jueves, 8 de marzo de 2012

El Mercado Social, una alternativa económica

Después de dos años largos de idear la logística del Mercado Social de Madrid (MES), el 22 de febrero se presentaba oficialmente el “plan beta” en un librería del barrio de Lavapiés. Dos señoras, de puntillas, tratan de otear lo que se cuece dentro del local repleto. “¿En este mercado vamos a poder comprar frutas y todo eso?”,me preguntan.

Cuesta imaginarse cómo será un mercado que no tiene sede física, que no responde a la idea de tenderete y que no se rige por la competencia. El Mercado Social es un proceso embrionario –aunque lleva años gestándose– que pretende ir creando una red de intercambio de bienes y servicios que cumplan con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios. Una alternativa al mercado convencional en las formas de producir y consumir. A nivel territorial ya existen varios nodos, y éstos se coordinan a nivel estatal bajo el paraguas de la Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria (REAS). “Llevábamos tiempo dándole vueltas a cómo unir todas las alternativas de la economía solidaria: las finanzas éticas, el consumo responsable, la producción y la distribución. Cada uno iba por su lado y nos planteábamos que la gente que estaba invirtiendo sus ahorros en iniciativas como Coop 57 [servicios de ahorro solidario e inversión ética] también se podía comprometer a consumir productos de la agricultura ecológica y del comercio justo, y viceversa”, nos explica Susana Ortega, de REAS Aragón, uno de los enclaves que, con Catalunya y Euskal Herria, han sido la avanzadilla.

En este mercado podemos participar como proveedoras y como consumidoras. Y como ambas cosas a la vez. Las entidades proveedoras producen los bienes y servicios que se pueden comprar y contratar en el mercado: un kilo de tomates de una cooperativa agroecológica, el libro de una librería asociativa o el mueble restaurado por una empresa de inserción social. Y también servicios menos tangibles como la asesoría jurídica para crear una cooperativa, una consultoría ambiental para que una escuela infantil ahorre en consumo eléctrico o una consulta psicológica individual. Cuantas más entidades se vayan sumando, más necesidades se irán cubriendo.

¿Pero qué es lo que hace singulares a las entidades del MES? “Somos entidades que además de consumir de otra forma queremos producir de otra forma. La gente que quiere entrar como proveedora tiene que cumplir una serie de requisitos”, explica Sandra Salsón, que ha participado en la elaboración del documento madrileño de criterios y principios. Este documento, que sigue los pasos de Aragón y Cataluña, incluye compromisos relacionados con la calidad y la profesionalidad, la igualdad de oportunidades, el compromiso con el entorno y la apuesta por incluir criterios sociales y ambientales en la política de compras, además de usar software libre y apostar por el Copyleft, que son los últimos añadidos. “No pasa nada si no cumples todos los criterios, lo importante es el compromiso de caminar en esa dirección”, advierte Sandra.

Consumiendo entre unas y otras, las entidades del MES intercooperan y se fortalecen. Además, se contempla que si una entidad tiene excedentes o ahorros los pueda invertir en los útiles financieros del MES (Coop 57, Fiare, Gap), “así cierras el ciclo, aseguras que esa ‘pasta’ se va a invertir en proyectos también dentro de la economía alternativa y, eso a su vez, permitirá que cada vez puedas cubrir más necesidades dentro de ese mercado y desconectarte en la medida de lo posible de la economía convencional”, explica Sandra.

“Las entidades del Mercado Social, además de consumir queremos producir de otra forma” 
 
De momento existe una web (konsumoresponsable.coop/mercado-social- madrid), en la que podemos buscar productos y servicios por sectores y territorios. Pero se pretende llegar más lejos: “A nivel estatal estamos trabajando en una base de datos potente que pueda incluir la venta online coordinada”, explica Susana. “Y a medio plazo está la idea de constituir una cooperativa de servicios que pudiese gestionar todo eso”, añade Sandra desde Madrid.

Los territorios más avanzados, como Aragón, están estudiando cómo distribuir directamente a través de las tiendas de comercio justo, los servicios de mensajería en bici o las naves de algunas entidades que conforman el MES. También están en conversaciones con la federación de barrios para poder distribuir a través de locales de asociaciones vecinales o en algunas tiendas de cercanía.

Las personas que apuestan por un consumo responsable pueden consumir en el MES de forma individual u organizada. El espíritu, además, es que sea un consumo activo, “que no sólo nos compren, sino también que nos ayuden a cambiar el mercado”, apuntala Susana. Por ejemplo, certificando las prácticas de las empresas que venden.

Para las que añoramos la plaza y el encuentro presencial, las ferias que puntualmente organiza el MES pueden ser una puerta de entrada a este singular mercado. Desde Aragón ya se han organizado dos ferias que han permitido que la gente “le ponga cara” a las entidades de este mercado alternativo. En Madrid, la primera feria tendrá lugar en el centro social Tabacalera el 24 de marzo, coincidiendo con el aniversario de DIAGONAL. Funcionará como un laboratorio donde ensayaremos las primeras transacciones con la moneda social, y como espacio de aprendizaje y asesoramiento.

ÚTILES DEL MERCADO
El Boniato, la moneda social madrileña
A partir del 1 de marzo, en el Mercado Social de Madrid se podrá comprar con la moneda social (denominada ‘Boniato’ tras una votación). El primer paso será crear moneda social y para ello las entidades del Mercado Social harán un descuento en sus productos y servicios que se hará efectivo en boniatos y que puedes consultar en la web. Explicación para profanas por Sandra Salsón: “Imagínate que vas a comprar una caja de 40 cafés de comercio justo a un proveedor A, cuesta cien euros y te hacen un descuento del 10% en boniatos. La primera compra que haces la pagas completa en euros, 10% de descuento se hace efectivo en moneda social: tu cuenta de moneda social se queda en +10 y la del proveedor A en -10. Luego compras una formación en educación ambiental de cien euros a un proveedor B que acepta como límite en cada compra diez boniatos. Le das 90 euros y diez boniatos, y tu cuenta se queda a cero. Si luego el proveedor B quisiera comprar una caja de café al proveedor A, podría pagar 90 euros y diez boniatos”.


Soraya González Guerrero
Diagonal 

Es tiempo de crisis, es tiempo del cambio!

Todos los días en los noticiarios, en las calles, en nuestros trabajos, en el vecindario, no paramos de escuchar: ¡Es tiempo de crisis! Pero, ¿de qué crisis nos hablan?

¿Nos hablan de la crisis de la deuda que hace décadas sufren millones de personas en los países del Sur global, consecuencia de las destructivas políticas neoliberales aplicadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para hacer frente a deudas ilegítimas e incluso odiosas? O ¿se refieren a la crisis alimentaria consecuencia de la especulación con cereales y otros alimentos básicos? Vivimos en la época histórica de mayor sobreproducción de alimentos y, al mismo tiempo, es el momento que más personas sufren desnutrición crónica e incluso, que más gente muere de hambre. Especialmente afectadas por esta situación de carestía son las mujeres y la niñez, aunque, paradójicamente, ellas son las encargadas, en más de un 50%, de la producción agrícola mundial.

¿Nos hablan de la profunda crisis ecológica y energética que hace años es denunciada por los movimientos ecologistas y el campesinado en todo mundo? Una crisis medioambiental derivada de la puesta de unos ecosistemas finitos al servicio de un sistema económico y social basado en la acumulación ilimitada.

¿Nos hablan de la crisis de los principios y valores que hasta ahora habían regido en el sistema capitalista? Quizás, ¿aluden a la crisis de representatividad que sufren las sociedades actuales tanto occidentales como orientales? Donde el 15-M y el resto de movimientos de ocupación de los espacios públicos, no son más que la prueba de la falta de espacios donde la gente manifieste su disgusto personal y colectivo. Unas sociedades sin referentes personales ni institucionales a los que pedir unas soluciones y, por supuesto, explicaciones.

Tal vez, nos hablan de la crisis de los trabajos de cuidado, que desde los diferentes feminismos se ha venido señalando históricamente. Una crisis consecuencia de utilizar la vida al servicio del capital. Una vida que hasta ahora había sido asistida por las mujeres desde los hogares, es decir, el espacio doméstico donde se carece del poder político necesario para el cuestionamiento y el cambio del sistema. Los hogares, espacios feminizados desde dos perspectivas: una material, ya que tradicionalmente e, incluso a día de hoy, las mujeres hemos hecho los trabajos de sostenibilidad de la vida doméstica de forma no remunerada. Y otra desde una perspectiva simbólica, por qué estas tareas, que son imprescindibles para la continuidad digna de la vida de mujeres y hombres, son minusvaloradas socialmente de acuerdo con los parámetros patriarcales capitalistas.

Pero no. Esta crisis profunda, multidimensional y acumulada no existe para nuestros gobernantes, los grupos de poder globales. La CRISIS, llegó a nuestras vidas, a finales del 2007 con la quiebra del sistema financiero – “el casino global” – que constituye el núcleo duro de poder masculino y el epicentro del sistema socioeconómico vigente. Ante este estallido financiero nuestros gobernantes, muy bien adiestrados por las instituciones financieras internacionales, en vez de asegurar el bienestar y la vida digna de las personas, han dedicado sus políticas “anticrisis” a garantizar el proceso de acumulación de capital recortando los derechos sociales y de ciudadanía que tanto han costado conseguir. Así, han conseguido sacar a la superficie social el conflicto, que hasta ahora se escondía en los hogares, existente entre la lógica de la acumulación de capital, paradigma del sistema capitalista y sus políticas neoliberales y, la lógica de sostenibilidad de la vida. Pero, además, con los recortes de las políticas sociales y de los mecanismos de redistribución estamos asistiendo a una polarización social, es decir, a un proceso donde determinados colectivos que vivían en situaciones de precariedad ahora se ven abocados hacía situaciones de exclusión social. En estos procesos, el género es, sin lugar a dudas, uno de los ejes determinantes.

Pero con todo este análisis, podemos hacer dos cosas, sentarse y observar cómo empeora la situación, mientras los de siempre continúan enriqueciéndose o, por el contrario, aprovechar esta tensión social visibilizada y las grietas patentes del sistema, para cambiar y construir un nuevo paradigma social. Es tiempo de cambiar el epicentro alrededor del cual se desarrollan las sociedades y nuestras vidas. Es la hora de sustituir al capital, por la Vida. Es el momento de colectivizar la vida. La vida es de todos los seres vivos que habitamos este planeta y, entre todos, debemos garantizarla bajo las condiciones más dignas. A lo largo del último año la ciudadanía en todo el planeta, hemos construido espacios de debate, asamblearios y democráticos donde poder entre todas las personas decidir qué sociedades queremos. Es la hora de preguntarnos, ¿cuáles son nuestras necesidades reales para vivir bien? y, sobre todo, ¿cómo nos organizamos socialmente para hacer todas las vidas dignas y vivibles?

En este proceso de cambio las mujeres tenemos que alzar nuestras voces. Nosotras damos vida pero, además, a través de los trabajos de mantenimiento y de cuidado, entendiendo cuidado como el proceso de regeneración cotidiano de la vida, el aseguramiento del bienestar físico y emocional de las personas, hemos sido las columnas vertebrales de nuestras sociedades. Por ello, en este 8 de Marzo de 2012 no tenemos motivos para la celebración complaciente, pero sí mucho que decir y, por supuesto, todo por transformar!

Verònica Gisbert Gracia 
Patas Arriba, Grupo sobre Deuda ATTAC-CADTM
(Fuente: Attac España)

lunes, 5 de marzo de 2012

Los retos del movimiento del 15 de mayo

El futuro del movimiento del 15 de mayo depende de factores varios: si uno de ellos es la condición de las políticas de nuestros gobernantes, otro lo aportan circunstancias azarosas de muy difícil consideración. Pero, por encima de todo, el porvenir del movimiento depende de la capacidad de éste para hacer frente a un puñado de retos que se presentan en su horizonte inmediato. Identificaremos aquí diez de esos retos. 

1. El movimiento debe combinar las grandes campañas -marchas, manifestaciones- con un trabajo local de carácter descentralizado. Las primeras contribuyen a fortalecer la imagen pública del 15-M, en tanto el segundo da sentido pleno a su presencia y amplía la base de apoyo. En la trastienda, l@s activistas del movimiento deben ser conscientes de que, aunque éste suscita una innegable simpatía entre la gente común, las más de las veces no provoca el acercamiento de esos simpatizantes declarados a asambleas y campañas. 

2. Es urgente ratificar la deriva ideológica registrada desde la primavera y, al respecto, y en particular, hay que mantener la radicalidad sin exclusiones. En la mayoría de los lugares -claro que hay excepciones- el movimiento ha dejado atrás las propuestas de cariz meramente ciudadanista, que invitaban a contestar algún aspecto preciso del orden que padecemos, para adentrarse en otra de naturaleza orgullosamente anticapitalista, en franca y global contestación de la miseria que se nos ofrece. Cada vez se hace más necesario ir más allá de la crítica de los síntomas externos de la enfermedad -la corrupción, la precariedad- para apuntar al núcleo de los problemas: el capitalismo como un todo. 

3. No pueden faltar los esfuerzos para conciliar las dos grandes posiciones que se hacen valer dentro del movimiento: si la primera aspira a formular propuestas que se espera sean atendidas por nuestros gobernantes, la segunda desea crear espacios de autonomía en los cuales, sin depender de nadie, procedamos a aplicar reglas del juego diferentes. Aunque esas dos posiciones arrastran raíces y métodos diferentes, tienen un largo camino común que recorrer. 

Importa mucho, de cualquier manera, que el 15-M no se vea absorbido por el dramático cortoplacismo que hoy en día lo marca casi todo. En sus iniciativas deben estar presentes, siempre, la lucha antipatriarcal, la contestación del productivismo y la solidaridad internacionalista. Lo anterior implica trascender la mera defensa de una instancia, el Estado del bienestar, que política, económica y ecológicamente es inseparable del orden capitalista y a menudo da la espalda a los derechos de los pueblos del Sur. 

4. Hay que t rabajar denodadamente por el asentamiento del movimiento en los lugares en los que hasta hoy no ha estado presente. En paralelo, hay que revisar lo hecho en aquellos otros en los que el 15-M no ha funcionado a plena satisfacción. Con respecto a estos últimos, y dejando de lado los problemas vinculados con los escenarios más singulares -a menudo marcados por unas u otras manifestaciones de la cuestión nacional-, sobran las razones para concluir que el 15-M no se ha movido con soltura en los espacios en los que con anterioridad había poderosas y activas redes sociales. En esos lugares no ha sido percibido como una genuina novedad, ha tenido que enfrentar a menudo incomprensiones y, en su caso, ha heredado viejas polémicas y confrontaciones. 

5. Conviene ahondar en la presencia del 15-M en las universidades. No se olvide que éstas, como tales, no se movilizaron en la primavera, aunque al cabo sí lo hicieran el otoño pasado. El impulso que las universidades pueden otorgarle al 15-M, y la imperiosa necesidad de dar réplica al plan de Bolonia y a la llamada Estrategia 2015, se antoja muy importante. 

Está pendiente de fraguarse, por otra parte, la incorporación de los adolescentes al movimiento. Aunque las protestas del profesorado de enseñanza secundaria algún efecto han tenido en este terreno, la presencia de adolescentes en el 15-M sigue siendo infelizmente escasa. 

6. Salta a la vista que una carencia mayor del movimiento es su precaria p enetración en el mundo del trabajo. No es difícil identificar la razón principal: la mayoría de los integrantes iniciales del 15-M eran jóvenes de clase media que, parados o precarios, se hallaban en incipiente proceso de desclasamiento. Aunque con posterioridad se han incorporado muchos trabajadores asalariados, en la mayoría abrumadora de los casos se trata de quincemayistas de fin de semana: no parece que hayan trasladado a sus centros de trabajo, en otras palabras, la contestación que nace del movimiento. Cabe situar dentro de la misma problemática, por cierto, la escasa incorporación de inmigrantes al 15-M. 

El movimiento está obligado a perfilar, por lo demás, cuál está llamada a ser su estrategia en este terreno, con dos principales opciones: trabajar en solitario -algo que se antoja complicado- o hacerlo de la mano del sindicalismo alternativo y resistente. 

7. Otra de las carencias visibles del 15-M es su escasa penetración en el m undo rural. Allí donde está presente lo es casi siempre a través de personas, comúnmente jóvenes, que han abandonado las ciudades y se han trasladado a vivir al campo. Esto aparte, resulta muy común que l@s activistas que viven en pueblos hayan renunciado a organizar el 15-M en éstos y se hayan sumado sin más a las asambleas de las capitales de provincia. Los problemas consiguientes son tanto más llamativos cuanto que la apuesta del movimiento por la vida local, la democracia directa y la autogestión tiene mucho que ver, por razones obvias, con el mundo rural. 

8. Hay un riesgo que el 15-M no corre: el de su desaparición de resultas de la eventual aceptación de algunas de sus demandas por parte de nuestros gobernantes. Es evidente que estos últimos van a ratificar e incrementar, antes bien, las agresiones contra derechos y libertades, algo que en buena ley debe hacer que un movimiento como el del 15 de mayo sea aún más necesario que en el pasado. Claro es que en este escenario el 15-M debe hacer frente con talento e imaginación a los imprevistos. No olvidemos al respecto, y es un ejemplo entre otros, que en los primeros meses de historia del movimiento la represión sobre éste ejercida resultó ser paradójicamente beneficiosa. 

9. El movimiento debe estar atento a un imaginable abrazo del oso articulado orgánicamente por el Partido Socialista, ahora en la oposición en la mayoría de los lugares. El PSOE podría propiciar una masiva incorporación de militantes al 15-M en la perspectiva de utilizar éste como un ariete contra el Partido Popular. L@s activistas del movimiento deben estar atent@s a contrarrestar el inevitable efecto de descafeinamiento ideológico que se derivaría de lo anterior y a evitar los consiguientes equívocos: no tendría sentido que en adelante nos opongamos a los recortes de la mano de quienes, desde el gobierno, alentaron esos mismos recortes hace unos pocos meses. 

10. Al cabo el principal reto del movimiento del 15 de mayo es el que pasa por fundir dos realidades: la de los integrantes de las c lases medias que se hallan en activo proceso de desclasamiento, por un lado, y la de los trabajadores asalariados que, paralizados por los sindicatos mayoritarios, aún no se han movilizado para hacer frente a las agresiones que padecen. Esa fusión debe materializarse en un amplísimo movimiento que en todos los órdenes de la vida plantee el horizonte de la asamblea y de la autogestión para hacer frente -para dejar atrás- al capitalismo que padecemos, y para hacerlo, como ya señalamos con anterioridad, desde la perspectiva de la lucha antipatriarcal, de la contestación del productivismo y de la solidaridad con los pueblos del Sur.

Carlos Taibo
Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=145705&titular=los-retos-del-movimiento-del-15-de-mayo-

domingo, 4 de marzo de 2012

Si el Estado no puede garantizar el empleo, debe, al menos, garantizar una renta ciudadana

El Estado, salvo que sea autoritario y dueño de los medios de producción, no puede crear otro empleo que el funcionarial. Pero un Estado democrático realmente orientado al servicio de la ciudadanía tiene la potestad y el deber de garantizar, ante todo, la subsistencia de todos sus miembros. Un Gobierno que sólo se preocupa de garantizar los beneficios de la banca al tiempo que fomenta el desempleo facilitando el despido de los trabajadores no puede considerarse democrático. No sirve a la mayoría del pueblo, sino que se ha convertido en el Consejo de Administración del Gran Capital.

Dios ha condenado al hombre a ganar su pan con el sudor de la frente; pero no nos condenó a ser privados del trabajo del que depende nuestra subsistencia. Podemos, pues, invocando los derechos del hombre, invitar a la Filosofía y a la Civilización a no privarnos del recurso que Dios nos dejó a mal ir como castigo, y a que nos garanticen por lo menos el género de trabajo que más nos agrade como derecho”. Con estas palabras se refería Charles Fourier a la facultad de obtener el sustento directamente de los recursos que ofrece el medio natural:

El trabajo es un derecho acumulativo, resultante de los cuatro derechos cardinales: caza, pesca, cultivo y pasto, que tienden a garantizamos esa industria activa que nos rehúsa la civilización, o que sólo nos concede en condiciones irrisorias, como la del trabajo tributario, cuyo producto es para el amo y no para el obrero.

No tendremos la equivalencia de esos cuatro derechos cardinales, sino en un orden social en el cual el pobre pueda decir a sus compatriotas: He nacido en esta tierra; reclamo mi admisión en todos los trabajos y la garantía de gozar del fruto de mi labor; exijo el adelanto de los instrumentos necesarios para ejercer mi trabajo y la subsistencia en compensación del derecho al robo que me ha otorgado la naturaleza. Todo armónico tendrá, por arruinado que esté, el derecho de usar este lenguaje en su país natal, y su demanda será plenamente acogida.

Sólo a este precio la humanidad gozará verdaderamente de sus derechos; pero en el estado actual ¿no es un insulto al pobre asegurarle derechos a la soberanía, cuando sólo pide el derecho de trabajar para recreo y placer de los ociosos? (1)

En la actualidad, el derecho al trabajo está formalmente reconocido en el ordenamiento jurídico de la mayoría de los países democráticos. Por ejemplo, la Constitución italiana se abre declarando en su artículo 1º que “Italia es una República democrática fundada en el trabajo”; para establecer en el artículo 4º: “La República reconoce a todos los ciudadanos el derecho al trabajo y promueve las condiciones que hagan efectivo este derecho. Todo ciudadano tiene el deber de desarrollar, según la propia capacidad y la propia elección, una actividad o una función que contribuya al progreso material o espiritual de la sociedad”. (2)

En Alemania, la Ley Fundamental de Bonn de 23 de mayo de 1949, la Constitución promulgada en Alemania Occidental, dispone en su art. 12: “1. Todos los alemanes tendrán derecho a escoger libremente su profesión, su puesto de trabajo y su centro de formación, si bien el ejercicio de las profesiones podrá ser regulado por la ley o en virtud de una ley. 2. Nadie podrá ser compelido a realizar un trabajo determinado, salvo en el ámbito de un servicio público obligatorio (offentliche Dienstleistungspficht) de tipo convencional y general e igual para todos. 3. Sólo en virtud de sentencia judicial de privación de libertad serán lícitos los trabajos forzados (Zwangsarbeit)”.(3)

En esa línea, la Constitución española de 1978 dispone en su artículo 35: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”.

Salta a la vista la flagrante contradicción existente entre el derecho al trabajo, proclamado constitucionalmente en los tres países mencionados, y las elevadas tasas de desempleo que, declaradas o encubiertas, se registran en todos ellos. Lo que pone de manifiesto que se trata de un derecho carente de efectividad. La denegación de empleo por parte de una empresa no puede ser objeto de reclamación legal. Tampoco es posible acudir a un tribunal denunciando la falta de empleo en el mercado, ya que éste se rige por sus propias leyes de la oferta y la demanda.

Esa contradicción obedece a que hay determinados preceptos constitucionales que sólo son invocables ante los tribunales a través de las normas que los desarrollen. Esta es la gran discriminación que el constitucionalismo liberal introduce entre los derechos políticos, que sí pueden ser alegados directamente y la mayoría de los derechos sociales, cuya mención constitucional es meramente programática. En consecuencia, el derecho al trabajo no puede ser alegado directamente ante un tribunal, sino a través de aquellas normas que hacen referencia a tal derecho. Es decir, si no hay una norma concreta que establezca un derecho de acceso universal al trabajo, la mención constitucional de por sí no es efectiva ante los tribunales.

Esta realidad jurídica rompe por la cintura una de las principales objeciones a la Renta Básica de Ciudadanía: la que se apoya en la suposición de que un ingreso garantizado podría inducir a algunos individuos a conformarse con vivir con esta renta sin molestarse en trabajar. Lo que, aparentemente, violaría el principio de reciprocidad.

Bastante respetable en apariencia, el argumento pierde seriedad en el contexto en que se presenta, que no es otro que el de nuestras sociedades regidas por un derecho al trabajo no sustentado en pilares efectivos. La objeción de violar el principio de reciprocidad sería consistente si se predicase en una sociedad organizada bajo estrictos cánones de moral comunitarista, vg.: una horda de jíbaros de la cuenca del río Marañón, un poblado de agricultores autosuficientes o, ampliando al máximo la dimensión del modelo comunista, en la fenecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en la cual se garantizaba el empleo para todos los ciudadanos. El artículo 118 de la Constitución de 1936 no se limitaba a proclamar el tópico derecho al trabajo, sino que garantizaba el ejercicio del mismo:

Los ciudadanos de la URSS tienen derecho al trabajo, es decir, a obtener un trabajo garantizado y remunerado según su cantidad y calidad.

Garantizan el derecho a trabajo la organización socialista de la economía nacional, el crecimiento constante de las fuerzas productivas de la sociedad soviética, la eliminación de la posibilidad de crisis económicas y la supresión del paro forzoso. (4)

En octubre de 1977 fue promulgada y entró en vigor una nueva Constitución, en la que se daba por realizada y superada la etapa de la “dictadura del proletariado” en la URSS y se reafirmaba el papel dirigente máximo del PCUS en la sociedad soviética. El tratamiento dado al derecho al trabajo continuaba la misma línea, estableciendo en su artículo 40: “Los ciudadanos de la URSS tienen derecho al trabajo, es decir, a obtener un empleo garantizado, remunerado según su cantidad y calidad en cuantía no inferior al salario mínimo fijado por el Estado, incluyendo el derecho a elegir profesión, género de ocupación y trabajo de acuerdo con su vocación, aptitudes, preparación profesional y grado de instrucción y en consonancia con las demandas de la sociedad. Aseguran este derecho el sistema económico socialista, el crecimiento constante de las fuerzas productivas, la capacitación profesional gratuita, la elevación de la cualificación laboral y la enseñanza de nuevas especialidades, así como el desarrollo de los sistemas de orientación profesional y colocación”.

Tras la caída de la URSS, un único modelo económico rige a nivel planetario: el sistema capitalista, del que se señalan sus defectos, pero que casi todo el mundo acepta. Pues bien, bajo el capitalismo los ciudadanos no tienen garantizado el empleo. Como cualquier otra mercancía, el empleo es de propiedad privada y los propietarios del mismo sólo ponen esta mercancía en el mercado cuando les resulta rentable hacerlo. Por mucho que un individuo, compelido por la más perentoria necesidad de comer, se decida a vender su fuerza de trabajo y se ponga “en situación de demanda de empleo” no existe garantía alguna de que vaya a encontrar una oferta de empleo. Sobre todo, cuando no se está dispuesto a trabajar en condiciones de precariedad o salario tales que rebajan la dignidad humana hasta límites rayanos en la esclavitud.

Karl Marx ya se había dado cuenta de que, dentro del ordenamiento jurídico capitalista, el derecho al trabajo es un absoluto contrasentido. Así lo explica en La lucha de clases en Francia: “En el primer proyecto de Constitución, redactado antes de las jornadas de Junio, figuraba todavía el droit au travail, el derecho al trabajo, esta primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado. Ahora, se había convertido en el droit à l’assistance, en el derecho a la asistencia pública, y ¿qué Estado moderno no alimenta, en una forma u otra, a sus pobres? El derecho al trabajo es, en el sentido burgués, un contrasentido, un deseo piadoso y desdichado, pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente, la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas. Detrás del derecho al trabajo estaba la insurrección de Junio. La Asamblea Constituyente, que de hecho había colocado al proletariado hors la loi, fuera de la ley, tenía, por principio, que excluir esta fórmula suya de la Constitución, ley de leyes; tenía que poner su anatema sobre el derecho al trabajo”.(5)

Paul Lafargue (1842-1911), yerno de Marx, fue todavía más lejos al defender que la revolución que pretende la clase obrera no debiera verse limitada en sus objetivos por la única aspiración de cambiar de manos la propiedad de los medios de producción, sino por la de trabajar menos. En el breve y famoso opúsculo El derecho a la pereza, Lafargue critica con dureza esa extraña pasión que invade a las clases obreras de los países donde reina la civilización capitalista: “Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su progenitura. En vez de reaccionar contra esa aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas, han sacrosantificado el trabajo”. Considerando que el movimiento obrero “traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo” les alienta a pisotear los valores de una moral esclavista y poner fin a largas y agotadoras jornadas de trabajo:

Es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral [...] que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del Hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se empeñe en no trabajar más de tres horas diarias, holgando y gozando el resto del día y de la noche.

El derecho a no vivir embrutecido y dominado por el trabajo, sino disponiendo del suficiente tiempo libre y los medios para encauzarlo hacia la acción creativa y liberadora, puede ser defendido con tanta moderación con firmeza. En Los caminos de la libertad, un libro que Bertrand Russell termina de escribir en abril de 1918, pocos días antes de ser encarcelado por su actividad política, podemos leer un avance de la que será una de las más firmes convicciones que mantuvo a lo largo de su vida:

Si la civilización y el progreso tienen que ser compatibles con la igualdad, es preciso que esta igualdad no necesite de largas horas de duro trabajo para las pocas necesidades de la vida, pues donde no hay horas libres, el arte y la ciencia mueren y todo el progreso se hace imposible
.
Notas:
(1) Fourier Charles: El Falansterio, Cap. X.
(2) Constitución Italiana
(3) El legislador utilizó la expresión Ley Fundamental (Grundgesetz) en vez de Constitución, por el deseo de marcar el texto con cierto carácter de provisionalidad, contando con que parte de Alemania había quedado separada por el Telón de Acero, y por tanto, una porción de la nación no quedaba sometida a la norma suprema.
(4) Constitución Soviética en http://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/constitucion1936.htm
(5) Marx, Karl: “La lucha de clases en Francia”, Obras escogidas de Marx y Engels, Fundamentos, Madrid, 1975, vol. I, pp. 169-70.

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid
Attac España

La era del delirio

"Hoy, los españoles ya no somos mercado sino que nos postulan como alternativa a lo que ya no son los chinos: mano de obra barata".

¿Recordáis que el ministro Solchaga explicaba al mundo “lo mucho que a los españoles les gusta consumir”? Esto pasaba a finales de los ochenta: aquella sociedad de pobretones, de quiero y no puedo, se transformaba en mercado. Así se pactó nuestra integración en Europa. Nuestro destino parecía sellado: democracia y mercado, sinónimos. Tras el milagro español la Europa de los 27 se convertiría, sacando pecho, en el mayor mercado del planeta. Y allí estábamos, satisfechos. Hay que hacer memoria.

El enorme mercado europeo ayudó a sacar a los chinos y a otros de la miseria: Europa exportó desarrollo, dio trabajo y consumió productos (baratos) de la otra punta del mundo. Esto sucedía en la economía real y, obviamente, era la parte aparentemente buena de lo que acabó llamándose globalización.

En paralelo se producía otra globalización: en 1997 las transacciones financieras ya superaban 15 veces las de la economía productiva. Hoy las transacciones financieras equivalen a 70 veces la economía real (datos de Le Monde Diplomatique, Francia, febrero 2012). La globalización de lo real se diluía en la vorágine del dinero futurible. El cuento de la lechera se hacía realidad. Era el triunfo de la cultura del beneficio económico sin fin: las novísimas tecnologías, pura magia, multiplicaban el dinero virtual y lo transformaban en poder real. Desde hacía 30 años crecía imparable una cultura hegemónica y contagiosa: ¿cómo no querer ser rico? ¿No lo dejó claro Margaret Thatcher al señalar, con su capitalismo popular, que "sólo son pobres los que quieren serlo"?

Con la excusa de la democracia y del crecimiento (el progreso se medía cuantitativamente, en negocios financieros) esta cultura de fantasía transformó (realmente) la realidad y la vida de todos. El dinero que otorgaba pizcas de libertad pasó a ser pura obligación: quiero más, cada día más. Tan brillante idea acaparó la creatividad contemporánea, conformando un pensamiento hegemónico: el verdadero artista era un genio de los negocios, veía negocios en todas partes, los individuos eran, en sí mismos, oportunidades de negocio. El business ¿no estaba claro? es tan neutral como Dios.

¿Arte? no lo era si no producía rentas. ¿Libros? su valor estaba en cuántos se vendían. El arte se expresaba en audiencias, mercados, beneficios, cifras, derroche. Los grandes creadores se dedicaban al marketing, a estrategias para venderseganar. ¿Relaciones humanas? puro comercio, como cualquier mafia. Fabulosas escuelas se dedicaron a producir artistas de los negocios, enseñando lo útil que es "ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes". ¿Era compatible este pensamiento homogéneo con la pluralidad de la sociedad? Naturalmente, decían los maestros: ahí estaban las oportunidades, cualquier cosa podía ser negocio. Crear riqueza era una obra social: la gente ha nacido para consumir. Ante tal evidencia, pareció normal que incluso la socialdemocracia europea quedara prendada.

Era una pirueta fabulosa, cultura de fantasía, un proceso delirante: donde esté el business y su eficacia que se quite todo lo demás. De vocación homogénea y fortaleza imbatible, se logró que la economía controlara la democracia, la política, y se declaró la guerra al pensamiento crítico allá donde todavía existiera, para que el exotismo de lo público (sanidad y educación, el mismo Estado) se rindiera a la cultura del business global.
Europa, reticente al delirio, era un objetivo fascinante, reto difícil. Había que abordarlo con sutileza envolvente, deslumbrando, atando corto y en espera del momento adecuado, ese de los líderes débiles con ideas confusas. Ignorando las trampas, los avisos reiterados de que lo real y lo fantástico tienen poco que ver cuando se trata de que la gente coma cada día, unos líderes europeos no muy listos se entregaron a la glamurosa causa. Así, el dinero público procedente de la economía real se desvaneció en la nube voraz del gran casino financiero. Y ya se sabe la continuación: "todos somos culpables de la crisis económica", "hay que despedir para crear empleo", "cobrar menos y consumir más". El siguiente paso es fácil de adivinar: "la enorme bolsa de parados es la culpable del fracaso del Estado de bienestar". Nacen los artistas de los recortes. Y así parece que hoy, los españoles ya no somos mercado sino que nos postulan como alternativa a lo que ya no son los chinos: mano de obra barata. ¿No es este el ultrarrealismo que acaba de descubrir nuestro Gobierno de la mano de la señora Merkel? Si el sueño del consumo y los mercados europeos se ha terminado ¿adónde nos llevan?

¿Dónde acaba la fantasía y comienza la realidad? Algunos dicen que la fantasía era cosa de la izquierda, otros se burlan de los intelectuales melancólicos, pero los hechos estaban y están en otro sitio. Basta con observar, ahora mismo, donde está el sufrimiento para saber qué sucede en la realidad. Los delirios de la contrarreforma antidemocrática y su cultura están bien a la vista. Sobran ejemplos.

Margarita Rivière es periodista y escritora.
El País

 

Crónica alegórica de la crisis. "Prohibir paraguas"

El comité de sabios de la UTE Europa S.A. había decidido tomar medidas. La situación económica y política roía los cimientos de la propia Unión Temporal, otrora tan deseada. Los niveles de hartazgo ciudadano amenazaban con algaradas en las calles y con la ruptura de las urnas.

“Lo primero es sustituir las urnas de cristal por otras más resistentes de metacrilato”, propuso el asesor primero. “Sin duda lo prioritario es dotar con nuevos uniformes a la policía y ampliar el perímetro de las cárceles, adelantándonos a las necesidades de acomodo”, dijo un segundo asesor.

“Señores, tenemos que ir al fondo del asunto”, se despeinó visiblemente irritado el primer ministro. “Necesitamos sensatez, concreción y creatividad. Nos jugamos el futuro. Que hablen los expertos”.

Entonces se escuchó al consultor de la Fundación Fedesa, quien, ante un power point con las propuestas patrocinadas por el consejo de administración, ya mil veces reduplicadas en las páginas color salmón de los periódicos más prestigiosos, y voceadas en encuentros, ponencias y jornadas a lo largo y ancho del mundo mundial, dictaminó:

“Dado que la caja de la seguridad social ha sufrido una merma producto del desempleo y del descenso de las cotizaciones, debemos seguir haciéndola depender en exclusiva de esta vía, en lugar de abrirla a otras fuentes de financiación vía presupuestaria”, empezó.

“Y como el paro no amaina y cada día se contabilizan nuevos parados, reformemos el mercado laboral para que despedir sea todavía más fácil, rápido y barato, sin intermediación administrativa”.

“Y como el desempleo se ceba entre los jóvenes, ampliemos, pues, la edad de jubilación”.

“Y como aún hay trabajadores con empleo estable legislemos con justicia y equidad, para que sean muchos más los que disfruten de contratos basura”.

“Y como no hay consumo, reduzcamos los salarios”.

“Y como los bancos no conceden créditos a empresas y ciudadanos, vamos a regalarles dinero fresco (medio billón de euros la última vez) para que luego lo presten a elevado interés a los estados, o bien saneen sus cuentas”.

“Y para reactivar la economía, recortemos inversiones públicas y gasto social”.

“Y como el Estado necesita ingresos subamos impuestos a clases medias y bajas, pero no a las rentas del capital; mucho menos a las SICAV que tributan al uno por ciento”.

“Y como la economía es global, ¿para qué eliminar los paraísos fiscales o gravar las transacciones financieras?”.

“Y como persiste el fraude fiscal, persigamos a los parados que cobrando cuatrocientos euros por desempleo complementan en negro su subsidio. Pero permitamos que muchos profesionales liberales declaren ingresos mileuristas”.

“Y para apoyar a la familia, liberalicemos horarios comerciales y no ampliemos la baja maternal”.

“Y como hay abandono escolar no sustituyamos a los profesores cuando enferman o se jubilan”.

“Y para paliar la saturación de los hospitales no contratemos médicos ni enfermeras”.

“Y como hay padres que no pueden abonar los estudios universitarios de sus hijos hagamos depender las becas de los resultados académicos y no de los ingresos familiares”.

Y como la crisis era tan pertinaz como la sequía, acordaron prohibir los paraguas a ver si así llovía.

María Vacas Sentís
Rebelión

jueves, 1 de marzo de 2012

Sobre ranas y delfines

Existen dos historias sobre el comportamiento animal que pueden resultarnos muy sugerentes para aplicar al comportamiento humano en la situación política actual. Una de ellas es la parábola de la rana y el agua hirviendo, una historia, no sé cuánto de verdadera, que se utiliza en seminarios y cursos de autoestima. Relata que, si se echa una rana a una olla con agua hirviendo, ésta percibe la mortal temperatura, salta inmediatamente hacia afuera y consigue escapar de la olla sin quemarse. En cambio, si inicialmente en la olla ponemos agua a temperatura ambiente y echamos la rana, ésta se queda tan tranquila dentro del recipiente y, si comenzamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona bruscamente sino que se va acomodando a la nueva temperatura del agua hasta perder la conciencia y terminar muerta por el calor. Esta historia nos debería evocar la forma en que, desde el poder, logran que terminemos aceptando situaciones que deberían provocar nuestra sublevación mediante el método de ir poco a poco poniéndolas en práctica y de esta forma terminamos sufriéndolas gradualmente sin darnos cuenta de lo que nos están haciendo. Sin duda, las medidas económicas aprobadas en Europa contra los ciudadanos son un ejemplo claro. Basta recordar que hace unos años utilizábamos el término mileurista para referirnos al joven que se encontraba con un contrato de trabajo malamente remunerado y hoy cuántos quisieran encontrar una oferta así.

La otra historia es del sacerdote polaco Benedykt Chimielowski, quien vivió en el siglo XVIII. Está recogida en su enciclopedia sobre Polonia, titulada La nueva Atenas, de la siguiente forma: “El delfín, cuando quiere dormir, flota en la superficie del agua; una vez dormido, empieza a caer suavemente hasta el fondo del mar, donde se despierta al sentir del el golpe de su propio cuerpo contra las rocas; cuando esto se produce, vuelve a subir a la superficie del agua; una vez allí, vuelve a dormirse para emprender de nuevo su descenso hasta el fondo, donde volverá a despertar, y así, flotando de arriba abajo y de abajo arriba, descansa en continuo movimiento”. Se me ocurre que esta actitud del delfín es la que han adoptado muchas organizaciones políticas y sindicales de la izquierda que, literalmente, se han dormido yendo a parar a lo más profundo del panorama social. Por supuesto también ha sucedido con gran parte de la ciudadanía que, bien como la rana que no se daba cuenta que se abrasaba, o como el delfín que se hundía, ha alcanzado, como diría Groucho Marx, las más altas cotas de miseria.

Solo nos resta esperar que nuestra situación se parezca más a la del delfín que a la de la rana y que aún estemos a tiempo de reaccionar para salir a flote.

Pascual Serrano
Mundo Obrero

Pascual Serrano es periodista. Su último libro es "Contra la neutralidad. Tras los pasos de John Reed, Ryzard Kapuścińsky, Edgar Snow, Rodolfo Walsh y Robert Capa" . Editorial Península. Barcelona