sábado, 7 de abril de 2012

“Además de resistir debemos crear algo nuevo”. Entrevista a Raúl Zibechi.

Entrevista a Raúl Zibechi. Analista y responsable de internacional en el semanario uruguayo "Brecha".

Cómo se configuran los movimientos contra la gestión liberal de la crisis y por qué es necesario volver a socializar la vida son algunas de las cuestiones que ha abordado Raúl Zibechi en su reciente visita al Estado español.

A Raúl Zibechi le llama la atención la vidriera de una zapatería en la calle de la sede de Ecologistas en Acción en Madrid, donde tiene previsto realizar un taller. Se acerca y nos dice, sonriente, que los zapatos en Europa son demasiado baratos. Como ya ha explicado antes, la austeridad es un factor clave en la construcción de lo que llama el “mundo nuevo”.

DIAGONAL: Desde Latinoamérica ¿cómo ha visto procesos como Occupy, las protestas en Grecia o el 15M y qué paralelismos establece?

RAÚL ZIBECHI: El 15M es un movimiento del mismo estilo de los que emergieron tras el ‘caracazo’ en Venezuela de 1989. En primer lugar, no es un movimiento tradicional, al estilo del movimiento obrero que se basa en la representación. En segundo lugar, es un movimiento que ocupa el espacio público, que busca dos cosas: busca convertir ese espacio en forma de interconexión de todas las personas afectadas por el modelo: desocupados, sin papeles, sin techo, etc.; también busca destituir las políticas neoliberales que protegen y defienden al sistema financiero; y por último es un espacio que puede servir para potenciar las iniciativas de construcción de realidades sociales diferentes: los centros sociales, las huertas, los espacios que crea la gente en los cuales resiste, se conoce y crea formas de vida alternativas.

D.: En Política y miseria habla de la existencia de dos mundos, el desbocado de las finanzas y luego el otro, que constituye nuestra oportunidad. ¿Es importante confrontarse o debemos centrarnos en la construcción de ese segundo mundo?
R.Z.: La confrontación es prácticamente inevitable aunque uno no la busque. En Grecia, los salarios cayeron un 30% y evidentemente nadie mira pasivo cómo le roban. La confrontación no es ni buena ni mala, es inevitable. Lo que podemos hacer, además de resistir, es construir algo nuevo. El otro escenario sería el que encarna la vieja izquierda: resistir para ganar el gobierno, lo que supone subordinar la lógica de lucha social a la conquista del gobierno. A mí me parece que esa lógica ya demostró su fracaso en los últimos cien años: desde los Estados no se consigue construir realidades nuevas; como mucho, en el mejor de los casos, desde los Estados se consigue mantener a raya al capital, al sistema financiero en este caso. En el peor escenario, los que están en el Gobierno terminan entregados al capital financiero, que es lo que está sucediendo en todas partes. Entonces ese otro camino que estamos intentando ensayar es el mejor camino y es el más eficiente; es un proceso de largo plazo, de décadas, incluso de siglos, hasta que la humanidad acepte que lo mejor es vivir con austeridad. La austeridad es un elemento fundamental: 7.000 millones de personas no pueden vivir a todo trapo, el planeta no lo sostiene, salvo que se programe un genocidio, 7.000 millones o más pueden vivir con cierta austeridad.

D.: Imagino que usted establece alguna distinción a la hora de usar el término, que tanto utilizan organismos como el FMI.
 R.Z.: Los que no viven austeramente hablan de austeridad a los demás. Lo que necesitamos es que ese 1% que cobra más de un millón de euros al año (70 millones de personas) pierda el control. Si el 50% más pobre puede subir un poco su consumo para estar a niveles aceptables, ese 1% tiene que bajar su consumo...Con 2.000 euros al mes se vive bien, ¿no?

D.: Hace poco un columnista de Público hablaba de la renta básica y estimaba que debía situarse en torno a 1.500 euros mensuales. Pero una cifra así, ¿no implica una excesiva monetarización de la vida?
R.Z.: Sí, ése es otro problema. Nosotros tenemos que caminar para desmonetarizar una cantidad de cuidados y servicios, para descolonizar una serie de servicios para recuperar la sociabilidad. Si todo lo que hacemos está monetarizado, los vínculos de solidaridad desaparecen, porque la clave de la solidaridad es que no es monetaria. La clave de la cooperación, de la ayuda mutua, de una cantidad de formas de vivir que teníamos es que no son monetarias.

D.: ¿En la izquierda también se perdieron estas formas de socialización?
R.Z.: Creo que la vieja izquierda ha contribuido no directamente, pero por la vía de los hechos, a destruir los vínculos y a crear organizaciones jerárquicas, en la punta de cuya pirámide se concentra el poder y el saber, y en cuya base se concentra el hacer. Ésa es mi crítica: que ha reproducido el modelo estatal y ha creído que a través del progreso material, o sea, la colonización del capital, se podía llegar a un mundo nuevo.

D.: En cierta manera en Latinoamérica esa ruptura con las fórmulas clásicas ya se ha producido, ¿cómo ha sucedido?
R.Z: Fue por la necesidad, porque el neoliberalismo terminó con los Estados del bienestar, que eran una alianza entre movimiento obrero, las patronales y el Estado. Al quebrarse este Estado del bienestar, la alianza ya no funciona porque las patronales y el Estado expulsan al movimiento obrero de esa negociación: ya no necesitan o les perjudica la presencia de ese acto. Cuando eso sucede deja de ser suficiente la huelga, la manifestación, el acto, la negociación, no tiene sentido. El Estado hoy no tiene interés, no puede, no quiere o no le da la gana negociar con CCOO y UGT. Creo que cuando el capital decide dinamitar el Estado del bienestar vuelven a aparecer las clases peligrosas, los de abajo. Por eso, terminado el Estado del bienestar, lo que queda es la criminalización de la protesta. Marchamos hacia un Estado policial. Y los movimientos tienen que tomar cuenta de esto para actuar en consecuencia: cómo hacen para neutralizar el aparato represivo, cómo hacen para deslegitimar a los Gobiernos, etc. Estamos en un cambio de fase del modelo, en un período de decadencia que se manifiesta en la financiarización de la economía y pasamos a un Estado crecientemente represivo y autoritario. Eso es Grecia hoy.


“EL FEMINISMO HA CONSEGUIDO MOVILIZAR EL DESEO” _ DIAGONAL: En el cuestionamiento de la organización de los movimientos clásicos pones como ejemplo la lucha de las mujeres, ¿por qué?
RAÚL ZIBECHI: Hay un movimiento de mujeres en el mundo, pero en ningún país hay una única organización, un comité central, una dirección general... el movimiento actúa con bajo nivel de organicidad, tiene escasa organización y tiene mucha capacidad de interpelación, de diversificación, de cuestionar la cultura existente, y de promover cambios en la sociabilidad cotidiana, en lo micro. No se propone tomar el poder para instaurar el Estado feminista o la sociedad feminista, se propone hacer cambios, y a través de una potente acción que podríamos llamar cultural, en el sentido de ocupar un papel distinto en la vida cotidiana, es como ha ido cambiando el mundo. Es un tipo de movimiento capilar, difuso, inserto en la vida cotidiana, con una gran ventaja con respecto a los movimientos viejos: moviliza el deseo. Estamos llegando a una comprensión de movimiento social diferente: un movimiento social modifica el lugar, mueve nuestro lugar en la sociedad.

Pablo Elorduy. Redacción
Diagonal

El nuevo ciudadano español

El nuevo ciudadano español habrá de saber que cualquiera de sus necesidades –vitales incluso- es menos importante para el gobierno que enriquecer a los mercados. Hay que pagar la deuda creada artificialmente a ese fin –lucrar en cantidades obscenas a unos cuantos- y a ello dedican en los presupuestos prácticamente todo lo que se va a recortar: más de 28.000 millones de euros y sólo para pagar los intereses de esa deuda. Vocación en el PP, esa prioridad la consensuó con Rajoy el entonces presidente Zapatero por mandato de Merkel y de la UE, en este orden. Y ya figura en nuestra Constitución reformada de urgencia este verano. Lo primero pagar los intereses de la deuda, los ciudadanos vienen después. Si sobra, y nunca sobra. Y cada vez menos. Si queréis más detalles sobre la especulación con la deuda en “La energía liberada“. Por ejemplo, cómo se está comiendo a Grecia, Portugal… y casi todos los países que no sean Alemania.

De entrada –mientras “los mercados” no acucien más y están en barra libre-, este nuevo ciudadano español verá reducida la Educación en un 21,9%, Cultura un 15,1%, Investigación y Desarrollo un 25,6%. A la partida de becas le quitan 166 millones de euros, a pesar de que la vicepresidenta dijo que no sería así. Al fomento de empleo un 21,3% y al desempleo un 5,5%. A la mitad se deja el cuidado y ampliación de las infraestructuras. Pero, en Madrid al menos, se va suprimir la prohibición de construir en suelo rústico porque total la burbuja inmobiliaria solo nos ha costado una crisis descomunal y se lucraron unas cuantas gentes de bien.

Si es mujer, verá que se destina un 21,6 % menos a la lucha contra la violencia machista. Claro que como debe sufrirla “en el entorno familiar” y parir para ser auténticamente mujer se entiende el ahorro. Los cuidados a la dependencia se recortan un 5,7%. Pueden hacerlos las mujeres, gratis, entre parto y palo.

El nuevo ciudadano español debe tener mucho cuidado en no enfermar. Un problema cuando todos los elementos recortados inciden sobre la salud como suele explicar con gran tino Ángels Martínez Castells. Y además se le quita a la protección del Medio Ambiente un 31,2% con lo que respiraremos más porquería (aún) y todo lo que queráis añadir. Si tiene mala suerte de enfermar, ha de saber que Sanidad reduce sus partidas en un 6,8 % . Y que empieza a instalarse la certeza de que las enfermedades graves, con tratamientos caros, igual exigen un fuerte “co-repago”.

Rajoy no tenía más remedio que acometer estas medidas porque la alternativa –sugiere- es el rescate. ¿Pues no le pasó lo mismo a Zapatero y el PP le acribilló? Ah, el nuevo ciudadano español tiene penalizado el uso de la memoria. Y si protesta, incluso pacíficamente, le viene encima una ley de endurecimiento penal que se va a enterar.

En estas condiciones, lo mejor que puede hacer un español es pertenecer a la Iglesia Católica a la que no se le toca un euro… o a la Casa Real que tan sólo sufre un 2% de merma. Es bueno también formar parte de “los mercados” que tienen preferencia, o ser especulador y así evadir impuestos y, si buenamente se quiere y sin consecuencias penales, lavar los dineros negros con un 10% de tributo.

Estas prerrogativas no están al alcance de todo el mundo, lo sé. Por eso, el Gobierno de Rajoy ha previsto en sus presupuestos recién presentados que ese ciudadano menos sano, más inculto y peor educado, pariendo –siempre que sea mujer (“auténtica”) porque en otro caso es complicado-, cuidando dependientes, en paro y todo lo que os he contado, disfrute de otras compensaciones.

Un 13,6% crece nada menos el presupuesto del Consejo Superior de Deportes desde que el Sr. Wert, como máximo responsable, decidirá cuáles o qué promociona. Ciudadanos de cuerpos fuertes y entrenados, adelgazado cuanto se pueda su cerebro. También habrá una partida (así lo anunció Wert) para la promoción de la gran fiesta nacional de los toros. En eso va a contar con la entusiasta colaboración de Esperanza Aguirre que, como describe Javier Pérez de Albéniz, “quiere subvencionar visitas escolares de alumnos de 3º y 4º de la ESO a plazas de toros, para de esta manera fomentar el gusto por las corridas entre los jóvenes”. Aguirre ha debido enternecerse con esta fotografía –una de las más crueles que recuerdo- donde se ve a dos dulces niñitas dando una patada a un animal ensangrentado que probablemente agoniza.

Ese nuevo ciudadano español dispondrá de cuantas misas y procesiones sea menester y también de un parque temático del juego, la ludopatía, el vicio, la vulgaridad y el entontecimiento: ¡Viva las Vegas español!
No se le puede pedir más al gran reformista al que se le hunde la bolsa, porque ha subido el paro y ya no tienen recato en contar que se van a quedar sin trabajo 600.000 personas más este año; y porque –tras dar cuentas a un enviado de Merkel (no de la UE siquiera, de la Alemania de Merkel)- su ministro tecnócrata puro le ha contado al Wall Street Journal que la deuda pública -que Zapatero mantuvo en los niveles más bajos de la acosada Europa-, se disparará al 80% en 2012. Qué festín de intereses, qué festín de tijera.

No, no se puede pedir más en 100 días de Gobierno. Menos mal que más adelante Rajoy “dará buenas noticias”. Tan cierto como todo lo que prometió en campaña.

En el cerebro de este híbrido ciudadano español falta incrustar seriamente –las minucias de los medios conservadores son insuficientes- un chip que repita las 24 hora del día: ha sido la “herencia”, ha sido la “herencia”…

Rosa Mª Artal
El Periscopio




http://rosamariaartal.com

viernes, 6 de abril de 2012

Aviso :)








ATTAC Murcia no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

Como podeís imaginar, el objetivo es estimular la reflexión, crítica si procede, de los diferentes puntos de vista reflejados en los artículos publicados.

Por otro lado, nuestro saludo y enorme agradecimiento a nuestros lectores, que sois lo más importante. Esperamos ser de utilidad para vosotr@s, al menos mental :).

Un fraternal abrazo para tod@s y gracias por seguirnos.
Salud , Acción y Alternativas !!

«No es que no nos atrevamos porque las cosas son difíciles. Las cosas son difíciles porque no nos atrevemos» (Séneca)
 




jueves, 5 de abril de 2012

Indignados de todos los países…

«No es que no nos atrevamos porque las cosas son difíciles. Las cosas son difíciles porque no nos atrevemos» (Séneca)

«Donde crece el peligro también crece lo que nos salva de él» (Holderlin).

La lista de países en los que florecen movimientos susceptibles de declararse más o menos abiertamente indignados se volverá interminable. Pronto será más sencillo contar los países totalmente ajenos a este fenómeno, el cual no se puede meter en el saco de los acontecimientos pasajeros o puramente circunstanciales. En una audaz reducción, esos movimientos de formas sinuosas y con discursos diversos se han relacionado con la publicación de la estimulante obra de Stéphane Hessel. ¡Indignaos!, nos ordena desde lo alto de su lucidez intacta que tantos individuos parecen haber perdido en nuestras democracias formales. Sin embargo la lucidez también exige que reconozcamos que la mayoría de esos movimientos podrían haber eclosionado sin la orden de nuestro vigilante compatriota. Le haríamos un honor que en ningún momento reivindica atribuyéndole una paternidad abusiva. Antes embajador de profesión, en su vejez Hessel se ha convertido en un embajador simbólico de numerosas luchas contra los abusos y la creciente injusticia alimentada por la globalización capitalista. Es obvio que el panorama de la indignación sobrepasa ampliamente el simpático padrinazgo de alguien que no puede resignarse al sacrificio, tan frecuente, de la dignidad humana en el altar de la ganancia voraz.

Una idea generalizada que quieren asfixiar
Los indignados no se limitan a prolongar la larga historia de la protesta contra el orden establecido por los amos de la economía dominante y sus secuaces. Al contrario, marcan una ruptura histórica en el sentido de que inscriben sus movimientos en un contexto nuevo, el del anunciado hundimiento del capitalismo y de los intentos de salvarlo, cada vez más violentos, que claramente tratan de preservar el principal resorte del capitalismo, la generación del beneficio máximo mediante la contratación del coste directo mínimo, y que la economía, ahora global, destruye el tejido social a la vez que daña gravemente los ecosistemas y agota los recursos más escasos. 

Otro aspecto novedoso de la reivindicación del cambio se encuentra precisamente en el hecho de que en la actualidad el capitalismo es planetario, una configuración creada por la voluntad y la actuación de poderosos protagonistas económicos –las multinacionales- y por instancias políticas no elegidas democráticamente –FMI, OMC, BCE, Comisión Europea- en estrecha colusión unos con otros. Aunque los movimientos de los indignados no están unificados –y probablemente nunca lo estarán- en todas partes constatan la misma terrible morbosidad de la economía general depredadora y reivindican la instauración de una economía de la restitución. En este último sentido -¡el de la nobleza!- deberían poner en marcha una vanguardia ofensiva contra la resistencia defensiva de un sistema condenado por su lógica suicida. En espera de la «ampliación del ámbito de la lucha», lo esencial no reside en el número de combatientes, sino en la calidad de sus intervenciones.

La extensión de la indignación se subestima
En esta época de la información mercantilizada y la comunicación invasora, los movimientos de los indignados al menos tienen un mínimo derecho a la visibilidad. Es obvio que los medios de comunicación del «gran público», cada vez más sometidos a las lógicas mercantiles y financieras, no tienden a interesarse por movimientos ciudadanos que se movilizan por intereses generales y piden cuentas a los malos gobernantes. Así, ridiculizaron la declaración de los indignados españoles de que no querían el poder y exigían finalmente que los representantes del pueblo actúen por el interés general. Esto es cualquier cosa menos ridículo. Incluso es fundamental. Los indignados no tienen ningún interés en crear otro partido político con unos pocos representantes en un sistema sin cambios esenciales. Como dijeron: ¡Hay que pensar en el cambio y no cambiar de pensamiento! La necesidad del cambio es un asunto muy serio para dejarlo únicamente en manos de los partidos políticos. Toda la sociedad civil debe tomar parte. 

Cuando los medios de comunicación dominantes sólo ven la política a través de las declaraciones tranquilizadoras de los representantes del pueblo, despreciado en sus aspiraciones profundas cuidadosamente ocultadas bajo los sondeos de opinión, llegan incluso a no comprender la realidad social ni a precisar los retos fundamentales de una construcción inteligente del mundo. Tanto es así que en el caso de la «crisis griega» muchos periodistas creen que la mayoría de los griegos confía en que sus dirigentes actuales sacarán al país del abismo en el que le hundieron sus predecesores. Sin embargo, ahí abajo, hierve la indignación desde hace meses para quien quiera observarla fuera de los canales habituales de la protesta controlada.

¿Revoluciones indignadas?
Parece que la «Primavera Árabe» de 2011 dio alas a diversos movimientos contestatarios en otras partes del mundo. Tenemos la esperanza de que hubieran surgido sin necesidad de ese oportuno catalizador. Aunque es innegable la gran valentía demostrada por las poblaciones de varios países árabes, sometidos durante mucho tiempo bajo la férula de dictadores corruptos y a veces sanguinarios, había motivos para despertar a los ciudadanos aletargados en la tibieza de nuestras viejas democracias; el ejemplo se ha frenado de momento. A este respecto no podemos hablar de Revolución, si acaso de revoluciones conservadoras. En el mundo árabe en ebullición, las franjas «progresistas» de las rebeliones son minoritarias en todas partes. Es muy pronto para decir si la legítima reivindicación de esos pueblos de un reparto diferente de las riquezas se fortalecerá con la voluntad de construir una alternativa del capitalismo cuya característica eminentemente depredadora denuncian por todas partes los movimientos de los indignados. Si las corrientes políticas conservadoras atrapan al movimiento en los procesos de transformación en curso, los «países del Norte» se felicitarán por haber encontrado una bicoca que les permitirá posponer la llegada de la fase terminal del capitalismo. ¿Se venderá Túnez al turismo internacional como Níger malvende su uranio a Areva despreciando la salud de sus habitantes?, ¿o como Senegal que ha arruinado la pesca artesanal, recurso vital de muchos senegaleses, al firmar con Europa un acuerdo de pesca intensiva que organiza el saqueo de su fondo marino antes rebosante de pesca? 

Samir Amin augura que la primavera de los pueblos del Sur será el otoño del capitalismo. Y necesitará el apoyo de los movimientos de protesta del Norte. ¿Los indignados de las naciones ricas se encontrarán con sus homólogos de las sociedades recién liberadas del yugo ancestral de sus antiguos dirigentes indefectiblemente apoyados por los gobiernos occidentales? ¡Ojalá!

El variado mosaico de la indignación
Un recuento exhaustivo de los movimientos de indignados es realmente imposible. Conocemos los que salen en los medios de comunicación de masas, como para dejar en silencio a la mayoría de ellos. Además muchos de esos movimientos nos resultan desconocidos debido a que están situados en países donde la libertad de información está fuertemente restringida. Por ejemplo, el clima social en China es cualquier cosa menos tranquilo. El capitalismo salvaje suscita revueltas duramente reprimidas y apenas sabemos nada. Una pequeña enumeración de los movimientos de indignados nos revela, a pesar de su aparente disparidad, el rechazo a la dominación capitalista del mundo. 

Cada movimiento elige su forma original de denunciar al mismo monstruo. En Estados Unidos, el movimiento «Occupy Wall Street» pone el acento en primer lugar en las enormes desigualdades de rentas y patrimonios que existen en la primera potencia económica del planeta. Su eslogan «99 contra 1» ilustra al mismo tiempo que la multitud no puede tener casi nada cuando el uno por ciento acapara casi todo, y que por lo tanto es esa centésima la que decide todo. En Japón son las consecuencias de la catástrofe de Fukushima las que movilizan a los ciudadanos, a los cuales nos presentan a menudo como unos fatalistas viscerales. El pasado 23 de diciembre fue el «Viernes Amarillo». Se celebraron manifestaciones en todo el país, sobre todo en el este, donde la mayoría de los productos alimenticios están contaminados por el cesio 137. En algunas ciudades la manifestación agrupó mayoritariamente al personal de los centros sanitarios, muy preocupado por la gran vulnerabilidad de los niños a la «contaminación interna». Las agrupaciones, entre ellas la asociación de jóvenes DYLJ (Liga de la Juventud Democrática de Japón) denuncian la incuria de las autoridades políticas. Esas movilizaciones seguramente no son ajenas al hecho de que un año después de la catástrofe la mayoría de las centrales nucleares japonesas siguen paradas. En Sicilia, desde principios de este año, sopla un viento de revolución. El hundimiento de Italia en la crisis, los sucesivos planes de austeridad, los llamamientos a nuevos sacrificios, han acabado exasperando a una población golpeada por un desempleo récord del 25%. Los agricultores y artesanos han creado el movimiento de los Forconi, (los de la Horca) que llaman a la revolución y al rechazo de esa situación insostenible. En la vasta Rusia los amplios movimientos que asombran al poder central se organizan para defender los bosques amenazados por proyectos industriales o de carreteras. 

No podemos cerrar este breve florilegio sin hacer alusión a una lucha internacional que podría prefigurar la lucha ecológica planetaria de los próximos 25 años: la fuerte resistencia a la explotación –no puede ser más devastadora- del gas y el petróleo de esquisto. En Estados Unidos, en Suecia, en Francia o en Sudáfrica ese tipo de proyectos se tapan o se dejan de lado bajo la influencia de resueltos movimientos de oposición que han mostrado de forma pertinente hasta qué punto la fracturación hidráulica, la única técnica eficaz para esa explotación, es la marca de un sistema capaz de autodestruirse por medio de la naturaleza. Está surgiendo una «Internacional Ecológica» que será el contrapunto de todas las futuras cumbres oficiales del medio ambiente y el clima. Tenemos la primera cita el próximo mes de julio en Brasil en «Río+20».

... ¡Uníos!
La indignación dispone de mecanismos de comunicación modernos especialmente valiosos para la difusión masiva y rápida de la nuevas ideas, los informes que se deben analizar, la convocatoria de manifestaciones urgentes o de los debates que hay que plantear. Esas son las auténticas redes sociales… y medioambientales. Pueden unificar movimientos dispersos geográficamente pero filosóficamente cercanos. Pueden ganar la partida a las redes de las frías tecnocracias y las oligarquías mezquinas. Están hechas de hombres y mujeres vivos que luchan para «ser» mañana contra los que solo protegen el «tener» de hoy.

Yann Fiévet es profesor de Ciencias Económicas y Sociales en el Liceo Jean-Jacques Rousseau de Sarcelles, autor de varios libros, cronista de prensa, presidente de asociaciones y promotor de conferencias y debates.
Le Grand Soir
Traducido para Rebelión por Caty R.


Platón, ahora neoliberal

Platón creyó haber encontrado la llave para tener una sociedad justa y equilibrada, cuyos ciudadanos fueran felices. Clasificó a los seres humanos en tres clases distintas, según sus inclinaciones naturales: trabajadores, guerreros e intelectuales. Los primeros debían hacer bien aquello para lo que estaban naturalmente dotados: comer, dormir, procrear y sobre todo trabajar. Si así lo hacían, sin rechistar ni cuestionarse nada, serían felices e incluso podrían subir de escalón en próximas vidas. Los guerreros debían dedicarse para alcanzar la felicidad a cosas arriesgadas y exigentes (ejército, policía, atletismo…). Tampoco ellos debían cuestionar si aquello funcionaba bien o mal, pues para eso estaban las personas pertenecientes a la tercera clase: los capitostes, los intelectuales, los únicos dotados de una visión global y certera de la realidad, dedicados a pensar sobre el interés general de la ciudadanía. Si cada uno está en su sitio, haciendo lo que debe, la sociedad resultante es justa, feliz y equilibrada.

Desde aquel entonces, hace ya más de 2.400 años, ha habido otros muchos intentos de convencer a la gente de que lo que mejor que puede hacer es asumir su condición personal y social, así como el estado de cosas existente en su entorno, y resignarse a lo que hay (básicamente, un reducido núcleo de ricos, privilegiados y bienvivivientes, y una amplísima mayoría de currantes y sobrevivientes). Eso sí, siempre se nos ha ido repitiendo el mensaje (=la estafa) de que, si somos buenos, la situación podría mejorar en un magnífico paraíso, una vez muertos, enterrados y definitivamente calladitos.

Hoy Platón parece pasear por nuestras calles y plazas, haberse colado en los titulares de la prensa, la radio y los telediarios. Hoy parece incuestionable para mucha gente que la sociedad tiene por su propia naturaleza unas castas, otrora llamadas “clases sociales”, que no deben ponerse en cuestión por el bien de todos y el interés general de la sociedad. Ocurre, sin embargo, que estas ideas ya no las firma Platón, sino un ente con más vidas que un gato, que responde ahora al nombre de “neoliberalismo” y es adorado por una incondicional brigada de neocons.

Según ellos, los trabajadores han de trabajar, y punto. Se les da un salario para que coman, beban, vistan, salgan, consuman y procreen. Si alguno de ellos se muestra díscolo o disidente, se lo despide (ahora más barato, con menos papeleo y complicaciones, con mayor rapidez: para eso están los decretos-leyes). Se procura que haya siempre, incluso en tiempos de gran bonanza económica, una sustanciosa bolsa de desempleados, dispuestos a ingresar en el cuerpo de currantes por menor precio. Y a todo ello se le llama “libertad de contratación”, “mercado de trabajo”, “modernización de las condiciones laborales”, “adaptación a la situación laboral europea” o “medidas necesarias para salir de la crisis al medio plazo”.  Viene a ser como una de las viñetas que Andrés Rábago, El Roto, nos regaló recientemente en El País: un papá, una mamá y un niño están acodados en una barandilla; el padre pregunta; “¿Os acordáis de cuando había horizonte?”. Y el niño pregunta, a su vez: “¿Cómo era, papi?”.

Hay también en nuestra sociedad y en el mundo una segunda clase de personas, a cuyo cargo están encomendadas ingentes arsenales de destrucción y toda suerte de armamento. También hay policías (nos quedamos pasmados el pasado 29 de marzo viendo el gran número de antidisturbios exhibiéndose en las aceras mientras nos manifestábamos pacífica y cívicamente). Están al servicio de los intereses de quienes manipulan los hilos del poder y del dinero, se adjudican el nombre de “seguridad”, aunque sobre todo hacen seguros a los amos del cotarro y dicen ser “fuerzas del orden”, pero se trata del orden que conviene a los ricos y los poderosos.

La tercera clase son personas muy poderosas, se indultan y se amnistían sin reparos. No quieren que se las vea, toque o moleste. Antes hablaban francés e iban diciendo “laissez faire, laissez passer”. Ahora, amparados tras el eufemismo “mercados”, hacen y deshacen a su antojo: cuando les conviene, lo público y el Estado no deben inmiscuirse en sus asuntos; cuando les interesa, exigen que se hagan cargo de sus deudas, causadas por su codicia sin limites.

Platón escribió solo para el 15% de los atenienses, los ciudadanos (un 15% de la población entre los que había también muy ricos y de limitados recursos). Se “olvidó” del resto: los esclavos (37%), los inmigrantes legales (5%) y sobre todo, de las mujeres (el resto). Hoy nos seguimos olvidando de dos tercios de la población mundial, sumida en la miseria, la carencia de alimentos, agua potable, escuelas, centros sanitarios…, esquilmados sus recursos por la voracidad de las multinacionales y los especuladores.

Sin embargo, mal que les pese a los señores del dinero y de los medios, así como a sus servidores políticos, militares y policiales, otro mundo es posible y necesario.

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
 El Periódico de Aragón

El capitalismo distópico del siglo XXI

"Un jubilado griego ( Dimitris Christoulas ) se suicida frente al parlamento ..."
¿ Se ha convertido el capitalismo del siglo XXI en una distopía?

No está muy lejos de considerarlo así, por paradójico que parezca, el informe sobre " Riesgos Globales 2012" que ha servido como marco teórico de los debates en el reciente Foro Económico Mundial capitalista de Davos. Literalmente se puede leer en él : " El análisis entre las vinculaciones entre distintos riesgos globales revela una constelación de riesgos fiscales, demográficos y sociales que señalan a un futuro distópico para la mayoría de la humanidad. La interacción entre estos riesgos podría resultar en un mundo en la que la mayor parte de los jóvenes deben lidiar con altos niveles crónicos de desempleo, mientras que, simultáneamente, el mayor número de jubilados en la historia comienza a depender de gobiernos ya sumamente endeudados."

Pues bien, a la vista de tan contundente conclusión, ¿ cabe esperar alguna reacción en la dirección de una reforma o refundación del sistema a cargo de sus principales beneficiarios?

Permítaseme dudarlo. No es ningún secreto, el capitalismo es el sistema económico que place a aquellas personas que son propietarias del capital. Para esas personas, como dueñas del capital que son, no hay otro sistema económico mejor que el capitalista. Para ellas cualquier otro sistema alternativo es, sencillamente, inconcebible, impensable. "El capitalismo" -, declaraba en el mismo Foro Económico Mundial de Davos antes citado D.M. Rubenstein, cofundador del Grupo Carlyle y con un patrimonio neto calculado en 2.500 millones de dólares -, " es el peor sistema, a excepción de todos los demás".

Pero el capitalismo tiene un inconveniente, al ser el sistema preferido por las personas dueñas del capital, automáticamente se convierte en el sistema de una fracción cada vez menor de la humanidad, aquella que concentra en sus manos una proporción creciente de dicha propiedad. Por consiguiente, no tiene nada de extraño que el capitalismo se pueda definir hoy como el sistema en el que cada vez menos se reparten más, y más se reparten menos.

Desprovisto de cualquier elemento corrector, el capitalismo se presenta de nuevo desde hace tres décadas con su verdadero rostro, el del liberalismo económico puro, donde se pone en práctica aquella observación que aplicaba nada menos que el propio A. Smith a los capitalistas del siglo XVIII, aquellos que querían " Todo para nosotros ( para ellos ) y nada para los demás". Así de consecuente también es el capitalismo del siglo XXI, el que tenemos que padecer la inmensa mayoría de la humanidad.

Ahora bien, ¿ tiene futuro un sistema económico cuya supervivencia únicamente conviene a una fracción cada vez más pequeña de la sociedad mundial?

Sólo el que tarde la gran mayoría de esa sociedad en percibir y en comprender, a fuerza de desempleo, de precariedad y explotación laboral, de austeridad salarial, de privación de derechos y de exclusión social, que el sistema, devenido distópico, no tiene nada que ofrecerle y que lo que hay que hacer, lo más deprisa que se pueda, es hallar el recambio que sí convenga a la inmensa mayoría de la humanidad, sin poner en peligro ni sus posibilidades de vivir una vida digna, ni las de las generaciones que transitarán el resto del siglo XXI.

Francisco Morote Costa. Attac Canarias
Canarias Ahora.es
http://www.canariasahora.com/opinion/7925/

lunes, 2 de abril de 2012

29 M: un nuevo escenario social

Medir el éxito o el fracaso de una huelga general es siempre un ejercicio complejo si se reduce a su evaluación cuantitativa. Y la evaluación cambia si se tienen en cuenta el contexto y la forma en que se ha producido. La evaluación cuantitativa es difícil porque no suele haber forma de contar quién se ha adherido a la huelga, quién ha trabajado por imposición de servicios mínimos o por coacción directa del empresariado (los sindicatos han recibido un alud de denuncias anónimas de este tipo de presiones), quién no ha trabajado finalmente por la acción colectiva y quién ha acudido el empleo de forma vergonzante apelando a cualquier justificación individual. La única posibilidad de paralización total de un país es la que generaría un lock-out patronal, apoyado por el gobierno. Las huelgas generales de verdad son siempre movilizaciones a medias, que permiten dar cuenta del grado de malestar, de movilización, de apoyo que la propuesta alcanza entre las clases trabajadoras.

Si, en cambio, se atiende a los condicionantes y al proceso, resulta claro que esta huelga ha sido un éxito rotundo. No sólo porque el paro ha tenido un amplio seguimiento en los sectores que tradicionalmente se movilizan —industria, transporte público, etc.—, sino también porque ha tenido un eco importante en la Administración pública. El colectivo de Economistas frente a la Crisis (www.economistasfrentealacrisis.com) ha evaluado en un 87,7% la caída del consumo eléctrico en las actividades económicas, por el método de comparar el consumo de un día laboral normal con el de un día festivo normal. Aunque se trata solo de un indicador, la cifra es bastante elocuente de lo que muchas personas percibían: que la movilización era importante. Los mismos medios de comunicación que hablan de éxito moderado alegan que la apertura generalizada del comercio es lo que permite rebajar el impacto. Pero es de sobra conocido que en el comercio coexisten empresas familiares, centros de trabajo de pequeñas dimensiones y grandes empresas que practican sistemáticamente una feroz actividad antisindical. Empresas que, como El Corte Inglés o Caprabo, suman una buena serie de condenas por violaciones de derechos laborales y colectivos, y que plantean el boicot a la huelga como un objetivo irreductible.

Ésta ha sido una huelga convocada con escaso margen de tiempo para “calentar motores”, que ha padecido una nueva edición de acoso a los sindicatos en la prensa reaccionaria y un auténtico apagón informativo en los medios “liberales”. Que ha tenido que hacer frente al machacón argumento de su inutilidad, a la presión política y simbólica de las autoridades europeas, al insistente discurso del “no hay alternativa”, de la necesidad de asumir el ajuste con buen humor... Y a pesar de todo ello, y de los recelos que los sindicatos mayoritarios generan en una parte no despreciable de la ciudadanía activa, la movilización ha sido impresionante.

Lo que le ha dado el tono definitivo han sido las masivas manifestaciones de la tarde, no sólo en Madrid y Barcelona, sino en muchas otras ciudades menores donde el éxito de convocatoria ha sido notable. Cualquiera que tenga memoria de otras huelgas recordará que la manifestación de la tarde era sólo el encuentro de los activistas más resistentes, mientras que en esta ocasión la manifestación ha servido para cerrar la boca a todos los que pretendían dar la huelga por fracasada. No ha sido una casualidad. Las personas activas a lo largo de toda la jornada ya contaban que las acciones de la mañana, los piquetes informativos de barrio y las concentraciones locales ya habían superado los niveles de otras veces, ya habían reunido a mucha gente. Las manifestaciones de la tarde del 29 de marzo de 2012 muestran la continuidad de un proceso movilizador que arrancó en mayo del año pasado y que, con convocantes diversos (unas veces el 15M y otras los sindicatos y organizaciones sociales tradicionales), han sacado una y otra vez a la calle a cientos de miles de personas. Si por un lado hemos pasado de la crisis financiera a la depresión generalizada y al asalto a los derechos sociales, por otro se ha producido un cambio desde la expectación a la movilización activa.

II

El cambio se ha producido por la acumulación de factores. Del lado de las organizaciones tradicionales, especialmente de los sindicatos, la creciente conciencia de que las políticas neoliberales adoptadas por los diversos gobiernos constituyen un ataque en toda regla a los derechos laborales y sociales, a las condiciones de vida de sus representados y a su propio papel organizativo e institucional. El cinismo con el que la patronal firmó un pacto sobre el empleo pocos días antes de la aprobación de una reforma laboral que lo dejaba totalmente inactivo, merecería por sí mismo una respuesta contundente. A los sindicatos la reforma les cierra muchas puertas, es en sí misma una declaración de guerra a la acción sindical y una amenaza al resto de los derechos laborales aún vigentes. Puede criticarse la actuación sindical como excesivamente zigzagueante, contradictoria, pero de lo que no cabe duda es de que en los últimos meses han estado promovido una serie de movilizaciones (contra la reforma de la Constitución, los recortes, el empleo público) e iniciativas (como en Cataluña las “Taules contra les retallades” o los encierros en las escuelas) que han elevado la presencia pública y la acción colectiva. A ello hay que sumar, y no es poco, que a la convocatoria de la huelga se han sumado todos los sindicatos minoritarios, lo que ha permitido plantear el día de huelga como una respuesta auténticamente de clase.

Por otro lado, la irrupción del 15M —con todas sus contradicciones, sus discursos ambiguos en algunos casos, pero con un notable nivel de activismo social— ha constituido un importante soplo de energía, de renovación y de politización en sectores desencantados o ajenos a la acción colectiva. Sus movilizaciones han tenido notables momentos de éxito, y la persistencia de grupos locales ha permitido generar una nueva red organizativa que a veces compite y a veces coopera con los viejos tejidos organizativos. En Barcelona, donde tenemos nuestro particular observatorio social, ha sido esta red la principal impulsora de los piquetes de huelga en los barrios, aunque en muchos de ellos han contado con la participación de activistas vecinales tradicionales y en unos pocos (allí donde ya existe una vieja tradición de activismo organizado) se han incorporado a comités unitarios más amplios. En conjunto su acción ha sumado, por más que persistan muchos resquemores entre estos sectores y el movimiento sindical tradicional.

Más allá de estos activismos paralelos, hay un proceso social que favorece la movilización masiva y la heterogeneidad social que se percibe en las grandes movilizaciones. Hasta hace bien poco, la segmentación social que divide a la población asalariada se reflejaba en una fuerte diferenciación de comportamientos ante las grandes convocatorias. La mayor parte de las huelgas generales anteriores eran, fundamentalmente, huelgas de los trabajadores manuales, huelgas “obreras”, con poca participación de empleados públicos y empleados de cuello blanco. Los ataques a las condiciones laborales de los empleados públicos y los recortes en sanidad y enseñanza están contribuyendo a generar otra percepción social, así como el brutal cierre de expectativas laborales para la juventud educada y la extensión de los empleos precarios. Las políticas neoliberales están golpeando a mucha más gente, están mostrando de forma más descarnada la diferencia radical entre capital y trabajo, y están destruyendo parte de las estructuras que sostenían a las clases medias asalariadas. Aún de forma incipiente, la brutalidad de la crisis abre las puertas a una reconstrucción del sujeto colectivo, de la autorrepresentación de la clase obrera como un grupo social diferenciado. Es sin duda un proceso en ciernes (por ejemplo, destaca la mucha mayor presencia de los enseñantes respecto al personal sanitario en las movilizaciones más recientes) y contradictorio, pero que debe considerarse en serio a la hora de elaborar propuestas, movilizaciones, discurso social.

III

La suerte de este proceso depende de la inteligencia y la capacidad de sus actores principales para desarrollar un nuevo proceso social. A corto y medio plazo, la cuestión fundamental es cómo proseguir con la movilización. Parece claro que las élites en el poder, en todos los niveles, están dispuestas a sostener con intransigencia sus planteamientos. Y que no van a ceder con unas pocas manifestaciones masivas (en este sentido, Grecia muestra el camino). Cuentan con que el agotamiento y el desánimo conduzcan a la rendición final de la población. Por eso es tan crucial saber elegir un camino de movilización que sea capaz de resistir el desgaste pero que mantenga la tensión. No hay una solución fácil a este dilema. Y es posible que florezcan las respuestas centrífugas, separadoras.

La insistente demanda de negociación por parte de los sindicatos parece más dirigida a neutralizar a las bases sociales de la gente de orden que a dar ideas precisas a las suyas propias. Resultan un tanto incomprensibles cuando es evidente que el antagonista no tiene, a corto plazo, ganas de negociar nada serio. Generan resquemor en los aliados más alejados y no clarifican socialmente lo que en este momento parece crucial: explicar bien al conjunto de la sociedad cuáles son las líneas que ninguna sociedad decente puede franquear, explicar muy bien cuáles son las contradicciones, las injusticias, las sinrazones de las políticas actuales, explicar bien las propuestas básicas de regulación que hay que conseguir imponer. Sólo generando en las propias bases y propuestas claras podrán los sindicatos ampliar su legitimidad en sectores sociales que deben ser sus aliados naturales, especialmente en una coyuntura en que la negociación a puerta cerrada parece más bien a una vía abierta a la concesión sin contrapartidas.

Pero, asimismo, el éxito de la huelga no puede hacernos pensar que la vía de la movilización permanente es una vía posible. La huelga general es una acción costosa, difícil. Es optar siempre por la ofensiva general. Los activistas más decididos corren siempre el peligro de ignorar estos costes, de olvidar el desgaste que afecta a la gente que no comparte por entero sus planteamientos. Y que la propia clase trabajadora está ante un nivel tal de indefensión (paro, endeudamiento, precariedad...) que limita sus fuerzas. Sería bueno que todas las partes reconocieran, cuando menos, un marco común de problemas y se centraran en elaborar propuestas para llevar a cabo una campaña de movilización sostenida y sostenible, que avanzaran en generar propuestas comunes y que abrieran espacios de confianza y de unidad. Ésta es una tarea urgente y necesaria para todas aquellas personas que lideran, promueven y alientan organizaciones y campañas, que siguen pensando que es necesario oponerse a la barbarie actual. Empezando por los principales líderes sindicales y siguiendo por toda la larga serie de activistas de los diversos movimientos sociales.

IV

El único punto negro que ha podido explotar la derecha es el de las acciones violentas que han tenido lugar sobre todo en Barcelona. De una violencia más simbólica que real, pero totalmente gratuita e injustificada. Quemar contenedores de basura no tiene ni siquiera el simbolismo que podía tener la quema de coches ni el ataque a tiendas de lujo de otros tiempos; es simplemente pensar que el enfrentamiento en sí mismo tiene algún significado. Ni tiene que ver con los piquetes de huelga que actúan como fuerza colectiva para extenderla y hacerla visible. Por desgracia, estos grupúsculos aparecen a menudo en las grandes acciones y juegan un papel distorsionador de la movilización social. Permiten crear una cortina de humo que no sólo oculta la violencia patronal, la coacción individual que han padecido miles de trabajadores para no ir a la huelga, sino también los excesos de las propias fuerzas de orden público. Y es que, ciertamente, muchos manifestantes pacíficos del 29-M se indignaban al ver el humo de los contenedores. Pero también muchos padecieron el uso de porras metálicas y gases lacrimógenos que utilizaron unos Mossos d’Esquadra que, una vez más, demostraron su incompetencia en este tipo de situaciones. Y muchos aún nos preguntamos cómo es posible que, si estos grupos están tan identificados como pregona el conseller de Interior, señor Puig, la policía es incapaz de realizar una acción preventiva eficaz. O es que, a lo mejor, entre la incompetencia y la provocación circula alguna de esas cloacas del Estado que tan eficaz resulta para mantener a raya a las clases trabajadoras. En todo caso, el agravamiento de la situación social da alas a nuevas respuestas violentas y obliga, también en este campo, a pensar en alternativas que impidan que lo vistoso sirva para tapar lo necesario.

VI

Esta huelga ha sido un éxito. Y deberíamos empezar por felicitar a toda la gente que ha trabajado para que así fuera. Que ha demostrado que la diferencia y la unidad podían convivir. Que las políticas neoliberales merecen el rechazo masivo. Que somos millones de personas las que queremos un orden social más justo. Y este éxito nos emplaza a no desfallecer, a seguir peleando por generar un amplio movimiento de respuesta, a fortalecer la unidad frente a la minoría social que sigue concibiendo el mundo como una finca particular y a las personas que la habitamos como esclavos de sus intereses. Sindicalistas y activistas diversos hemos trabajado codo con codo para que ello sucediera. Lo debemos considerar como un estímulo para dar nuevos pasos, para generar sinergias, para encontrar nuevos caminos de cambio social.

Mientra Tanto 
Redacción