domingo, 5 de febrero de 2012

El invierno del miedo

Entre los años 1978-1979 Gran Bretaña vivió el invierno del descontento. El paro había subido a la entonces astronómica y desconocida cifra de 1,6 millones de personas. El laborista James Callaghan, sucesor del mítico Harold Wilson, no supo medir la magnitud de lo que se venía encima y la prensa se burló de él titulando ¿Crisis, qué crisis? una de sus declaraciones en la que quitaba importancia a las dificultades de la gente. Los sindicatos convocaron una serie de huelgas que finalizaron con la convocatoria de elecciones generales que ganó una conservadora radical como Margaret Thatcher, bajo el principio del rigor económico y dirigentes fuertes, seguros de sí mismos.

Si hacemos una analogía con la España del presente, aquí ya se habría producido el cambio político con la victoria arrolladora del Partido Popular (PP) el pasado mes de noviembre. Cuando los ciudadanos españoles conocieron el pasado viernes, aterrados, las catastróficas cifras de desempleo que deja como herencia la Administración socialista, miraron a su Gobierno para que les diera una cierta esperanza, algo de sosiego, para conocer tal vez un plan de choque extraordinario contra la tasa de paro insoportable, pero solo se encontraron con una respuesta automática de la vicepresidenta (el presidente no consideró oportuno comparecer en ese momento ante cifras tan dramáticas y generadoras de alarma social): las reformas son la respuesta.

Pero algunas de esas reformas van en la dirección contraria a crear puestos de trabajo a corto plazo. Es más, los destruirán masiva y rápidamente, como muestra lo ocurrido en los últimos meses en las Administraciones públicas. A largo plazo todos muertos, decía Keynes. ¿Por qué se toman esas medidas, esas reformas, si adquieren el rumbo opuesto al sentido común y desgastarán políticamente a quien las protagonice? Porque son una exigencia de Bruselas, el FMI, el Banco Central Europeo, y un compromiso de nuestros gobernantes con esas instituciones.

Ello plantea, de nuevo, el tradicional equilibrio entre democracia y mercados, o entre democracia y capitalismo, como se conocía hasta ahora. En 2012 se cumplen 70 años de la publicación de un libro seminal para la teoría política y la teoría económica: Capitalismo, socialismo y democracia, del austriaco Joseph Schumpeter, uno de los economistas más influyentes de la anterior centuria. El texto contiene básicamente tres ideas fuerza: si podrá sobrevivir el capitalismo, si habrá de funcionar su antagonista, el socialismo, y cómo serán las relaciones entre el capitalismo y la democracia, que es la que aquí nos interesa. Desde que se asentó la globalización se han medido dos tesis antagónicas: la mayoritaria, que plantea la complementariedad entre ambos conceptos, que se reforzarían mutuamente, y otra, hasta hace poco muy minoritaria, que opinaba que la extensión de la esfera del mercado conllevaba una limitación de la democracia. El aumento de las dificultades económicas, el hecho de que en ningún otro momento de la historia contemporánea excepto en la Gran Depresión, hayan sido tan grandes las disfunciones de la economía en términos de desempleo, exclusión, desigualdad, extensión de la pobreza en el seno de las sociedades ricas, dificultades en la lucha contra el cambio climático, etcétera, no puede dejar indiferentes a los demócratas.

Este dúo, democracia y mercado, ha entrado en dificultades mayores con la Gran Recesión. La economía y la política se confrontan en una tensión entre dos principios, el individualismo y la desigualdad por una parte, y el espacio público y la tendencia a la igualdad por la otra, lo que obliga a la búsqueda permanente de un compromiso entre ellos. Aunque la jerarquía de valores exija que en última instancia el principio económico esté subordinado a la democracia, y no al revés. Esto es lo que se ha desequilibrado en las últimas décadas y lo que explica que se haya producido un “retroceso pacífico” de la democracia a favor de los mercados, en palabras del economista francés Jean-Paul Fitoussi (La democracia y el mercado, Paidós).

La democracia, al impedir la exclusión de los ciudadanos por parte del mercado, aumentaba la legitimidad del sistema económico, mientras que el mercado, al paliar la influencia de lo público sobre la vida de la gente, permitía una mayor adhesión a la democracia. Cada uno de los principios que regía las esferas política y económica encontraba su limitación en el otro. ¿Desde cuándo ello no es así? La gente expresa mayoritariamente su opinión, en cualquier encuesta, de que ya no son la política y el derecho sino los mercados quienes gobiernan la sociedad. Las sensaciones de incertidumbre, inseguridad y miedo prevalecen en los interrogados. La autonomía de la economía y las coerciones que la misma impone a las decisiones políticas reducen el campo de la seguridad colectiva que representa la democracia.

Se habla de “impotencia de la política” ya que los cambios (recortes) en el Estado de bienestar, en los sistemas de protección, en las políticas sociales, no proceden de las decisiones tomadas por los representantes del pueblo sino de la coerción exógena que se impone a la democracia. Fitoussi ha hecho pública una alegoría en la que los ganadores de la globalización y de la crisis dicen a los perdedores de las mismas: “Lamentamos sinceramente el destino que habéis tenido, pero las leyes de la economía son despiadadas y es preciso que os adaptéis a ellas reduciendo las protecciones que aún tenéis. Si os queréis enriquecer debéis aceptar previamente una mayor precariedad. Este es el contrato social del futuro, el que os hará encontrar el camino del dinamismo”. Al tiempo, esos ganadores ya no quieren participar en el sistema de protección social ni, en general, en la financiación de los gastos públicos pagando más impuestos (los del capital son sensiblemente inferiores a los que gravan las rentas del trabajo). Lo que este periodo ofrece, como antaño la belle epoque, es el baile de los perdedores y los ganadores, donde a veces las ganancias de estos últimos son tan grandes que se vuelven imaginarias, más del orden del concepto que de la realidad. ¿Cómo entender que la fortuna de un puñado de privilegiados sobrepase la renta de países poblados por decenas de millones de habitantes?

Esta ruptura del anterior contrato social es lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck denomina “estado de excepción económica”, o lo que alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como el economista jefe del FMI durante los años de arranque de la Gran Recesión, Simon Johnson, califica como “golpe de Estado silencioso”. En los últimos tiempos, uno de los economistas más en forma intelectual, el catedrático de Economía Política de Harvard Dani Rodrik, que ha venido estudiando las relaciones entre la democracia y el futuro de la economía, ha desarrollado (La paradoja de la globalización, Antoni Bosch editor) lo que denomina “el trilema político de la economía mundial”, que afirma que las sociedades no pueden disfrutar simultáneamente de mercados completamente integrados internacionalmente (la globalización), un Gobierno democrático (entendido como aquel en el que las decisiones políticas relevantes han de gozar de un apoyo social mayoritario), y que estas decisiones se tomen en el marco de una estructura política nacional (el Estado nación). Y hay que elegir. En el fondo, lo que está en juego es si se permite que una democracia determine sus propias reglas y pueda cometer sus propios errores, y no solo de escoger entre la cola-cola y la pepsi-cola.

La globalización realmente existente está chocando con la democracia por la sencilla razón de que lo que busca no es mejorar el funcionamiento de esta última sino ponérselo fácil a los intereses comerciales y financieros que buscan acceder a los mercados a bajo coste. Por la contradicción generada, el consenso intelectual que era el fundamento del modelo actual de globalización ha empezado a evaporarse. Con cuatro años y medio de profundas dificultades económicas, la seguridad de quienes animaban a la globalización de los mercados y de las finanzas ha desaparecido y ha sido sustituida por dudas, preguntas, un elevado escepticismo y el miedo a que nuestros representantes políticos no puedan arreglar los problemas comunes porque los centros en los que se decide la vida cotidiana de los ciudadanos cada vez están más alejados de los Parlamentos y de los lugares propios de la democracia, tal como la conocemos.

Joaquín Estefanía es autor del libro La economía del miedo.
El País

El canon económico de la vida

Todo el mundo está obsesionado con el crecimiento, pero bien mirado, en un organismo maduro todo crecimiento se corresponde en esencia con un tumor". Esto lo dice Walter, uno de los personajes de Libertad, la fabulosa novela de Jonathan Franzen que ha sido saludada por la crítica estadounidense, y por buena parte de la española, como la novela más importante del año pasado. Walter explica a la familia de su novia, en una bochornosa escena que se desarrolla en un restaurante de Manhattan, en los años setenta, los pormenores del informe Los límites del crecimiento, que promovía entonces el Club de Roma.

La escena resulta bochornosa porque a nadie le interesa lo que ese joven intelectual, preocupado por el destino del planeta, se empeña en contar; la familia de su novia está más bien por beber vino y repetirse los chistes verdes de costumbre y la cuñada, después de la esforzada intervención de Walter, pregunta: el Club de Roma. ¿Eso es como un Club Playboy italiano?

La obsesión por el crecimiento, sobre la que sin ningún éxito ensaya Walter en esa cena de novela, y sobre todo el cuestionamiento de si todo lo que crece va necesariamente a mejor, viene muy a cuento en estos tiempos en los que el ciudadano común vive expandiéndose, cada vez con más frenesí, en ese territorio fragmentado, vasto y resbaladizo, que son las pantallas electrónicas. Como si todos estuviéramos capacitados para ello, nos entregamos a la multiplicación de las tareas que nos ofrece toda la gama existente de instrumentos electrónicos, y a ir consumiendo la información multiplicada, multifragmentada, que estos nos brindan, como si eso fuera, en efecto, una manera de crecer y de expandirse.

Un reciente estudio publicado por la Universidad de Stanford, nos cuenta que los estudiantes multitarea, esos que hacen los deberes mientras envían e-mails, o SMS o revisan su timeline en Twitter, "reducen su capacidad y efectividad, pierden concentración y tiempo, y terminan haciendo distintas cosas a medias". Además de que tienen dificultades para distinguir la información relevante de la que no lo es.

Vamos a obviar la parte en que esa obsesión colectiva por el crecimiento y la expansión desemboca en la virulenta crisis económica que ahora nos carcome, sin olvidar la exagerada atención que últimamente, y llevado de la mano por los medios de comunicación, está obligado a poner el ciudadano común en el crecimiento de la economía de su país. Los indicadores de este fenómeno se han convertido en el nuevo barómetro: cuando hay crecimiento económico del país, la gente sale contenta como si le hubieran pronosticado un día de sol, y cuando no lo hay parece que el hombre del tiempo hubiera pronosticado una borrasca. Desde la suspicacia podríamos pensar en lo mucho que conviene a los Estados tener en vilo al ciudadano con las noticias sobre el crecimiento o decrecimiento de la economía; el estrés que generan termina facilitando la implantación de medidas correctivas, de recortes, despidos e impuestos que la población, debidamente amedrentada, aceptará sin rechistar.

Las noticias sobre el pulso diario de la economía no solo han venido a amargarnos la existencia, también han consolidado esa idea de que lo que crece está bien, muy vivo y con mucho futuro, y en cambio lo que no crece adolece de algo, está enfermo y con un pie fuera de este mundo. Este planteamiento puede ser cierto pero no siempre ni en cualquier circunstancia, porque en un organismo ya crecido el crecimiento significa, como bien apunta Walter en la novela de Franzen, un elemento que perturba la vida en lugar de hacerla más rica.
Veamos lo que sucede en el ámbito cotidiano y doméstico, con ese crecimiento a partir de la multiplicación de una serie de actividades que hasta hace muy poco no existían: hoy una persona normal puede ir conduciendo su coche, con la radio de fondo, mientras habla por teléfono con el manos libres y, con la mano izquierda, vigilando con el ojo derecho que no lo mire un policía, escribiendo un tuit. La multiplicación de estos actos aparentemente mínimos afecta todos los estratos de la vida. Los niños, que ya han nacido con el chip de la multitarea, hablan entre ellos mientras juegan al FIFA en la PSP y simultáneamente ríen los gracejos de Bob Esponja en la televisión.

Por ejemplo, una actividad tan simple como oír música, que antes consistía en poner un disco, servirse un trago y sentarse en un sillón a escuchar, hoy ha sido arrollada por la multitarea, todos la oímos enchufados a unos audífonos mientras nos desplazamos de un lado a otro ejecutando otras actividades. La música ha dejado de ocupar la parte central, ahora es un fondo, un ambiente, un elemento más del paisaje frenético que nos rodea.

Practicando la multitarea se tiene la impresión de estar haciendo muchas cosas cuando, en realidad, se hacen muchos fragmentos de cosas, y en este frenesí de la expansión, nos encontramos con casos como el del blog: hasta hace muy poco, para publicar una idea por escrito, primero había que escribirla y después buscar un espacio donde publicarla. Hoy este orden ha sido subvertido, lo primero que se consigue es un espacio para publicar, y después se escribe lo que se puede, si es que se puede, para rellenar ese espacio. Cualquiera posee el instrumental para hacer público un texto, una idea, un ensayo, un cuento o una novela, el paradigmático know how está al alcance de todos, aunque este con frecuencia se vea anulado por el nothing to say.

El crecimiento, la expansión, el ejecutar tareas múltiples por la simple razón de que puedo hacerlas, mirados con un poco de distancia, son pulsiones que tienen que ver con la ambición, con la desmesura y la soberbia, con la vieja hýbris griega. El frenesí por el crecimiento y la expansión conecta, por lo que tiene de inmodestia y de supuesta rentabilidad, con la obsesión por la vida saludable, con la educación de los hijos en jornadas histéricas llenas de cursillos para que sean mejores, más crecidos y expandidos que los demás, o con la fatigosa corrección política, esa inmodesta pretensión de gustarle a todos, que en algún caso termina promoviendo, igual que estas otras ambiciones, el crecimiento, el beneficio, el rendimiento, el dividendo, la utilidad, el rédito, los intereses y las ganancias, es decir, el canon económico de la vida, que es el punto al que quería llegar.

Se impone pensar al margen de este sistema que lo envuelve todo las 24 horas del día y que nos invita ininterrumpidamente a tener más; hay que bajarse un momento de este viaje frenético y preguntarse, ¿necesito tantos aparatos?, ¿me hace falta tanta información?, ¿para qué sirve acumular tanta salud?, ¿no será que tanto cursillo no deja ser niños a los niños?, ¿será que tanta expansión, que esta apasionada multitarea, es más que crecer un proceso tumoral que me está conduciendo a la superficialidad, a la frivolidad, a la realidad alternativa y a la distopía?

Esto no es un alegato contra la tecnología, ni un suspiro nostálgico por ese mundo sin pantallas ni enchufes que se nos ha ido para siempre. Todo tiempo pasado, sin duda, ha sido peor. Sin embargo, habría que vigilar ese canon que nos ha impuesto la violenta irrupción de la economía en la cotidianidad. Hace una década ¿a quién le importaban las páginas de economía de los periódicos?, ¿o la sección de economía de los noticiarios? Le importaban a los economistas, a los banqueros y a los empresarios; no a los carniceros, ni a las porteras, ni a los novelistas, como nos importan ahora. Hay que hacer un alto, poner a raya la multitarea, privilegiar el pensamiento, hacer un esfuerzo por concentrarse en una sola cosa, hacer actividades que no representen ninguna ganancia, ya no expandirse ni crecer y quitarle a la vida esa nueva connotación dineraria que nos impele todo el tiempo a crecer y a multiplicarnos. Hay que parar de vez en cuando las máquinas, sentarse a no hacer nada y desde ahí pensar, sin pantallas alrededor, qué hacemos con la vida y con la crisis. Hay que generar ese espacio de silencio, de disponibilidad frente a la existencia, que más pronto que tarde será llenado por una idea genial.

Jordi Soler es escritor. Sus últimos libros son Diles que son cadáveres y Dalí y la más inquietante de las chichas yeyé (ambos en Mondadori).
El País

15 M. Contra el pesimismo

Si de siempre hemos tenido problemas a la hora de evaluar lo que ocurre con nuestros movimientos sociales, a duras penas esos problemas podrían faltar en el caso del 15-M. Por momentos parece que se ha extendido un pesimismo sin límites que no aprecia en ese movimiento otra cosa que un permanente declive. En la gestación de ese estado de ánimo se dan cita, por una parte, los pesimistas ‘internos’ –aquellos que no aprecian sino rasgos negativos en el movimiento— y, por el otro, los ecos del discurso de los medios de incomunicación del sistema. 

A esos medios que acabo de mencionar sólo les interesa el 15-M cuando hay algo gordo de por medio. Le prestan atención, las más de las veces amañada, a alguna manifestación de la represión policial y procuran acompañar, por citar otro ejemplo, macromanifestaciones como las registradas el 19 de junio o el 15 de octubre del año pasado. Nada quieren saber, en cambio, del terreno en el que en los hechos se dirimen la realidad y el futuro del 15-M: el del trabajo cotidiano, a menudo sórdido y poco vistoso, de un movimiento que permanece vivo y activo. Y es que cuando se asume esa tarea que los medios prefieren esquivar la imagen del 15-M no invita precisamente al pesimismo. El movimiento está ahí, su presencia y sus iniciativas son constantes, no ha perdido un ápice de radicalidad contestataria y sigue dejando bien a las claras que algo ha cambiado, y para bien, en la cabeza de mucha gente. 

Nada de lo anterior significa, claro, que falten los problemas. Al margen de reyertas internas que siempre están ahí, me permito identificar uno de esos problemas, que guarda una relación estrecha –dicho sea de paso—con los criterios de evaluación de lo que ocurre con el movimiento: aunque muchas gentes dicen simpatizar con este último, lo común es que no den el paso de sumarse a asambleas, campañas e iniciativas. Aun con ello, lo suyo es subrayar que el panorama es claramente preferible al que se hacía valer el 14 de mayo del año pasado. Si bien es verdad que la presencia en las asambleas de barrio ha menguado sensiblemente, no lo es menos que, pese a ello, hoy –y me remito al ejemplo, afortunadamente generalizable, de Madrid—disponemos de una tupida red de organizaciones locales del 15-M que le siguen dando un aire distinto a una ciudad tradicionalmente adormecida en el terreno social y reivindicativo. 

Me permito agregar dos comentarios sobre materias afines. El primero lo es sobre algo que escucho con frecuencia en las asambleas del 15-M, o en sus aledaños: la idea de que hay que pujar por convertir el movimiento en un partido político. Me parece que en muchos surge de la intuición, poco fundamentada, de que la aparente crisis del movimiento –ya he señalado que a mi entender no hay tal— exigiría medidas eficacistas como la encaminada a dotarlo de una estructura convencional. Aunque no dudo de la buena intención de quienes preconizan eso, creo firmemente que semejante perspectiva sería el final del 15-M, una traición a buena parte de las razones que justifican su existencia y un procedimiento de integración rápida en el sistema. Hace unos meses una colega me preguntó si pensaba que existía algún riesgo de ilegalización del movimiento. Le respondí que era imposible legalizar lo que, por fortuna, no es legal en su orgullosa reivindicación de la asamblea, de la autogestión y de la ausencia de representaciones y liderazgos. 

Mi segundo comentario no tiene, pese a las apariencias, ninguna dimensión de frivolidad. Las condiciones climatológicas de estas horas –subrayémoslo cuantas veces sea preciso— no son lo mejor para la biología de un movimiento que nació, en la primavera, ocupando plazas y avenidas. El hecho de que el 15-M haya tenido que recogerse, en muchos casos, en lugares cerrados dibuja un escenario hostil que a buen seguro en algo alimenta las versiones pesimistas de los hechos a las que me he referido al principio. Tengo la firme certeza de que, incluso para los más recalcitrantes, la fortaleza y la presencia del movimiento se harán evidentes en unas semanas. Nada es más necesario habida cuenta de lo que se nos echa encima. 

Carlos Taibo
Rebelión

sábado, 4 de febrero de 2012

El cambio de sistema que vivimos

Presentación del seminario de ATTAC Sevilla.  30.01.12

Cuando nos llega los ecos de la reciente cumbre de Davos (Suiza), donde se han preguntado si el sistema capitalista tiene futuro, y del Foro Social Mundial reunido en Porto Alegre (Brasil) centrado en la defensa de la Madre Tierra y la preparación de la cumbre de Río + 20 el próximo mes de junio, y mientras en Bruselas se reúnen los Jefes de Estado de la UE para enfrentarse por enésima vez a la crisis del euro, en medio de una Huelga General en Bélgica, ATTAC Sevilla imparte el II Seminario de la Escuela de formación para la ciudadanía y los movimientos sociales con el título “Instrumentos financieros para salir de la crisis” el 30 de enero de 2012. 

Este Seminario previsto para cinco horas de duración (16,00 a 21,00h.) comienza con un diagnóstico de las contradicciones del propio sistema desde lo global hasta lo local; desde la base material a la ideológica; viendo sus aspectos económicos, sociales y políticos como dimensiones de una única realidad, y esta en su propio proceso de cambio, en su perspectiva histórica, con objeto de visualizar nuestras soluciones a sus crisis, los instrumentos financieros para salir de la crisis, pensando y actuando local y globalmente.

Vivimos la crisis sistémica y civilizatoria del sistema capitalista, cuya superación nos exige cambiar los paradigmas del consumismo, modelo energético y deformación financiera de la economía que están poniendo en peligro la supervivencia de la Humanidad y de la Vida en nuestro sistema integrado de Vida que es Gaia. Las contradicciones del propio sistema han provocado, con la deslocalización industrial protagonizado por las transnacionales con objeto de aumentar sus tasas de ganancia, el surgimiento del BRICS: cinco países que pertenecen a continentes, razas, lenguas, y culturas diferentes, que son el 43% del total de la humanidad, y de los que depende hoy el funcionamiento de la economía en este sistema-mundo del capitalismo agonizante. BRICS que en su lucha para defender los intereses de sus propias oligarquías dominantes y a través de la coordinación y cooperación entre ellos, han roto el mecanismo del intercambio desigual, trasladando la crisis al centro de los propios países hegemónicos: EE UU, UE y Japón. La dinámica del propio proceso hace surgir desde el seno del propio sistema en crisis el nuevo tipo de Gobierno del mundo basado en la cooperación y la defensa del Bien Común de la Humanidad.

Consecuencia de este proceso contradictorio sufrimos una lucha por la hegemonía mundial entre todas las élites oligárquicas que se concreta en un intento de control de suministros básicos de materias primas y energéticas que vienen provocando guerras locales y amenaza con una cercana guerra mundial. La UE es la gran perdedora en este proceso por su falta de unidad social y política, estando abocada a renunciar a su esencia neoliberal o a desaparecer.

Nuestra solución, la única posible si queremos que haya futuro para la Humanidad, pasa por dar respuestas basadas en el sentido común y el retorno a valores éticos imposibles sin romper la lógica del sistema capitalista, por lo que la Humanidad progresará superándolo y dando a luz un nuevo sistema. Esta solución pivota sobre cuatro ejes: pasar de fuente de recursos a fuente de Vida en nuestra relación con la naturaleza; una economía por y para la Vida; generalización democrática en todos los aspectos y niveles sociales; y una nueva ética del Bien Común de la Humanidad, concretada en globalizar los derechos humanos y la igualdad social y de género, mediante el desarrollo de la interculturalidad.

La alternativa en beneficio de la Humanidad cambiará el sentido perverso de las dos lógicas básicas del actual sistema que hacen concentrarse los capitales en cada vez menos manos, provocando la desigualdad, la polarización social, las hambrunas y los grandes flujos migratorios; y la que divide, separa y enfrenta a cada pueblo contra todos los demás, provocando las guerras y genocidios. Un mundo que ha perdido el equilibrio entre lo económico, social y político al haberse mundializado el primero y haberse dejado en el ámbito de los Estados-nación lo social y lo político, tan sólo puede recuperar su equilibrio globalizando la dignidad humana y estableciendo un Gobierno mundial democrático, legítimo y transparente con competencia ante los problemas globales del cambio climático, desigualdad, migraciones y regulación del capital financiero internacional. El concepto jurídico de ciudadanía, el Poder soberano, surgido hace 236 años con la Declaración de Independencia de los EE UU, ha de globalizarse en “ciudadanía universal” donde toda persona tenga los mismos derechos y deberes independientemente de raza, color, cultura o lengua. Concepto jurídico que debe complementarse con el reconocimiento de los derechos jurídicos de la Madre Tierra, de la que surge la propia Humanidad y somos su parte consciente. Tan sólo así podremos desarrollar la conciencia de pertenecer a la gran familia de la Humanidad que habita un único mundo que debe gobernarse para el Bien Común de la Humanidad con unos principios éticos consensuados y compartidos universales. Necesitamos nuestros propios Padres Fundadores, que actúen como portavoces de la Humanidad como sujeto político del cambio, en base a su prestigio y autoridad ética y moral universal reconocida por su trayectoria vital, por su desinterés personal y la defensa de los seis elementos a través de los que hay que filtrar las decisiones: respeto medioambiental, igualdad, derechos humanos, economía por y para la Vida, interculturalidad y democracia participativa.

La actual crisis está siendo magnificada y artificialmente mantenida por las élites oligárquicas internacionales en sus enfrentamientos. Así no se ha avanzado nada en la regulación del sistema financiero internacional, en la eliminación de los paraísos fiscales, ni en la recuperación de la banca para la economía productiva. En España desde 2003 se denuncia por GESTHA el fraude fiscal, delito penalmente perseguible que los inspectores de hacienda cuantifican en 88.500 millones de euros al año, de los que el 73% corresponde a grandes empresas y patrimonios, y los coladeros fiscales, normas legales para que estos grandes patrimonios y empresas paguen cada vez menos, por los que se dejan de recaudar cada año decenas de miles de millones de euros. Sus crisis, que introducen diariamente en los hogares iniciando los telediarios, es utilizada para justificar los recortes económicos y sociales paralizando la reacción de la sociedad con la generalización e inoculación del miedo.

Los instrumentos financieros para salir de la crisis son las seis medidas adoptadas por los ATTAC Europeos los días 14 y 15 de enero en Barcelona para generalizar un discurso común en toda Europa:
  1. Prestamos directos del BCE a Gobiernos y control público del sector financiero
  2. Auditoria y cancelación de deudas ilegítimas y abominables
  3. Incremento coordinado de imposición fiscal sobre riqueza y beneficios empresariales, acabando con evasión fiscal
  4. Acabar con las políticas de austeridad
  5. Reinstaurar y ampliar los servicios públicos
  6. Políticas públicas de transición a la sostenibilidad del sistema creando empleo y ampliando derechos sociales a escala europea
Nos hace avanzar en la solución definitiva en el nuevo sistema que nace que debe basarse en un sistema financiero público, universal y con tipos de interés negativo, que garantice y sea coherente con los objetivos, motivaciones y valores de un sistema por y para las personas.

Hace algo más de doce mil años comenzó el amanecer de la humanidad con la agricultura y los primeros asentamientos, las primeras aldeas y ciudades. Desde entonces una humanidad dividida, enfrentada y dependiente de los recursos y condiciones de la naturaleza que no comprendía ha ido desarrollándose, poblando todos los rincones de nuestro planeta y progresando en conocimiento y civilización. El bienestar material de una parte de ella no ha sido acompañado por una ética y valores sociales acordes a ese progreso técnico. Ha llegado el momento del salto cualitativo. De vernos a nosotros mismos como Uno. Vivimos nuestro gran mediodía, el comienzo de la Historia de la Humanidad, con mayúsculas, cuando por primera vez nos hacemos responsables de decidir y construir nuestro propio futuro.

Fernando Moreno Bernal. Presidente ATTAC Andalucía

martes, 31 de enero de 2012

La dependencia europea de tierras ajenas

Un nuevo estudio desvela la magnitud de las necesidades europeas de tierras de otros países. Un estudio encargado por Amigos de la Tierra Europa al Sustainable Europe Research Institute (SERI) pone de manifiesto los intercambios virtuales de tierras en el mundo, es decir los intercambios relacionados únicamente con las tierras dedicadas al cultivo de productos de exportación. Por otra parte, la hoja de ruta “Por una Europa eficiente en la utilización de los recursos” de la Comisión Europea viene a comprometer a Europa en la medición y mejor administración de su consumo global de tierras (1). El informe traza las huellas ecológicas (2) globales en las tierras, vinculadas a la importación de productos agrícolas y forestales, del conjunto de países de la Unión europea y de otros países como los EE.UU., Australia, India y Brasil. Este estudio atestigua que el valor de esa huella es un buen indicador del grado de apropiación de recursos naturales. Pone en evidencia la magnitud del consumo europeo en la materia, como también su dependencia de otros países del mundo. Esta investigación nos demuestra que:

· Europa es el continente más dependiente de la “importación” de tierras.

· Seis de los diez países que más tierras importan son europeos: Alemania, Reino Unido, Italia, Francia, los Países Bajos y España. Alemania y el Reino Unido importan más de 80 millones de hectáreas por año.

· El consumo promedio europeo en tierras es de 1,3 Has por persona y en países como China e India el consumo es de solo 0,4 Has por persona.

· Alrededor de un 69% de las tierras utilizadas para responder a la demanda europea de productos agrícolas y forestales se halla ubicado fuera del continente.

· Se puede apostar a que la demanda europea ha crecido desde 2004, último año del que se disponen datos. Se puede apostar también a que seguirá aumentando, debido al crecimiento de la demanda europea de energías obtenidas de la biomasa y de los agrocombustibles.

1.- Introducción
Europa importa anualmente masivas cantidades de productos alimenticios y otros productos procedentes del resto del mundo. Es posible cuantificar las cantidades importadas pero, ¿con qué extensión de tierras se corresponden? ¿Qué superficies se destinan a la producción de estos alimentos y productos? El presente informe es un resumen de los aspectos más destacados de este nuevo estudio destinado a medir las huellas dejadas por Europa sobre las tierras de los demás países del mundo, para responder a las necesidades de productos agrícolas y forestales. La noción de huella ecológica en las tierras que se utilizan representa la cantidad de tierras que un país destina a su consumo doméstico y de las que toma “prestadas” a otros países de los que importa productos alimenticios o ropa una vez hecha la deducción de las que destina a productos de exportación.

La hoja de ruta “Por una Europa eficiente en la utilización de los recursos” de la Comisión europea ha precisado el deseo de que el consumo global de tierras europeas forme parte integrante de la tabla de indicadores destinados a medir el uso de los recursos de Europa, respondiendo así a una exigencia de amigos de la Tierra Europa y del SERI que habían instado a Europa a medir su huella en tierras, agua, carbón y materia primas (3).

El estudio muestra que los elevados niveles de consumo europeos y el apetito por productos como la carne, los lácteos, la madera y otros productos forestales, que requieren particularmente grandes superficies eleva a Europa al escalón más alto en términos de huellas territoriales.

La elección de producir para la exportación puede producir efectos benéficos en la economía nacional, pero puede ser también sinónimo de acaparamiento de tierras, de pérdida de la biodiversidad, de destrucción de los medios de vida de las poblaciones locales, de confiscación de los recursos naturales. Donde además las desigualdades de acceso a la tierra se traducen directamente en otras desigualdades tales como el acceso a la salud y a la calidad de vida. Estas desigualdades no podrán reducirse si no se ataca el consumo excesivo, con el riesgo de ver acrecentarse la presión sobre las tierras.

La huella en la tierra permite determinar precisamente cuál es la demanda global en tierras (superficies, usos) y puede utilizarse para identificar de qué forma Europa –u otras regiones ricas- puede reducir sus necesidades en tierras. Reducir la cantidad de tierras necesarias es la única manera de garantizar un mundo más equitativo y rico en biodiversidad. Este documento muestra los resultados más destacados para Europa.

2.- Cómo se calcula la huella ecológica en tierras
La metodología utilizada en este estudio para calcular la huella ecológica nacional en “tierras” se basa en una combinación de datos relativos a la afectación de tierras elaborados por la FAO y de datos que resultan de los intercambios comerciales de productos del Global Trade Analysis Project (GTAP). Solo se han considerado los datos relacionados con los productos alimenticios y los productos forestales. De modo que las tierras dedicadas a la producción minera o industrial no se han tenido en cuenta.

Esta metodología atribuye la superficie de tierras utilizadas para la producción de bienes para el país destinatario/consumidor final de dichos bienes. Tiene en cuenta las tierras que se pueden “incorporar” a los productos (como por ejemplo las tierras utilizadas para producir forraje destinado a la hacienda, destinada a su vez al consumo de carne). De este modo el sistema puede evidenciar las transferencias de producción a otras partes del mundo. Los cálculos se han realizado sobre 1997 y 2004, debido a que la GTAP no disponía de datos más recientes. Hay que destacar que la huella se puede calcular en cada producto en particular, pero ello supondría utilizar un método que identificase cuáles son las tierras que realmente se destinan a un producto determinado.

3. Resultados de la investigación
Algunos puntos clave:

3.1 Una alta demanda europea. Europa es la segunda región más consumidora de tierras. Los EE.UU. están en primer lugar con un consumo de 900 millones de hectáreas, seguidos por Europa con 640 millones de hectáreas. Esto significa que Europa utiliza el equivalente a 1,5 veces su propia superficie. A la UE le sigue China (500 millones de hectáreas) y luego Rusia y los países de la antigua URSS con 330 millones de hectáreas.

3.2 Los países europeos más dependientes de tierras importadas son Alemania y el Reino Unido. Cada uno importa alrededor de 80 millones de hectáreas, de las cuales un 10% procede de otros países de Europa y el 70% de países fuera de la UE. En ambos casos estas importaciones se vinculan a la producción de alimento para el ganado y por lo tanto al consumo de carne. Europa es el continente con mayor dependencia de tierras importadas con el objeto de satisfacer sus altos niveles de consumo. En el 2004, sobre una demanda de los 27, de 640 millones de hectáreas, 375 procedían de fuera de la UE. En otros términos el 58% de las tierras utilizadas para satisfacer las necesidades europeas proceden de tierras extra europeas, en su mayor parte de China, de la Federación Rusa, de Brasil y Argentina.

Evolución de la demanda en tierras. La demanda europea por persona aumentó entre 1997 y 2004. Los Países Bajos por ejemplo duplicaron su consumo de tierras en menos de diez años. Otros países como Finlandia, Luxemburgo e Irlanda han tenido también aumentos significativos de sus demandas por persona, los datos más recientes son de 2004, es decir antes del aumento de las importaciones de biocombustibles y de biomasa. Lo que hace presagiar un notable aumento de la huella europea en tierras.

4. Conclusiones
Los amigos de la Tierra Europa y del SERI han puesto en evidencia nuevos elementos que confirman la dependencia europea tanto en lo referente a utilización de sus propias tierras como las de otros países. Europa importa enormes superficies de tierras y su consumo per cápita es mucho más importante que la de la mayoría de los países del mundo Ahora bien, se espera que la población mundial llegue a los 9.000 millones de personas en 2050, por ende no será posible proveer equitativamente las necesidades mundiales sin una reducción significativa de la huella europea. Pero la demanda de tierras no deja de aumentar. El aumento de los ingresos en países como China e India incrementa esta demanda, especialmente debido al aumento del consumo de carne. Al mismo tiempo Europa y otras regiones han acelerado su demanda de biocombustibles y de biomasa para la producción de energía, sin tener en cuenta los efectos que producirán sus huellas en las tierras.

La huella de tierras en Europa tiene grandes impactos económicos. Los productos en los que el factor tierra es el elemento principal de la producción van a ver aumentar los costos de producción –algo que ya es una realidad en los productos básicos-. El aumento de las necesidades de disponer de tierras se traduce en un fenómeno de acaparamiento que tendrá asimismo impacto sobre el costo de las importaciones europeas, sin contar las considerables consecuencias económicas, sociales y ambientales para los países involucrados.

Recomendaciones
Por razones económicas, sociales y ambientales la UE debe tomar medidas urgentes con el objeto de desarrollar políticas coherentes destinadas a evaluar y reducir su huella en las tierras. La UE debería:

· Poner a punto una metodología estándar para medir su huella en las tierras y publicar los datos necesarios para su evaluación.

· Anticipar la evolución de la huella en tierras de Europa pidiendo a los estados miembros la publicación anual de su propia huella en las tierras.

· Utilizar la medida de la huella en tierras en la evaluación del impacto de la UE y de sus Estados miembros para poner en marcha políticas susceptibles de reducir la huella europea y prevenir todo incremento en los Estados miembros.

· Apoyar a los actores económicos y de la cadena de aprovisionamiento de Europa facilitando el acceso a una metodología clara y los consejos necesarios para medir la huella de sus productos en las tierras en que se producen (así como también la huella en materias primas como el carbón, el agua, etc.).

· Desarrollar una política dirigida a reducir el uso de los recursos. La importación virtual de tierras (y de los demás recursos) tiene un costo financiero real. Considerando que los precios de los recursos tenderán a aumentar, sería sensato para la industria medir la amplitud de su huella con el objeto de reducirla.

· Lanzar urgentemente un proceso que encare la fijación de objetivos de reducción de las huellas en tierras. Está claro que esta huella debe disminuir. Es posible definir un objetivo para 2013 como se ha sugerido en la hoja de ruta. “Por una Europa eficiente en el uso de los recursos”. Esta hará que la economía europea sea más resistente y que reduzca el impacto de Europa en el resto del mundo.

Para mayor información el informe se halla disponible en: www.foeeurope.org/publications/2011/Europe_Global_Land_Demand_Oct11.pdf

Notas:

(1) Comisión Europea (2011), «Feuille de route Pour une Europe efficace dans l'utilisation des ressources»

(2) La huella ecológica es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos (Wikipedia) http://ec.europa.eu/environment/resource_efficiency/pdf/com2011_571_fr.pdf

(3) Friends of the Earth Europe (2010),“Measuring our resource use: A vital toolin creating a resource-efficient EU” http://www.foeeurope.org/publications/2010/measuring_resource_use.pdf

Susana Merino
Rebelión

lunes, 30 de enero de 2012

Monedas locales y ecológicas para la soberanía monetaria

Históricamente los movimientos progresistas y ecologistas han dejado bastante de lado el estudio y la redefinición de lo que es el dinero. Se entendía que éste formaba parte de un ámbito alejado de las inquietudes sociales y humanistas; un terreno innecesario para construir utopías y mundos mejores, en los que probablemente el dinero no existiría.

Esto ha dejado prácticamente intocado y en manos de las fuerzas conservadoras la comprensión de esta partícula fundamental con la que organizamos nuestras sociedades. Ha impedido, más allá de unos pocos experimentos puntuales, desarrollar propuestas sólidas que puedan constituir alternativas viables a la moneda eco-ilógica y antisocial. Desde la contracultura ecologista y la economía alternativa se han abordado muchos terrenos como las finanzas éticas, el comercio justo, la agroecología o las cooperativas de consumo, pero la mayoría funcionan íntegramente con moneda oficial, ya que no se percibe una diferencia real entre ésta y otros sistemas monetarios alternativos.

Sin embargo recientemente han surgido en todo el mundo nuevas monedas emitidas a escala local por las comunidades, con un fuerte carácter solidario y cooperativo, y han mostrado que de este modo se consiguen generar muchos efectos positivos, algunos de los cuales están directamente vinculados con la soberanía alimentaria. Las monedas sociales, también llamadas locales, complementarias o alternativas han cobrado fuerza e interés en los últimos años, especialmente tras el inicio de la crisis, y están construyendo propuestas replicables de distribución alimentaria bioregional de carácter solidario y ecológico.

¿SOBERANÍA ALIMENTARIA EN EUROS?
Del mismo modo que no podemos tener soberanía alimentaria cuando unas pocas empresas dominan de forma oligopólica el mercado alimentario, tampoco podemos tener completa soberanía como ciudadanos cuando unas pocas empresas, en este caso grandes bancos privados (algunos disfrazados de públicos bajo las siglas de centrales o reserva federal) son los únicos que nos emiten las unidades con las que medimos nuestras actividades económicas.

¿Qué es una moneda?
La venta de dinero que hoy hacen los grandes bancos a gobiernos y ciudadanía, es como si unas pocas empresas nos vendieran los centímetros con los que medir las distancias. Una herramienta de medida para facilitar los intercambios, que existe desde hace milenios, se ha convertido desde hace pocos siglos en una nueva mercancía, que puede ser comprada y vendida, lo que supone un gran negocio y a la vez el fin de aquello por lo que fue creado inicialmente el dinero. Quienes detentan el control de la creación de dinero tienen un poder, como reconoció un Rotschild en 1880, muy superior al del mayor Imperio.

Este dinero se vende con intereses, lo que en realidad es un modo encubierto de opresión de las élites sobre el resto de la sociedad, pues siempre los más ricos tendrán en los bancos, dinero para prestar, y siempre las gentes más pobres deberemos pagar por acceder a él. Por tanto, si no ejercemos un control democrático y social de esta herramienta tan fundamental en nuestras sociedades, éstas tendrán una dudosa calidad democrática, y se ejercerá una opresión y una forma de neo-esclavismo sutil y casi invisible sobre las mayorías sociales. Y eso es lo que vemos hoy con nitidez en todo el planeta. La actual crisis y su resolución demuestran que, efectivamente, unas pocas corporaciones y firmas financieras disponen de un control sobre nuestras sociedades y gobiernos prácticamente ilimitado.

La ignorancia acerca de algo tan central y de uso cotidiano como es el dinero, que no sólo nos ocurre a los ciudadanía de a pie sino también a muchas y muchos economistas, se debe en buena medida al hecho de que las mismas fundaciones y centros de investigación que apoyan determinados estudios en fertilizantes, semillas transgénicas o usos del petróleo, pero bloquean otras investigaciones en energías renovables, también se han ocupado de que los centros de estudio de economía desconozcan la naturaleza del dinero. Y que autores como Silvio Gessel, de quien Keynes dijo que la humanidad aprendería más que de Marx, y que se dedicó a esto, con su obra central cuyo título es ‘El orden económico natural’ sean completos desconocidos en las facultades de economía.

Gessel ya apuntaba hacia 1920 que el dinero con intereses positivos que hoy conocemos, es anti natural, ya que se distingue de todo lo demás en la Tierra, que o bien pierde valor con el tiempo o bien su almacenamiento implica un coste. Apuntó que, de seguir igual, toda nuestra economía acabaría siendo financiera, y no real, como ocurre hoy. En lugar de eso, para lograr tener una economía sana y por tanto con un dinero que circulara con más velocidad Gessel propuso los intereses invertidos o la moneda oxidable, que en lugar de ganar valor con el tiempo, lo perdía. Muchas monedas sociales siguen hoy ese principio, y ya en los años 20 un pequeño pueblo de Austria lo hizo, con tanto éxito y generación de empleo y riqueza local, que el Banco Central de Austria, temeroso de que la experiencia se replicara y acabara con el gran negocio de la banca, forzó la prohibición del experimento.

¿Es necesaria una nueva moneda?
Así como las patentes determinan las diferencias entre las semillas circulando libremente o no entre el campesinado, en el campo monetario la principal diferencia entre las monedas corporativas que hoy usamos y las monedas sociales es que éstas no disponen de intereses; además se emiten desde la comunidad local, en cada nuevo intercambio, son tan abundantes como riqueza real hay en cada comunidad, y son una forma de medir la economía, no un bien en  mismo con el que se pueda comerciar.

En lugar de seguir comprando a un lobby cartelístico de bancos privados los centímetros con los que medimos nuestra economía, los construimos nosotras y nosotros mismos en la región, para tener de este modo soberanía monetaria con la que acceder a la soberanía económica: los medios con los que se distribuye la riqueza y la producción local entre las y los habitantes locales.

Refuerzo de la soberanía alimentaria
Si todo ello es cierto a un nivel social amplio, lo es aún más en un nivel más próximo y vinculado a la agricultura y la distribución alimentaria. Las experiencias de las monedas sociales han mostrado que logran en muy poco tiempo generar efectos muy positivos, muchos de los cuales están directamente vinculados a la soberanía alimentaria. Permiten relocalizar la economía, proteger a las pequeñas explotaciones ecológicas y familiares, el comercio local de proximidad, evitar los alimentos quilométricos y construir una barrera sólida, pero a la vez pacífica y sencilla ante las grandes corporaciones. Ayudan también a generar lazos económicos y de confianza estables que regeneran los tejidos sociales. Son modelos por tanto, de soberanía económica, comercial y monetaria.

Estas experiencias se desarrollan en un determinado pueblo o región, con modelos locales propios, que pueden ser replicados en otras regiones de manera parecida, pero con diferencias en función de la idiosincrasia local de cada lugar. Así es como crecen, replicándose. Algunas de ellas, todavía con la incertidumbre que caracteriza las actividades del tercer sector y la economía social, donde muchas tareas son de carácter voluntario, ya se han consolidado como modelos viables de reorganización de los procesos económicos y sociales. Casi siempre trabajan sin ningún apoyo de las administraciones públicas, generando plataformas ciudadanas más sostenibles, ecológicas, socialmente justas y más alegres, construyendo nuevos espacios de socialización y recuperación de los tejidos sociales que ni el mercado ni las administraciones públicas han logrado articular.

Ayudan a crear, junto con otras propuestas de soberanía económica como las cooperativas de consumo o las AMAP’s [1], un mejor encaje sistémico entre los métodos de cultivo y los métodos de distribución ecológicos, convirtiéndose en nuevos mecanismos, que en lugar de ser de carácter industrial, son también ecológicos, de principio a fin del ciclo del producto. Es también una forma de revitalizar y redescubrir las riquezas de las comunidades locales, reduciendo el consumo de alimentos agroindustriales y redibujan el escenario de la distribución agroalimentaria desde nuevos modelos más ciudadanos y ecologistas de distribución.

Se configuran como una posible alternativa a la crisis estructural del campesinado en el campo, a la ausencia de soberanía alimentaria o en la preservación de variedades y usos bioregionales. Consiguen cerrar el ciclo de la opción ecológica, al pasar de la reivindicación a la acción comunitaria y autogestionada, volviendo a lo local, a la escala humana.

Distintas soberanías
Del mismo modo que los movimientos por la soberanía alimentaria tratan de reapropiarse de la decisiva capacidad de producir los alimentos en cada región para que ese poder no caiga en manos de intereses foráneos y sin inquietudes por la resolución de las necesidades locales, no menos importante es alcanzar otros tipos de soberanías en otros campos para construir verdaderas democracias como son la soberanía tecnológica (Free Software, Open Source Ecology), la soberanía en el trabajo (cooperativismo, colectivizaciones), en la distribución cultural (creative commons, copyleft, cultura libre), en la pedagogía (escuelas libres, educación en casa), en la energía (microgeneración, energías renovables y libres), etc, hasta alcanzar un tipo de soberanía aún más estratégica y central: la monetaria, que permite potenciar y unir estas propuestas desde su autonomía, en un nuevo mercado social hecho a escala humana; tal vez la única escala en la que podemos encontrar la libertad, la igualdad, la participación, y por tanto la democracia.

Ejemplos en el mundo
Encontramos en el mundo muchos tipos distintos de monedas; los LETS (Local Exchange Trade Systems), las Ithaca Hours en el estado de Nueva York; las monedas en formato papel en Sur América; los SEL (Systèmes d’Échanges Locales) en Francia; las Regio en Alemania o las monedas de las Transition Towns. 

En Cataluña vemos un modelo muy interesante que combina lo que vendría ser una red de intercambio con una cooperativa de consumo. Las ECO REDES. Esta unión hace que sea un modelo muy completo, que logra resolver una necesidad a menudo no cubierta en las redes, como es la existencia de productos básicos de alimentación, y ofrece a la vez a las y los campesinos locales la posibilidad de contar con nuevos mercados locales y sociales en los que puede ganar no solo moneda social, sino también los euros que necesita para su explotación.

Las Eco Redes son modelos de economía solidaria, cooperativa y ecológica bioregional, que a la vez que se organizan de modo autónomo en cada región, mantienen lazos permanentes y relaciones sociales y económicas con las demás redes, en una especie de confederación de economías regionales basadas en la democracia directa o asamblearia.

Las Eco Redes consisten, en síntesis, en un nuevo modelo que lleva a cabo la unión de una red de intercambio con moneda social con una cooperativa de consumo. Todos y todas comenzamos con 0 ecos, y cualquier usuario puede ganar moneda social al ofrecer cualquier bien o servicio a otro usuario de la red. También se pueden comprar ecos a cambio de euros 1 a 1. Esto lo hacen sobretodo las y los consumidores de la red o visitantes en las ferias (familias e individuos que no quieren participar activamente como usuarios, sino que desean tan sólo consumir algún producto o servicio ofrecido por algún usuario). Al hacer este cambio de moneda ingresan en la red euros que se destinarán, como si se tratara de una cooperativa de consumo, a la compra de productos básicos de alimentación a productores cercanos que aceptan un 10 o un 20% en moneda social. Estos productos se traen a la siguiente feria de trueque, o bien, si se dispone de un local permanente, se dejan allí en lo que en Cataluña se llaman Centrales de Compras Colectivas o Eco Tiendas donde se distribuyen íntegramente en moneda social.

El principio de transición
Ha sido fundamental entender el principio de transición, del mundo en el que hoy vivimos hacia la utopía a la que queremos ir. Si las redes exigieran una aceptación del 100% en moneda social a las y los productores, éstos acabarían teniendo demasiada, lo que sería un problema y podría comprometer su economía, cuando lo que se pretende es ayudar. En cambio los porcentajes graduales de aceptación permiten que todos ganen. El campesinado logra ingresar euros para mantener su granja, logra establecer un vinculo seguro y permanente con un mercado próximo y amigo, logra algunos ecos o moneda social con los que abastecerse de algún servicio o producto de la red que le puede servir en su granja o en los gastos corrientes de su familia (una clase de idiomas para su hijo, p.ej.). Y la red logra disponer de productos básicos que hacen de este sistema, ya no solo una experiencia simbólica y festiva de encuentro vecinal sino el inicio de una alternativa completa al capitalismo industrial.
Vemos, pues, que las monedas sociales y ecológicas no son el único medio ni el más importante, pero sí parece que sin ellas será difícil lograr un cambio real.

Dídac Sanchez-Costa i Larraburu es Sociólogo, escritor y activista. Miembro de las Ecoredes, la Cooperativa Integral Catalana, el movimiento 15M y la Colonia Colectivizada de Ca la Fou

Facebook: Didac S.-Costa, Xarxa Ecoseny

Nota:
[1] de Association pour le Mantien de lAgriculture Paysanne (Teikei en el Japón o CSA -Community Supported Agriculture- en los EE.UU). En ellos, los consumidores toman un rol mucho más activo y solidario con el productor, con visitas y trabajo en las granjas y un pago por avanzado de la cosecha. La nítida frontera entre productores y consumidores se desdibuja, ya que éste se convierte en una especie de accionista de la granja, pudiendo tomar decisiones acerca del tipo de cultivo, productos, calidad o formas de pago.

sábado, 28 de enero de 2012

Nuestra piel

Los Estados aplican recetas destructoras, bajo la batuta de una Alemania conservadora.

 ¿Quién tiene interés en utilizar la crisis social y económica actual? No cabe duda ahora que nos estamos enfrentando a una ofensiva histórica, a escala europea, de las capas más ricas y de los detentadores del capital financiero para, aprovechando la crisis mundial, reorganizar los sistemas sociales europeos para su propio beneficio. Esa ofensiva se apoya en las clases conservadoras y, a menudo, cuenta con la complicidad consciente del social liberalismo encarnado por algunos partidos socialistas europeos. Varios apuntes testifican esa durísima batalla. 

Primero, en la zona euro, la Comisión de Bruselas, el Consejo Europeo y el eje franco-alemán, fieles servidores del Banco Central, están impulsando cada vez más políticas drásticas de recortes, haciendo pagar a las clases medias y populares el coste de la lucha contra los déficits presupuestarios. 

Segundo, en vez de modernizar la maquinaria económica con una política mundial y europea de flexibilización del déficit y de relanzamiento del crecimiento, lo que significaría intervenciones públicas masivas y una reforma del sistema monetario internacional (recuerdo aquí que, salvo el último punto, es precisamente lo que en 2008 le propuso, en balde, Barack Obama a la señora Merkel), los círculos financieros mundiales y europeos optaron por incrementar la presión sobre los Estados europeos para que reduzcan la financiación de las políticas públicas, acaben con los sectores de interés general de sanidad, educación y con las Administraciones de servicios de uso público, bien privatizándolos, bien aniquilándolos. La encarnación viva de esta política la tenemos hoy en todos los Gobiernos europeos, sometidos al liderazgo del eje Merkel-Sarkozy, que recuerda la pareja Ronald Reagan-Margaret Thatcher de los ochenta del siglo pasado. 

Tercero, desde la quiebra griega, los mercados financieros se apoderaron de la riqueza pública europea con tipos de interés cada vez más altos, y obligan a algunos países a endeudarse como nunca ocurrió en su historia. De hecho, estos países europeos están perdiendo su soberanía nacional. Más grave aún, los detentadores de capital se benefician, desde 2008, de la falta de resistencia de los Estados; pueden también apostar a que la depresión social no provocará revoluciones sociales en los países desarrollados, siendo el ahorro privado importante y que el envejecimiento de la población, vinculado con la disgregación política de la izquierda europea, está facilitando una estrategia ofensiva en contra del mundo asalariado. 

Cuarto: casi cinco años después del estallido de la crisis, no hay ni un país de la zona euro que haya podido reducir sus déficits estructurales; la deuda pública aumenta por doquier, el paro se dispara (más de tres millones en Francia, pronto seis millones en España) igual que la inflación, mientras que reaparece la hidra del empobrecimiento. En su libro Contra la crisis, otra economía y otro modo de vivir, el economista Juan Torres López apunta que en Francia “cuatro millones de personas viven en situación de aislamiento, no tienen ningún vínculo relacional y que hay 8,4 millones de pobres. En Alemania se calcula que en 2011 hay 12,6 millones de pobres y según la ONU, en este país, uno de cada cuatro niños va al colegio sin desayunar; en Italia, en 2010 había 8,2 millones de pobres y en Estados Unidos 44 millones de pobres”. Al revés, la especulación financiera sigue utilizando los circuitos bancarios y tampoco sabemos hacia dónde ha ido a parar el dinero que se les ha otorgado a estos bancos desde 2008. 

Sin embargo, los Estados siguen aplicando las mismas recetas destructoras, bajo la batuta de una Alemania conservadora, del seguidismo de Francia y de un euro sobrevalorado (empezó en 2002 con la casi paridad con el dólar y ¡está ahora un 25% más caro!). No son hoy en día solo los sindicatos (último bastión de resistencia social porque los partidos han capitulado frente a la finanza internacional) los que tachan esta estrategia de dramática para el mundo del trabajo: es el propio Fondo Monetario Internacional quien, en su informe de principios de 2012, declara que la recesión se va a incrementar con los actuales objetivos de déficit a nivel europeo. 

La cruda realidad es que las medidas propuestas en Europa no están a la altura; el proyecto europeo, para seguir existiendo, necesita un giro radical hacia una Europa social y política. En ausencia de este proyecto solidario, quedará por resolver si, después de habernos quitado a los ciudadanos la ropa, los mercados nos van a pedir que les demos también trozos de nuestra piel.

Sami Naïr. El País 

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/01/27/actualidad/1327694610_357808.html