso inmobiliario: una forma no disimulada de coacción, e incluso de matonismo, dirigida contra arrendatarios con alquileres bajos, considerados una rémora para la obtención de rentas mayores. Tras el estallido de la crisis, el fantasma del desalojo comenzó a planear sobre las familias con hipotecas impagables, muchas de ellas contraídas en condiciones leoninas. Entre 2007 y 2011, según el Consejo General del Poder Judicial, la cifra de ejecuciones hipotecarias supera las 300.000. Sólo en 2010 ya fueron 93.636. A este escenario deben sumarse, a medida que el paro se dispara, miles de desahucios por impago de alquileres con escasa o nula intervención de los servicios sociales.

La violencia que experimenta quien es desahuciado no cae del cielo. En la mayoría de los casos, es producida por entidades financieras, constructoras y grandes inmobiliarias para las que la vivienda no es un derecho, sino una simple mercancía de la que extraer la mayor renta posible. A menudo, esta violencia opera por vías abiertamente ilegales. Otras veces, cuenta con la cobertura de leyes y decisiones institucionales que la autorizan o que incluso la fomentan. Ni el sobreendeudamiento hipotecario, ni el llamado desalojo exprés, ni el apenas 2% de vivienda pública de alquiler, ni la fiebre especulativa que ha dejado tras de sí más de 3.500.000 inmuebles vacíos o infrautilizados, son el producto de espontáneas leyes de mercado. Reflejan intervenciones públicas explícitas, a menudo concertadas con agentes privados a los que deliberadamente se exime de toda responsabilidad social y jurídica.

Esta connivencia, en la que, con diferentes énfasis, coinciden los grandes partidos estatales y autonómicos, no se ha visto cuestionada por la agudización de la crisis. Propuestas razonables como la dación en pago o la movilización al alquiler social del parque habitacional en manos de la banca o de grandes propietarios, se han estrellado con la férrea oposición del PSOE, del PP y de las derechas autonómicas. Incluso los cuestionamientos al procedimiento de ejecución hipotecaria por vulneración del debido proceso y del derecho a la vivienda han sido descartados por el Tribunal Constitucional sin consideración alguna sobre la actual situación de emergencia habitacional.

Este bloqueo institucional contrasta con la actitud de otros países. En Francia, por ejemplo, existe una moratoria de desahucios durante el periodo invernal y ayuntamientos como el de Bobigny disponen de ordenanzas antidesalojos para proteger a las familias más vulnerables. En un contexto así, no sorprende que diferentes movimientos sociales y vecinales hayan emprendido movilizaciones en todo el Estado para dar apoyo a las familias afectadas y frenar los más de 200 desalojos que se practican diariamente. En los últimos meses, ya se han parado más de 60 gracias a la campaña “STOP desahucios”. Estas acciones de solidaridad constituyen una vía legítima de defensa, no de privilegios, sino de los derechos de todos, constantemente amenazados. Y suponen, además, la impugnación de normas y de decisiones judiciales e institucionales a menudo reñidas con la propia legalidad proclamada en constituciones y declaraciones de derechos humanos.

Esta desobediencia civil disruptiva pero no violenta, frente a la ilegalidad del poder que ha caracterizado la actuación del 15-M, es tal vez la última barrera garantista frente a un proceso acelerado de descomposición social. Pretender tratarla como una cuestión de orden público, practicando desahucios sin previo aviso, en horas inhábiles o con amplios dispositivos policiales, es un gesto de impotencia que, lejos de eliminar el conflicto, ahondará el descrédito de las propias instituciones. Tener un techo digno y seguro es una necesidad básica para el desarrollo personal y para la vida en comunidad. Y el desahucio, la condena a la intemperie, una forma de violencia a la que, como muestran las acciones de protesta en curso, ninguna persona sensata y con fuerzas puede resignarse de brazos cruzados.

Gerardo Pisarello / Jaume Asens - Público

Gerardo Pissarello es miembro del Consejo Científico de ATTAC , ambos autores son juristas y miembros del Observatorio DESC
Fuente: http://afectadesperhipotecavalencia.org/?p=2002

PAH Murcia: http://afectadoshipotecaregionmurcia.blogspot.com/

jueves, 15 de septiembre de 2011

Reforma constitucional. "Carta a diputados y senadores"

Querido diputado y/o senador de las Cortes Españolas:

Hace unos días, antes de que las Cortes aprobaran la reforma constitucional y la Ley Orgánica que la complementa, le escribí una carta en la que, considerando la enorme importancia de la medida que se iba a discutir en las Cortes españolas, le pedía que en caso de que se aprobara, usted permitiera con su voto que tal medida fuera sometida a un referéndum para su ratificación, tal y como recoge el artículo 167.3 de la Constitución. Colgué tal carta en la red y, con la ayuda de Actuable, en pocos días casi 150.000 ciudadanos añadieron su firma a tal petición. Desde entonces, la respuesta ha sido enorme. Y las encuestas muestran que la gran mayoría de la ciudadanía española es partidaria de que haya un referéndum que le permita no sólo dar su opinión, sino decidir sobre tal medida, pues, como señala la Constitución, tal referéndum sería vinculante.

Ahora, cuando la reforma constitucional ha sido aprobada por las Cortes, es más necesario que nunca que sea refrendada –bien aprobada, bien rechazada– por la ciudadanía española de la cual deriva todo el poder que tienen las Cortes en su responsabilidad delegada. Cuando un ciudadano vota a una opción política, lo hace en base a su programa electoral. Si una medida de tal envergadura es aprobada por mayoría en las Cortes por miembros de partidos políticos, cuando ninguno de ellos había propuesto esta medida en su programa electoral, esta debiera ser refrendada por la ciudadanía. Tiene que ofrecérsele a esta una oportunidad para expresar su deseo y mandato, pues forzándole sólo a que exprese su oposición o aprobación a tal medida en las próximas elecciones es –espero que usted esté de acuerdo– tener una visión excesivamente limitada y reduccionista de lo que es democracia. El escaso desarrollo de referendos en España, no sólo a nivel central, sino también autonómico y local, parece reflejar un temor a la ciudadanía que no puede justificarse, como lo ha hecho uno de los escritores de la Constitución en unas declaraciones recientes, en base a querer evitar el ejemplo de los plebiscitos durante la dictadura. La homologación de referendos en democracia con plebiscitos bajo la dictadura es, además de ofensivo para la democracia, ignorar y/o confundir la enorme diferencia entre participación ciudadana en una democracia e imposición de una medida gubernamental en una dictadura.

De ahí que no permitir a la ciudadanía que decida en una materia de tal trascendencia es contribuir a la percepción, ampliamente sostenida, de que existe una enorme distancia en España entre los gobernantes y los gobernados. Usted habrá leído que, según las encuestas, la clase política es el tercer problema que la población española indica que existe en España. Admitirá, pues, que ello es un síntoma de que algo no funciona suficientemente bien en nuestra democracia, percibiéndose a los representantes limitados en su representatividad, excesivamente influenciados por intereses ajenos a los de la ciudadanía a la que representa. La toma de decisiones ahora que afectan enormemente a la vida de los ciudadanos, sin haber estos sido consultados, sería un error enorme que aumentaría, todavía más, esta distancia entre gobernantes y gobernados que, según la ciudadanía, existe en la insuficiente y limitada democracia española.

La democracia ha costado muchísimo en España. La democracia no fue, como sectores conservadores señalan, una democracia otorgada, sino una democracia ganada por la presión popular. Costó mucho llegar a donde estamos y no podemos permitirnos que se desacredite y se deslegitime la democracia existente. Cuando usted vote, en un momento histórico, para permitir que haya o no un referéndum, piense por un momento en los miles y miles de españoles fusilados, torturados, prisioneros y exiliados para que usted tenga el honor de representar al pueblo español. Pero este honor conlleva responsabilidades. Y una de ellas no puede ser que usted vote en contra de permitir al pueblo español que sea consultado y sea él el que decida.

Permítame, por último, una nota de aclaración que incluí en el preámbulo de mi carta anterior. Algunos defensores de la medida aprobada niegan que, en sí, la reducción del déficit del Estado que se exige en la medida aprobada afecte negativamente el Estado del bienestar de los españoles. Pero la experiencia histórica muestra que ello será así. Cuando las Cortes españolas decidieron la integración de España en la eurozona, se acordó llevar a cabo el mandato de Maastricht, que exigía que el déficit público del Estado fuera menos de un 3% del PIB. En sí, esta medida no tenía por qué afectar negativamente al bienestar de la población española, pues la reducción del déficit no tiene por qué disminuir el gasto público (la mayoría del cual es gasto social) o incluso evitar su expansión. Los impuestos, por ejemplo, pueden aumentarse, reduciéndose el déficit, y, si los ingresos al Estado se incrementan notablemente, se puede, incluso, aumentar el gasto público social.

Esto es la teoría. Pero, en la práctica, la solución que se escogió fue reducir el gasto público, incluyendo el social. España, que tenía y continúa teniendo el gasto público social por habitante más bajo de la UE-15 en 1993, cuando se iniciaron las medidas de reducción del déficit, vio aumentar su déficit de gasto público social (medido por la diferencia existente de gasto público social per cápita entre España y el promedio de la UE-15) de una manera muy notable. Y lo mismo está ocurriendo ahora. De ahí que tal medida impedirá corregir el enorme déficit social de España. Es probable que usted tenga otra opinión sobre ello. Y respeto su postura. Pero no puede negar la necesidad imperiosa en una democracia de que tal medida se debata y sea aprobada por la ciudadanía de la cual deriva su poder delegado. Espero que en esto esté de acuerdo.
Atentamente.

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra
Público


Manifestación en defensa de los Servicios Públicos. 18-S. Cartagena


Manifestación en defensa de los Servicios Públicos
18 de septiembre. Cartagena
19h. Alameda S. Antón

Movimiento 15-M Región de Murcia

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Las mentiras de la crisis, el determinismo existencial y TINA…

Bueno amigos, pues así está la cosa…, y así queda el artículo 135 de la Constitución Española [1]:
“El PSOE y el PP entienden que es oportuno en este momento político sentar ya las bases de un acuerdo sobre la Ley Orgánica a que se refiere el artículo 135 de la Constitución Española, que debe ser aprobada con urgencia antes del 20 de junio de 2012”, manifestaron PSOE y PP en el documento presentado.

El artículo 135 de la Constitución Española pasa de los actuales dos puntos:
  1. El Gobierno habrá de estar autorizado por ley para emitir Deuda Pública o contraer crédito.
  2. Los créditos para satisfacer el pago de intereses y capital de la Deuda Pública del Estado se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de los presupuestos y no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la ley de emisión.
A tener seis puntos, y queda redactado como sigue:
  1. Todas las Administraciones Públicas adecuarán sus actuaciones al principio de estabilidad presupuestaria.
  2. El Estado y las Comunidades Autónomas no podrán incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos, en su caso, por la Unión Europea para sus Estados Miembros.
Una Ley Orgánica fijará el déficit estructural máximo permitido al Estado y a las Comunidades Autónomas, en relación con su producto interior bruto. Las Entidades Locales deberán presentar equilibrio presupuestario.
  1. El Estado y las Comunidades Autónomas habrán de estar autorizados por Ley para emitir deuda pública o contraer crédito.
Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la Ley de emisión.
El volumen de deuda pública del conjunto de las Administraciones Públicas en relación al producto interior bruto del Estado no podrá superar el valor de referencia establecido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.
  1. Los límites de déficit estructural y de volumen de deuda pública sólo podrán superarse en caso de catástrofes naturales, recesión económica o situaciones de emergencia extraordinaria que escapen al control del Estado y perjudiquen considerablemente la situación financiera o la sostenibilidad económica o social del Estado, apreciadas por la mayoría absoluta de los miembros del Congreso de los Diputados.
  2. Una Ley Orgánica desarrollará los principios a que se refiere este artículo, así como la participación, en los procedimientos respectivos, de los órganos de coordinación institucional entre las Administraciones Públicas en materia de política fiscal y financiera. En todo caso, regulará:
a) La distribución de los límites de déficit y de deuda entre las distintas Administraciones Públicas, los supuestos excepcionales de superación de los mismos y la forma y plazo de corrección de las desviaciones que sobre uno y otro pudieran producirse.
b) La metodología y el procedimiento para el cálculo del déficit estructural.
c) La responsabilidad de cada Administración Pública en caso de incumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria.
  1. Las Comunidades Autónomas, de acuerdo con sus respectivos Estatutos y dentro de los límites a que se refiere este artículo, adoptarán las disposiciones que procedan para la aplicación efectiva del principio de estabilidad en sus normas y decisiones presupuestarias. Disposición adicional única.
Por otro lado, según el acuerdo pactado entre ambos grupos, la Ley Orgánica fijará en un 0,4% el déficit estructural global máximo del conjunto de las administraciones públicas a partir del año 2020.
Pues parece ser que, al final, más allá de “rígidos” criterios de austeridad, que no lo son, nos han colado un “blindaje de la solvencia” mediante la cláusula de “la esclavitud” [2].
Mientras nos hacen mirar hacia otro lado, y nos dicen que es por nuestro bien y que no hay alternativa, en realidad, amigos, la obligación prioritaria de pagar la deuda es inmediata y estará “blindada” por la Constitución.

Este hecho levanta sospechas sobre los motivos reales para esta reforma de la Constitución que en lugar de ir dirigida a la limitación inmediata del derroche, trataría de crear una traba enorme a que la ciudadanía pueda negarse a pagar deudas injustas, tal y como ha ocurrido en Islandia, donde sus ciudadanos decidieron no pagar con fondos públicos la deuda de sus bancos con el Reino Unido y Holanda, fruto de la mera especulación en los mercados [3].

Margaret Thatcher, la famosa “Dama de Hierro”, como triste honra a la “doncella” de la Inquisición de similar apelativo, paso a ser más conocida, desde su impulsión a las políticas neoliberales en el Reino Unido durante los 70, por el cuasi erótico TINA: There Is Not Alternative, decía la buena mujer…

Pero sí hay alternativas, lo saben bien en Ecuador, donde en 2007 el Gobierno de Correa, con el respaldo del 60% de la población auditó y reestructuró la Deuda Pública, convocó la Asamblea Constituyente para la elaboración de una nueva Constitución, y reguló fuertemente el mercado de capitales y el sector financiero [4].

Sí hay alternativas compañer@s, como también saben en Islandia, donde el pueblo repudió la deuda en 2008, derrocó al gobierno, juzgó a banqueros y políticos, reestructuró su deuda, y se encuentra en proceso de Asamblea Constituyente para dar forma a su nueva Carta Magna; ¡y todo ello pacíficamente…! [5].
Hasta el FMI reconoce ahora que Islandia ha hecho lo correcto y se encuentra saliendo de la crisis, creciendo por encima de un 2% y generando empleo neto… ¡El cinismo, la hipocresía y el surrealismo en su estado más puro…! [6].

Pero es que en Marinaleda también saben que sí hay alternativas. Marinaleda, sí, ese pequeño pueblo sevillano que expropió y socializó las tierras nobiliarias del municipio, y que no conoce el paro… [7].
Sí hay alternativas amigos…

Como bien sabemos, el futuro no es un lugar hacia donde nos dirigimos; es el lugar que construimos con lo que hacemos cada día. El futuro no nos espera, lo construimos nosotros. Por eso, la mejor manera de prever el futuro es crearlo…

Pero dicen que “Spain is Different“… Y debe de serlo a tenor del hecho de que sus pequeños empresarios y profesionales liberales (abogados, notarios, economistas, arquitectos, etc.), la mayor parte de nuestro tejido industrial conformado por más de 3.287.374 empresas (excluidas agricultura, pesca y autónomos), son en su gran mayoría “mileuristas”. O al menos esa es una de las conclusiones que podrían extraerse del hecho de que los trabajadores y los pensionistas declarasen a Hacienda 19.359 euros de media en 2010, lo que supone un 75 por ciento más que en el caso de los pequeños empresarios y los profesionales liberales, que obtuvieron unos rendimientos medios de 11.036 euros,;-) [8].

Notas:
[1]http://www.rebelion.org/noticia.php?id=134865&titular=la-moraleja-islandesa-y-la-reforma-del-artículo-135-de-la-constitución- (Acceso, 04/09/11).
[2]http://www.juantorreslopez.com/component/content/article/137-articulos-de-opinion-y-divulgacion-2011/2470-los-trileros-mayores-del-reino-y-la-clave-de-la-reforma-constitucional (Acceso, 04/09/11).
[3]http://www.rebelion.org/noticia.php?id=134865&titular=la-moraleja-islandesa-y-la-reforma-del-artículo-135-de-la-constitución- (Acceso, 04/09/11).
[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Ecuador (Acceso, 04/09/11).
[5] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=135018 (Acceso, 04/09/11).
[6] http://krugman.blogs.nytimes.com/2011/09/01/iceland-exits/ (Acceso, 04/09/11).
[7] http://vimeo.com/27912991 (Acceso, 04/09/11).
[8] http://www.nuevatribuna.es/articulo/economia/2011-08-01/tecnicos-hacienda-piden-atajar-fraude-masivo-empresarios/2011080112301100727.html (Acceso, 04/09/11).

Jokin Zabal@
ATTAC País València.

El 15 M: Un movimiento peligroso

La indignación es un sentimiento que ha empezado a tomar cuerpo en nuestra sociedad. No es solamente una expresión de repulsa ante la hiedra creciente de injusticias que ahogan a la gran mayoría de los asalariados, sino también una expresiva manifestación de rechazo hacia hábitos del quehacer político vigente. No obstante, como han demostrado numerosas experiencias del pasado, si la indignación queda reducida a un gesto de rabia impotente está inexorablemente condenada al fracaso. Si alguna virtud ha tenido el 15M, nacido de forma espontánea hace apenas cuatro meses, es que una parte de sus integrantes ha sabido convertir la rabia en denuncia, la denuncia en acción y la acción en organización. 

Con esa sorprendente intuición que tantas veces han puesto de manifiesto los grandes movimientos sociales a lo largo de la Historia, el 15M ha tenido la sensibilidad de saber asentarse donde de manera natural le correspondía hacerlo: en los barrios y pueblos, en las universidades y esperamos que en un próximo futuro pueda hacerlo también en asambleas de trabajadores, profesionales, enseñantes, etc. Sucede que en los tiempos en los que las contradicciones se intensifican virulentamente las masas que intervienen en ellas multiplican la imaginación y el ingenio y rompen con ímpetu los moldes burocráticos e institucionales que hasta entonces han encorsetado su participación. 
 
En sus fases iniciales, la autorganización popular no ha obedecido nunca a reglas ni a principios preestablecidos. Las eclosiones sociales, como ocurre con los torrentes, abren arrolladoramente su propio cauce rompiendo con todo lo viejo y caduco que se interpone en su camino, creando nuevas formas de participación popular, originales relaciones entre sus integrantes e, incluso, facilitando la aparición de inéditos lenguajes comunicacionales. Eso ha sido evidente en el 15M en el curso de los tres últimos meses. El papel protagónico de quienes han participado como actores en las innumerables asambleas y manifestaciones ha hecho envejecer, de repente, la práctica política de la izquierda autista que comenzó a desnaturalizarse a partir de los Pactos fraudulentos de la llamada “Transición democrática”. El entusiasmo ha barrido las calles de las principales ciudades del Estado español. Manifestaciones, asambleas, concentraciones para frustrar las acciones judiciales de los desahucios bancarios, asambleas barriales, multitudinarios parlamentos donde todo es discutido, aprobado o rechazado. Una impetuosa ráfaga de viento fresco que ha servido para barrer la atmósfera viciada que había aplastado a este pueblo por años. Durante meses, miles de jóvenes y adultos que hasta ahora no divisaban ninguna perspectiva de participación política fuera de las expresamente diseñadas por el Sistema han sentido que aquello realmente era “hacer política”, y no la exhibición grotesca que cotidianamente tiene lugar bajo las sagradas cúpulas de las vetustas instituciones del establishment. Por eso es explicable que esta dinámica arrolladora de los “nadie” haya provocado tanto desconcierto - cuando no rechazo – incluso en aquellas organizaciones políticas de la izquierda a las que objetivamente les correspondería contarse entre sus aliados naturales. 

Todavía es pronto para decir cuál será el itinerario político por el que transcurrirá el 15M. Serán muchos los retos que se interpondrán en su futura trayectoria. De hecho los medios de comunicación, en manos de los grandes consorcios que construyen la denominada “opinión pública”, han detectado ya la potencialidad de este enemigo y se han puesto manos a la obra estigmatizando sutilmente sus acciones, tratando de provocar la división en sus filas asignando colores a sus integrantes: los moderados y los radicales, los buenos y los malos, los tratables y los intratables. A esa distorsión informativa seguirá, probablemente, el silenciamiento hermético del movimiento. Intentarán borrar de la memoria colectiva que el difuso hartazgo que ha movilizado a miles es, en realidad, un sentimiento compartido por una buena parte de la sociedad. En los medios ya empiezan a colarse declaraciones de los primeros desertores, que se acercan a las redacciones de los periódicos a descargar sus lagrimones con el lamento elitista y fascistón que en su día pronunciara Ortega y Gasset: “¡No es esto!”, ¡No es esto!”. Asimismo, de vez en cuando  dejan asomar a las tribunas a supuestos “ideólogos” del 15M que aconsejan “moderación” en la indignación y “respeto” a las instituciones. 

Es cierto también que el lúgubre páramo de casi tres décadas de ausencia  de grandes luchas sociales y organización popular ha dejado una estela de inexperiencia política entre las generaciones más jóvenes. No pocos caminan hoy a tientas, y sin seguridad acerca de la dirección a la que deben dirigir sus pasos. Difícilmente podía ser de otra manera cuando tan escasas han sido las posibilidades de aprender. Sin embargo, una de las características de los procesos dinámicos que movilizan a grandes sectores de la sociedad es justamente que sus protagonistas son capaces de aprehender con una velocidad de vértigo. Expresión de este acelerado aprendizaje han sido las dialécticamente cambiantes definiciones que ha asumido el movimiento en su corta andadura. Comenzó autoproclamándose como un movimiento “apolítico”, pero pronto comprendieron que tal definición estaba en flagrante contradicción con su práctica y objetivos. Acertadamente concretaron que el 15M era apartidario, aunque no ideológicamente neutro. En la actualidad las cosas aparecen estar ya más precisas. Los planteamientos que enarbola este movimiento social son claramente antioligárquicos. Y aunque en el seno del mismo se entrecruzan también corrientes afines a la socialdemocracia reformista, encabezadas por economistas e intelectuales que biográficamente han estado vinculados en el pasado al PSOE, la tendencia general que se aprecia parece orientarse hacia la consolidación de las posiciones más consecuentemente de izquierdas. 

Sin establecer, desde luego, comparaciones ni paralelismos, lo que hoy sucede en el Estado español posee una serie de elementos comunes a otros procesos históricos. La Comuna de París fue una auténtica eclosión de auto organización y creatividad popular que barrió por primera vez del poder a la burguesía francesa. La Revolución de 1905 en la Rusia zarista no obedeció a ningún llamado de las organizaciones que se oponían a la autocracia de Nicolás II. Las masas desheredadas y hambrientas, encabezadas por un pope que terminaría luego convirtiéndose en agente de la policía política, se echaron la calle y terminaron poniendo en jaque a la mismísima Monarquía. Los Soviets del 17-18 de la Rusia revolucionaria no fueron un instrumento político creado por los bolcheviques – aunque éstos supieron detectar prontamente su extraordinaria importancia – sino una creación netamente popular, cuya base se sustentaba en las agrupaciones de obreros, soldados y campesinos organizados en Asambleas soberanas. 

Hoy, el lugar de aquellos que quieren cambiar realmente esta sociedad, que se niegan a asumir las argucias institucionales que entreteje el sistema capitalista, está sin duda en las Asambleas Populares del 15M, contribuyendo a organizar a la ciudadanía, aprendiendo de ella y aportando a la misma su propia experiencia. Ello haría posible que este poderoso movimiento termine convirtiéndose en algo realmente peligroso… para el Sistema. 

Manuel Medina 
Canarias Semanal

lunes, 12 de septiembre de 2011

Los gobiernos despolitizados


No hace mucho, un ministro del Gobierno de Zapatero y dirigente del Partido Socialista sostenía que las elecciones generales no iban a resolver la crisis, como ha sucedido en Portugal y Reino Unido. Y desde luego, los nuevos gobiernos de signo opuesto a los anteriores no han evitado las duras medidas de ajuste fiscal y los recortes sociales. Pero lo más significativo es que no han variado el sentido y las razones de los ajustes, el discurso político, en suma. He ahí una muestra de que, en el complejo entorno actual, los problemas no se resuelven con el cambio de gestores sino con el cambio de políticas.

Frente a la crisis de la globalización neoliberal y del Eurogrupo, el fenómeno del sometimiento a los mercados financieros está alcanzando a los gobiernos de modo similar a como alcanzó a las grandes empresas hace años: como fenómeno económico y político. Nuestros gobernantes europeos de uno y otro signo han asumido abiertamente aquella afirmación de Margaret Thatcher de “no hay alternativa”; e incluso los gobernantes de la izquierda han optado por erigirse en gestores de los intereses de los mercados, a los que apelan para justificar medidas impresentables para sus votantes.

Desde que las empresas se convirtieron en conglomerados o grupos empresariales con proyección global, los ahorradores y las familias que solían ser los accionistas mayoritarios en los países más desarrollados fueron sustituidos por los grandes bancos y otras entidades inversoras como los nuevos propietarios que les daban nuevo rumbo bajo directivos de nuevo cuño. La gran banca, las firmas de capital riesgo, los fondos especulativos, etc., que dominan los consejos de administración, no solamente marcan los objetivos de los grupos empresariales que controlan financieramente, sino que han definido un nuevo modelo de gerente. Hasta no hace mucho, el director de la empresa solía ser un experto en el producto o la actividad que había dado vida a la empresa industrial o de servicios, conocedor del negocio e interesado por su explotación y por todos sus elementos. Pero, en las últimas décadas, las corporaciones controladas por las finanzas han impuesto el modelo de directivo “generalista”, un gestor profesional que ignora los detalles del negocio pero que gestiona cualquier tipo de empresa. Es el modelo de la empresa como “agencia” de los mercados financieros, analizado por economistas heterodoxos estadounidenses. Entre nosotros, hace tiempo que Telefónica dejó de estar dirigida por ingenieros para ser dirigida por gestores de sus finanzas que alzan cotizaciones con ERE.

De modo similar, los gobernantes que antes se regían por principios, ideas y valores de izquierda, ahora se muestran como “generalistas” capaces de administrar cualquier proyecto de Gobierno. Nuestros gobernantes han asumido los intereses de los mercados en sus manifestaciones públicas de tal modo que recuerdan el entusiasmo con el que los renovados gestores de las corporaciones asumían “la creación de valor para el accionista” (el incremento del valor de las acciones), como reflejan las memorias anuales de las multinacionales del Ibex-35. De ahí que los mercados estén imponiendo la salida de la crisis que más beneficia a sus intereses con el empobrecimiento de la ciudadanía.

Por ejemplo, para estos nuevos gestores exitosos de conglomerados empresariales, una filial o sociedad del grupo es sólo un activo líquido, del cual el grupo puede desprenderse en los mercados de capitales si no ha alcanzado determinados niveles de rentabilidad. Igualmente, para nuestros gestores políticos un organismo público determinado o incluso las centenarias cajas de ahorro son también activos líquidos cuyos fallos de gestión o de cuentas se resuelven con su venta, cualesquiera que fuesen los fines para los que surgieron o su razón de ser.

Quienes han analizado los procesos de financiarización de las corporaciones concluyen que los gerentes han de gestionarlas en favor de los nuevos propietarios o accionistas, sean los grandes bancos o los fondos; porque se les contrata no para que la empresa alcance nuevos horizontes y genere sustanciosos dividendos, sino para que logre creación de valor para los accionistas, consiguiendo la subida de la cotización de las acciones y estos, grandes ingresos con su venta en las bolsas. Y a un gerente se le cambia si, por el apego a la tecnología, a la rentabilidad o a la historia de la organización, no responde a aquellos objetivos de lucro financiero y no maximiza el valor bursátil de la empresa.

Así llegamos a la situación actual en la que los mercados contemplan a los gobernantes como gestores de sus intereses más que de los programas aprobados por los votos de sus electores. De ahí que, desde que la gestión gubernamental se desideologizó, los gobernantes resulten intercambiables para el votante, cualquiera que sea el partido al que representen. Y aunque no parece que este fuera el sentido de la afirmación del citado ministro, es cierto que los problemas de la crisis no se resuelven con el cambio de Gobierno sino con el cambio de políticas, dentro de España y en el horizonte europeo, donde se toman gran parte de las decisiones clave para la vida de los ciudadanos.

Juan Hernández Vigueras
Analista político-financiero y miembro del Consejo Científico de Attac
Fuente: Público

domingo, 11 de septiembre de 2011

Falsedades sobre la reforma

En el debate actual sobre la reforma constitucional y la ley orgánica complementaria se están haciendo afirmaciones que no son sostenibles. A continuación detallo las más representativas:

“El mayor problema que tiene España es el tamaño del déficit y de la deuda pública”.
No es cierto. En 2007, el Estado tenía superávit y la deuda era de las más bajas de la Eurozona y ello no protegió a España de tener una Gran Recesión. Incluso hoy, la deuda pública es menor que el promedio de la Eurozona y el déficit ha descendido, lo cual no ha evitado que los intereses que el Estado español ha tenido que pagar para vender su deuda pública hayan sido los mayores en su historia.

“La ley aprobada por el pacto PSOE-PP no es un ataque al Estado del bienestar”.
Sí que lo es. Si se le exige al sector público que reduzca el déficit público, hay varias maneras de hacerlo. Bajando el gasto público, aumentando los impuestos o incrementando el crecimiento económico para ingresar más fondos al Estado. En España, la mayor reducción del déficit público siempre se ha conseguido con recortes de gasto público, incluyendo el gasto público social. Pasó cuando el Estado español tuvo que reducir el déficit para acomodarnos al criterio de Maastricht, y bajar el déficit al 3% del PIB. Y pasa ahora, cuando quieren reducirlo al 0,4% del PIB. Es más, la fiscalidad del Estado español (tanto central como autonómico) es profundamente regresiva. Si miramos los niveles efectivos (reales) de tributación y no sólo nominales, las grandes familias, las grandes empresas y la banca, pagan niveles muy inferiores (restando al Estado 44.000 millones de euros al año) a lo que paga un trabajador en nómina. El Estado ya ha demostrado todos estos años su incapacidad o falta de valentía política de corregir esta situación. Le es más fácil recortar los servicios domiciliarios a las personas con dependencia (600 millones de euros) o congelar las pensiones (1.200 millones) que revertir la bajada de impuestos (37%), que afectaron a los súper ricos (300.000 euros o más al año) en los últimos quince años (2.500 millones de euros). Las clases populares tienen menos poder sobre el Estado español que las clases dominantes.

“Si no se toman estas medidas, los mercados no se calmarán y terminaremos peor”.
Los mercados no son calmables. El problema no es la especulación de los mercados, sino la falta de protección de los estados frente a los mercados. Lo que un Estado hace frente a las maniobras especulativas es imprimir dinero y comprar su propia deuda pública, forzando la bajada de los intereses de tal deuda. Pero, con la creación del euro, los países del euro no pueden hacer esto. Sólo el Banco Central Europeo puede imprimir dinero. Pero en lugar de hacer lo que los bancos centrales hacen, es decir, comprar deuda pública de los estados de la Eurozona, lo que hace es proveer liquidez a los bancos privados, pero no a los estados. Sólo, recientemente y con grandes reticencias, se ha estado haciendo, pero tarde e insuficientemente. Cuando compró deuda pública de España e Italia, los intereses bajaron. Esto debiera hacerlo pero no excepcionalmente, sino como parte de su función. Es más, los estados de la Eurozona debieran tener bancos públicos para garantizar el crédito. En España se está yendo en sentido contrario. La privatización de las cajas dificultará todavía más la garantía del crédito.

“Todos los estados de la Eurozona debieran tener una legislación igual, prohibiendo que tengan déficits públicos”.
Como ha indicado el Center for Economic and Policy Research, uno de los centros de investigación más prestigiosos de EEUU, tal política “sería un desastre”. Sería equivalente a que Estados Unidos, cuyos estados tienen que tener un déficit cero para los gastos ordinarios (pero no en inversiones), no tuvieran un Estado Federal con un Gobierno que tiene déficits del 8,2% del PIB (y una deuda del 160% del PIB) y con un Banco Central (The Federal Reserve Board) que ayuda a los estados (California tiene unas cuentas públicas en tan mala forma como Grecia) y compra deuda pública (algo que no está permitido al Banco Central Europeo).

“Estas políticas de austeridad nos evitarán llegar a la situación griega”.
Todo lo contrario, están acelerando a alcanzar la situación griega. Tales medidas, congelación de pensiones y recortes sociales, que están empobreciendo todavía más el subfinanciado Estado del bienestar español (el gasto público social por habitante es el más bajo de la Eurozona) está dificultando enormemente la recuperación económica al reducir la demanda de bienes y servicios, que es el mayor problema de la economía española. Estas políticas de austeridad están empobreciendo tal demanda. Hoy está creciendo la percepción, incluso en centros financieros, de que el mayor problema de España es el escaso crecimiento económico. La explosión de la burbuja inmobiliaria creó un agujero equivalente a un 7% del PIB que tendría que rellenarse con gasto público para permitir una estimulación de la economía. Tras cuatro años de austeridad, la economía española continúa estancada.

“El estímulo económico se aplicó en España y no ayudó mucho”.
No es cierto. Ayudó poco porque consistió sobre todo en recortes fiscales que beneficiaron sobre todo a las rentas superiores que son las que proporcionalmente consumen menos y tienen, por lo tanto, escaso impacto estimulante de la demanda. Muy pocos de los estímulos fueron encaminados explícitamente a crear empleo. De la misma manera que las derechas están utilizando la crisis para obtener lo que siempre han querido, es decir, disminuir los salarios, la protección social y privatizar el Estado del bienestar, las izquierdas debieran utilizar la crisis para conseguir sus objetivos, es decir, hacer un reforma fiscal profunda que, a base de corregir el enorme déficit fiscal de las clases pudientes –grandes familias, grandes empresas y banca– se resolviera el déficit social, creando empleo, y a la vez se estimulara la economía. Así se salió de la Gran Depresión y así se debería salir ahora.

Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC.
Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra
Público