viernes, 27 de enero de 2012

España. Actualidad en viñetas


Justicia? en España
(Garzón, Camps...)






Viñeta 1. Forges (El País)
Viñeta 2. Medina (Público)

martes, 24 de enero de 2012

La democracia, en un túnel sin salida

El profesor de Derecho Constitucional, Albert Noguera, afirma que la actual crisis de la democracia anticipa un cambio de ciclo histórico

La democracia se halla en crisis. Una crisis sin paliativos. De la democracia como sustantivo, más allá de las formas con las que se la suele adjetivar (representativa o participativa). Esta es la tesis expuesta por el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Extremadura, Albert Noguera, en la jornada de debate sobre “¿Crisis de la representación o crisis de la democracia?”, organizada en Valencia por el Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) en colaboración con Esquerra Unida del País Valencià. 

“Vivimos un cambio de ciclo civilizatorio, que consiste en la muerte de la democracia tal como la entendemos; en la defunción de la modernidad liberal; en consecuencia, avanzamos hacia formas de organización social radicalmente diferentes, probablemente autoritarias”, ha resumido el profesor de Derecho Constitucional. 

¿Por qué la izquierda política y social no asume la crisis de la democracia y actúa en consecuencia? En principio, porque interpreta de manera errónea conceptos como “poder” y “dominación”. Por ejemplo, el 15-M considera -“de manera simplista”, según Albert Noguera- que para lograr una transformación de la sociedad, hay que convencer a los ciudadanos de que políticos y banqueros son corruptos. “Este análisis es falso”, a juicio del docente. 

El profesor de Derecho Constitucional se muestra partidario de una “interpretación compleja del poder, entendido como hegemonía” (el poder no debe considerarse sólo en negativo, como represión). Siguiendo las reflexiones de Gramsci, las clases dominantes han generado un consenso entre la población sobre el modo de organización social. Muy pocos se cuestionan la dominación y sus efectos. Los ciudadanos han asumido internamente sus pautas y naturalizado los modos de proceder establecidos por las clases hegemónicas. 

Pero lo decisivo en la tesis de Noguera es cómo se genera esta cultura hegemónica. Una respuesta acertada a la cuestión es la premisa necesaria para que la contestación al sistema resulte efectiva. Contra lo que pudiera parecer, según Noguera, la cultura dominante no la construyen básicamente políticos, banqueros ni medios de comunicación. Tiene raíces más profundas. 

En primer lugar, la “mercantilización” (Marx ya hablaba del fetichismo de la mercancía). Esto significa que, además de objetos, el mercado produce subjetividades, valores y maneras de pensar. Además, la progresiva tecnificación de la sociedad genera, en la línea de las reflexiones de autores como Adorno o Horkheimer, procesos crecientes de enajenación y deshumanización. La era digital y de las nuevas tecnologías se corresponde con un individuo de pensamiento rápido, integrado en la cultura de la imagen y poco habituado a la reflexión. 

Así las cosas, concluye Albert Noguera, “la única forma de transformación radical de la sociedad consiste en una vuelta atrás tanto en los procesos de “mercantilización” como en los de tecnificación”. Sin embargo, “considero que son procesos irreversibles; de hecho, hoy se avanza precisamente en sentido contario; la única salida posible consistiría en crear espacios de contrahegemonía, en los que se pudiera actuar fuera de los patrones mercantiles y tecnológicos dominantes”. Los partidos y organizaciones de izquierda, sobre todo los de corte más clásico, no parecen caminar por esta senda. 

A partir de la década de los 60-70 del pasado siglo se producen unos cambios en el capitalismo o, mejor, en las estructuras empresariales, que en buena medida explican la crisis de la democracia actual. Se pasa un modelo industrial-productivo a un capitalismo que produce objetos de consumo para las grandes superficies y los centros comerciales. El cambio de paradigma implica transformaciones de calado antropológico: compro un determinado objeto o una marca más que por su valor de uso, por el valor simbólico que proyecta. En otras palabras, el consumo se convierte en una manera de singularizarse, autentificarse o dotarse de personalidad propia. 

“La mercancía supone distinción simbólica del individuo; lo fundamental es diferenciarse; actuamos como cazadores de experiencias que aspiran a la singularidad y la autenticidad del yo; eres diferentes si usas una determinada marca de colonia o viajas a cierto país exótico”, subraya Noguera. ¿Qué implicaciones políticas tiene la aparición de este nuevo sujeto? Efectos decisivos, pues supone una ruptura con el individuo surgido de la modernidad, de la ilustración y del liberalismo. “La individualización ya no genera ciudadanía, no es activa ni participativa; es más, está desvinculada de los grandes mitos de la ilustración: justicia, dignidad, libertad, igualdad; el individuo actual es, por el contrario, pasivo, autorreferencial y desideologizado”. 

La democracia también ha hecho crisis por la creciente desregulación que impone el capitalismo en su fase actual. Aunque continúen existiendo las normas jurídicas, “se tiende cada vez más a vaciar de contenido social las legislaciones; en paralelo, se produce un desmontaje de las administraciones estatales (véase la imposición de los mercados a los parlamentos nacionales)”. Fruto de esta desregulación, los espacios públicos y privados quedan expuestos a una mercantilización desbocada, colonizados por el capitalismo. Por ejemplo, la familia, exenta de la invasión mercantil durante la modernidad, se ve afectada cada vez más por estos procesos. 

En términos políticos, el problema que plantea la desregulación es cómo se tratan los conflictos. Las instituciones que servían de canal adecuado han entrado en crisis, al igual que la democracia. “Vivimos en la época del sálvese quien pueda”, afirma Albert Noguera. Existen dos posibilidades de conflicto: los estallidos espontáneos de violencia sin sentido ni dirección (por ejemplo, los recientes disturbios de Londres); y los planteados por los discursos críticos herederos de la modernidad, que Noguera califica de “cultura muerta, pues no sirven para transformar nada; ir a una manifestación es como ponerse un traje de domingo; se lanzan consignas que nada tienen que ver con nuestras vidas mercantilizadas; las dos posibilidades de conflicto forman parte, realmente, del sistema vigente”. Una tesis provocadora. 

Enric LLopis
Rebelión


Redefinir la soberanía alimentaria

Quince años después de la primera definición de Soberanía Alimentaria («La Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias únicas. Esto incluye el verdadero derecho a la alimentación y a producir los alimentos, lo que significa que todos los pueblos tienen el derecho a una alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, y a la capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus sociedades») el concepto ha ganado en amplitud y propagación. De hecho, creo que ha sido su uso y defensa, principalmente en manos de la población campesina, lo que -como algo vivo- le ha dado y dará nuevas dimensiones.

Cuando se vocifera en las marchas campesinas, es un grito de la lucha a cara descubierta frente a la sociedad capitalista y su gobernanza, convirtiéndose en una propuesta política para reorganizar el sistema alimentario global que se va imponiendo por todo el planeta. Por eso cuando se le pregunta a La Vía Campesina sobre su concepto reivindicativo lo dicen rotundo y sin ánimo de despistar: «no queremos más políticas agroalimentarias, para nada, lo que queremos es hacer y participar en las políticas agroalimentarias». Una demanda clara de soberanía –para decir y decidir- que ―no queremos políticas agroalimentarias enfocadas como siempre en cómo y cuánto se pueden aumentar las producciones de alimentos, sino políticas para aumentar, producir y reproducir más y más campesinas y campesinos. En la Soberanía Alimentaria, el campesinado es el centro y el objetivo; la agricultura y la productividad son los medios.

También la propuesta de la Soberanía Alimentaria como construcción de otra forma de producir y consumir, es un ejemplo para otras propuestas pensadas para la creación de un mundo fuera del capitalismo. Hoy Soberanía Alimentaria camina de la mano del Decrecimiento, la Soberanía Energética, la monetaria o el Buen Vivir.

Quienes defienden la Soberanía Alimentaria exigen que las reglas de juego se han de cambiar y el pueblo soberanamente retomar el mando. ―Nos han robado el poder, el poder está en otras manos –dicen desde el campo― vamos a recuperar el poder: poder hacer nuestros huertos, poder cultivar comida, poder cuidar la tierra, para poder vivir del campo. Con la contundencia de quienes saben que la Soberanía Alimentaria es también una respuesta que da esperanza a injusticias que no pueden esperar: hambre, crisis ecológica, pobreza rural, economías en crisis…

A su vez, la Soberanía Alimentaria ha mostrado que en un Planeta globalizado, también las luchas son globales, hermanando en este caso campesinas y campesinos del Norte y del Sur (rompiendo esquemas) que se han reconocido como iguales frente a las consecuencias de una superagricultura intensiva en manos de pocas corporaciones. De igual manera, su lucha ha generado una estrecha alianza entre la sociedad campesina y otros sectores de la sociedad civil, como los grupos de consumo responsable, las organizaciones ecologistas o algunas organizaciones de cooperación internacional implicadas en la defensa de un mundo rural vivo. Es la Soberanía Alimentaria un espacio físico de encuentro del pueblo militante y así lo dicen sus voces, «que no se atrevan a salvar nuestro mundo rural, ni a impedir que lo defendamos».

Hacer Soberanía Alimentaria es finalmente una práctica de resistencia ―ni un campesino o campesina debe desaparecer― mientras se espera el cambio de modelo. Y por qué no, Soberanía Alimentaria es para muchas y muchos una utopía necesaria, que será realidad.

¿Y cómo hacemos para explicar tanto? Pues miren, volviendo a la definición que le dio vida. En realidad la soberanía alimentaria no es más –ni menos- que «el derecho de los pueblos a la tierra de la cual vivir, y el deber de los pueblos de cuidar la tierra de la que vivir».

Gustavo Duch Guillot. Autor de ‘ALIMENTOS BAJO SOSPECHA’ y ‘SIN LAVARSE LAS MANOS’
 http://gustavoduch.wordpress.com/2012/01/17/redefinir-la-soberania-alimentaria/

domingo, 22 de enero de 2012

¿Adónde van los 'indignados'?

El movimiento del 15-M irá encontrando sus propias vías hasta hacerse torrente conforme la situación se haga crítica.
 
El movimiento de indignados surgido en el 2011 en España, Europa y Estados Unidos es una bocanada de aire fresco en un mundo que huele a podrido. Plantearon en redes sociales y en acampadas lo que muchos piensan: que la crisis la crearon bancos y gobiernos y la sufre la gente, que los políticos sólo se representan a sí mismos, que los medios de comunicación están condicionados y que no hay vías para que la protesta social se traduzca en verdaderos cambios porque en la política está todo atado y bien atado para que sigan pagando los de siempre y cobrando los de siempre. Por eso durante meses decenas de miles de personas participaron en asambleas y manifestaciones y por eso la mayoría de la ciudadanía (hasta el 73% en España) compartió sus críticas. Y todo ello de forma pacífica, excepto la violencia resultante de cargas policiales excesivas, que han llevado a sus responsables ante el juez. El movimiento tuvo la madurez de levantar las acampadas cuando sintió que las ocupaciones se cocían en su propia salsa y que a las asambleas diarias sólo asistían los activistas.

Pero no desapareció el movimiento, sino que se difundió por el tejido social, con asambleas de barrio, acciones de defensa contra injusticias, como la oposición a desalojos de familias, y extensión de prácticas económicas alternativas tales como cooperativas de consumo, banca ética, redes de intercambio y otras tantas formas de vivir diferente para vivir con sentido.

Aun así, el acoso mediático, policial y político que ha sufrido el movimiento, que en algún momento llegó a asustar a las élites dirigentes por su posibilidad de contagio, ha conseguido crear la impresión de que el movimiento ha quedado limitado a algunos jóvenes idealistas o unos pocos exaltados. Basta con cerrarse en banda y dejar que se cansen. Los partidos de izquierda pensaron pescar en río revuelto para realimentar sus menguantes huestes, pero lo dejaron al ver que los nuevos rebeldes ya tienen claro que por ahí no va el cambio por el que luchan. Pese a la hostilidad de los poderes fácticos, el movimiento ha continuado, ha mantenido su deliberación en asambleas, comisiones y por internet, y sigue contando con respaldo popular cuando surgen iniciativas concretas donde sale a la superficie el trabajo cotidiano de quienes no se resignan a que todo siga igual.

Aun así, la determinación de crear nuevas formas de acción transformadora sin liderazgo formal y sin organizaciones burocráticas conlleva dificultades considerables en el desarrollo del movimiento. Por un lado, no valía la pena llegar hasta aquí para volver a reproducir un modelo de activismo que ya ha fracasado repetidamente. Por otro lado, lo esencial es un vínculo entre la deliberación y acción en el movimiento y la conexión al 99% que el movimiento quiere representar. Buscando nuevas vías, en el 15-M se está planteando un debate en profundidad sobre cómo mantener a la vez la acción y la innovación de formas de organización y elaboración estratégica del propio movimiento. El 19 de diciembre pasado, tras una discusión en asamblea, la Comisión de Extensión Internacional de la Puerta del Sol de Madrid decidió suspender su actividad y declararse en reflexión activa indefinida. "El espacio público que habíamos redescubierto ha vuelto a ser sustituido por una suma de espacios privados... El éxito del movimiento depende de que seamos de nuevo el 99%. Aunque no tengamos la respuesta de qué tiene que venir después, qué forma puede tomar el reinicio que necesitamos, entendemos que el primer paso para escapar de una dinámica equivocada es romper con ella: parar, detenerse y tomar perspectiva", fue la argumentación.

Aunque esta actitud no necesariamente refleja el sentir de otras asambleas y comisiones del 15-M, es significativa porque evidencia la capacidad de autocrítica y autorreflexión que caracteriza este movimiento. Sólo así puede construirse un nuevo proceso de cambio que no desnaturalice sus objetivos de democracia real en las formas de su existencia. Porque adónde se llega depende de cómo se hace para llegar, cualesquiera que sean las intenciones. Si la cuestión es cómo se conecta con el 99%, ¿cómo se opera esa conexión? Lo esencial en todo movimiento social es la transformación mental de las personas. El poder imaginar otras formas de vida, el romper la subordinación a la manipulación mediática, el sentir que muchos piensan como uno mismo y en perder el miedo a afirmar sus derechos y sus opiniones. En ese sentido, hay múltiples indicaciones de que la gente está cambiando, de que el 15-M hizo visible la indignación y alimentó la esperanza, y que aunque haya menos participación en las asambleas de activistas, muchas personas en su ámbito están ocupando su espacio cotidiano y tratando de buscar vínculos con otras experiencias similares. Tienen claro que el cambio no pasa por elecciones como estas. El triunfo del PP, magnificado por una ley electoral no representativa del voto, no fue tal (400.000 votos más que en el 2008), sino una debacle socialista que ejemplifica el hastío con los supuestos representantes de intereses de los de abajo. Y también se tiene claro que la crisis va a peor sin que nadie sepa gestionarla. Frente a eso, la gente busca sus propias soluciones. Contando con redes de solidaridad cada vez más numerosas. Y apoyando acciones reivindicativas allá donde surgen. Esa transformación mental y esos múltiples cambios cotidianos pueden activarse a niveles más amplios, en formas todavía por descubrir, conforme se vaya quebrando la normalidad. No se trata del viejo mito comunista del súbito desplome del capitalismo, sino simplemente de saber que la economía europea se hunde en la recesión, que la cobertura social se diluye, que la política se enroca y que los ciudadanos siguen indignados y son cada vez más conscientes.

El 15-M existe en esa conciencia. Y, como el agua, irá encontrando sus propias vías hasta hacerse torrente conforme la situación se haga crítica. Afortunadamente, porque la alternativa a esa protesta pacífica y constructiva es una explosión violenta y destructiva.

Manuel Castells
La Vanguardia.com




sábado, 21 de enero de 2012

¡Cuidado! La vivienda es un activo tóxico

Que nadie se lleve a engaño, la vivienda no es un derecho, ni un bien de uso, es un producto que sirve para especular. Los datos bien lo demuestran. Entramos en el quinto año de crisis y el precio de la vivienda sigue por las nubes. Si caen los precios los bancos se hunden. Entre 1997 y 2007 el coste medio del metro cuadrado de vivienda libre casi llegó a triplicarse y en estos momentos tan sólo ha bajado a niveles de 2005. España además ostenta el récord mundial de viviendas vacías por habitante con casi seis millones, alrededor de un 20% del total.

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria demostró que los milagros no existen y la mierda siempre acaba flotando: salió a la luz la perversidad de las políticas públicas orientadas a fomentar la economía del ladrillo (el “todo urbanizable”) y del crédito fácil de los bancos (no esperaban devolución, les bastaba revender las hipotecas en Bolsa) así como la megalomanía, la estupidez, la corrupción y el despilfarro por parte de cargos públicos y constructoras. Aunque algunos sectores de las clases medias propietarias incrementaron sus rentas, vendiendo herencias e invirtiendo en el sector inmobiliario, las grandes plusvalías del suelo han ido a parar a manos de unos pocos. 

Entre 2002 y 2005 el segmento del 10% más rico de la población incrementó su patrimonio cerca de un 50 %, mientras que entre 1994 y 2006 el salario medio perdió un 2,4% de poder adquisitivo y la deuda de las familias creció seis veces (225%) más rápido que sus rentas disponibles (39%). ¿Milagro español? No, una receta basada en lo que Robert Brenner llamó keynesianismo de precio de activos: el aumento del valor nominal del patrimonio doméstico, en este caso la vivienda, estimula la demanda y el endeudamiento. Para entendernos, el aumento del precio de la vivienda dio acceso a nuevos créditos, lo cual relanzó el consumo a pesar del estancamiento del salario medio. Por su lado, las promotoras y constructoras se han ido declarando en concurso de acreedores para no hacer frente a su ruina, mientras se quedan con el dinero ganado en años anteriores.

Los bancos españoles siguen hiper-endeudados con aquellos bancos mayores y extranjeros que les prestaron en el boom, no porque no hayan recuperado esos préstamos, sino porque lo que obtuvieron de la compra-venta de activos inmobiliarios en Bolsa figura en otro apartado contable y fue consumido en formas de dividendos y súper-salarios en la década de crecimiento. Desde 2008, se les ha rescatado con planes públicos explícitos y con estrategias menos transparentes, como los muy baratos préstamos del BCE para comprar deuda pública de países europeos. Pero necesitan más dinero. Los bancos siguen presionando para que los precios se mantengan y así poder conservar sus balances alejados de una más que posible quiebra. Sin embargo, siguen aumentando los inmuebles en sus manos por el embargo de familias deudoras y empresas en quiebra. Resultado: más activos tóxicos en sus balances, más problemas de liquidez y miles de familias desahuciadas.

Según un estudio de la Asociación de Afectados por Embargos y Subastas (AFES), entre 2008 y 2015, alrededor de 510.000 familias perderán su vivienda debido a ejecuciones hipotecarias. De hecho, AFES señala que entre 2004 y 2008, una de cada cinco hipotecas concedidas era de alto riesgo, ¿quién no estaría a favor de que cuando un banquero dé consejos sobre economía reciba un tartazo en la cara?. Aún está por ver cómo se concreta la reforma del sistema financiero. Para calibrar el tamaño del problema, observemos que el Banco de España cifra en 176.000 millones de euros los activos inmobiliarios problemáticos. Los bancos han podido mantener en sus balances activos inmobiliarios a precio ligeramente inferior al de la burbuja es porque el Banco de España cambió la regulación en 2009 para salvarles de la quiebra, el famoso tuneado de cuentas, a costa de mantener hinchados los precios de la vivienda en general.

La reactivación suicida del ciclo inmobiliario es el objetivo: la recuperación de la desgravación por compra o los comentarios de Cañete sobre la Ley de costas apuntan en esta dirección. Lo que parece obvio es que el gobierno considera la vivienda como un activo económico imprescindible para recuperar la senda del ¿crecimiento?.

El gobierno dice descartar la opción del banco “maloooo”, una creación satánica que, como si de un agujero negro se tratase, engulliría un suculento bocado lleno de activos tóxicos (viviendas en las que vive o vivía gente) para eructarlo en forma de “prueba superada”. Un “banco maloooo” consistiría en la compra con dinero público de casas (pero también de suelo) a precios artificialmente inflados. Existe el precedente del TARP en 2008 en Estados Unidos, en el cual el gobierno federal se gastó 700.000 millones de euros (más que la suma de todos los salarios de España) en comprar hipotecas subprime. Esta operación fue muy impopular y quizá por esto mismo el PP no quiere plantear este modelo de rescate “a lo bestia” y lo más seguro es que opten por compras públicas de activos inmobiliarios más discretas. Si todos los activos tóxicos que se vienen avalando con dinero público se agruparan en una agencia, ésta englobaría miles de viviendas y locales que no podrían recibir otro nombre que inmuebles públicos.

El problema sigue estando encima de la mesa, si el precio de la vivienda cae los bancos aumentarían su deuda y no asegurarían los depósitos. Si el precio de la vivienda no baja, los bancos no se podrán deshacer del parque inmobiliario en sus manos, ni la población acceder a un derecho básico. Sin dación en pago, que posibilitaría la liquidación de la deuda hipotecaria una vez entregadas las llaves, el banco sigue sin recuperar el préstamo porque la gente no puede pagar y acumula viviendas sin sentido. Este es el callejón sin salida.

Está en manos de la presión social poner fin a un laberinto ya recorrido. Las Plataformas de Afectados por las Hipotecas y otros grupos que trabajan sobre vivienda plantean soluciones justas y viables. La vivienda debe dejar de ser un negocio y ajustarse a la rentas disponibles en un país con casi 5 millones de parados y donde el salario del 55 % de los trabajadores no llega a los 1.100 euros mensuales. Los inmuebles en manos de los bancos, consideradas activos tóxicos y que necesitan ser avaladas por el Estado, podrían utilizarse para poner en marcha un plan de alquiler social para posibilitar que las familias que no pueden hacer frente a la hipoteca puedan continuar en su vivienda bajo régimen de arrendamiento; para que parados, mileuristas y personas con pocos recursos puedan acceder a un derecho constitucional; y para promocionar las cooperativas en régimen de cesión de uso. Todas estas medidas serían una buena forma de acabar con el endeudamiento y garantizar el acceso a la vivienda. También servirían para que las “inversiones” dejaran de orientarse hacia la especulación y sirvieran para generar bienestar social.

Madrilonia.org

Nota.
Este compañero de la PAH Murcia solicita vuestra ayuda

viernes, 20 de enero de 2012

Por encima de las posibilidades ¿de quién?

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, nos pide a los españoles "un esfuerzo más". Alberto Fabra Part, presidente de la Generalitat Valenciana, dice que los valencianos "vivíamos por encima de nuestras posibilidades".

Trabajo desde hace 14 años en I+D y desde hace 10 años lo compatibilizo con unas horas semanales de profesor en la universidad. Me esforcé de niño y adolescente en intentar aprender, sacar buenas notas y pasarlo bien. Me esforcé en la universidad para sacar la carrera y pasarlo bien. Me esforcé luego dando clases particulares y continúo ahora esforzándome en mis dos trabajos. Hace 10 años, junto a mi pareja, compramos un piso que entraba dentro de nuestras posibilidades. Ahora, tras 10 años de esfuerzo, hemos ahorrado el dinero suficiente para pagar lo que nos queda de hipoteca. Llevo años esforzándome y nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Podía permitirme coches más caros pero no los he comprado, nunca he pedido un crédito para irme de vacaciones, reformé mi piso cuando tuve dinero para hacerlo. Me esfuerzo en educar a mis hijos lo mejor posible, los llevo a la escuela pública y me esfuerzo en la asociación de padres para ayudar a mejorarla. Cuando mis hijos enferman los llevo a la sanidad pública y si me queda jarabe en casa le digo al médico que no me haga una receta que no necesito.

Ahora estoy a punto de quedarme sin trabajo gracias a los que han vivido "por encima de nuestras posibilidades". Ahora me piden "un esfuerzo más". Yo siempre he pagado puntualmente la hipoteca y lo sigo haciendo así que no he hundido a la banca. Yo no he hecho bajar la Bolsa, no he hundido los mercados, no he inflado la economía, no he especulado con la vivienda, no he organizado carreras de coches en mi ciudad, no necesito un aeropuerto sin aviones, no tengo yate para ver la salida de la Copa América, no he ido nunca a ver la ópera en el Palau de les Arts. Yo no he deteriorado la escuela ni la sanidad públicas, no he tenido becas ni subvenciones, no he cobrado nunca el paro ni he provocado déficit al Estado, la autonomía ni la Seguridad Social. Yo no conozco a Moody's, Fitch ni Standard & Poor's pero sí conozco a los que vivieron por encima de mis posibilidades. Yo no les voté, a mí no me representan.

Soraya, el esfuerzo se lo pides a ellos.
Francisco Pastor Guzmán
El País

jueves, 19 de enero de 2012

Decrecimiento justo o barbarie

En nuestra sociedad, que podría llamarse la sociedad del exceso, paradójicamente la mayor parte de las cosas importantes o imprescindibles van a menos. Las reservas pesqueras disminuyen de forma alarmante debido al exceso de pesca; el petróleo, base de nuestra organización económica, empieza a agotarse a causa de la extracción excesiva; el equilibrio climático se quiebra debido al exceso de transporte motorizado; los ecosistemas se fraccionan y deterioran debido al exceso de cemento y hormigón; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido al uso excesivo de productos químicos; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una acumulación y consumo excesivo de bienes por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres deben dedicar un tiempo excesivo a trabajar para el mercado; la diversidad social y cultural desaparece ante los excesos de un modelo homogeneizador. 

Si los problemas que afrontamos están causados por una extracción excesiva de recursos, por la ingente generación de residuos, por la incautación excesiva de los tiempos para la vida por parte del mercado y por una acumulación obscena de riqueza por una parte de la humanidad; si los problemas que colocan la vida, tal y como la conocemos, en situación de riesgo vienen dados por la extralimitación, es fácil imaginar por dónde tendrán que ir las soluciones.

Si el planeta está sujeto a límites, en su seno nada puede crecer indefinidamente. El ineludible hecho de que el sistema económico se encuentre dentro de la biosfera, de que requiera materiales y energía, y de que emita residuos y calor, implica que no puede sostenerse sobre el crecimiento ilimitado. El camino hacia la sostenibilidad pasa forzosamente por la disminución de la extracción y la generación de residuos de las poblaciones que más lo hacemos.

La adicción al crecimiento del capitalismo
Vivimos en un sistema, el capitalista, que funciona con una única premisa: maximizar el beneficio individual en el menor tiempo. Uno de sus corolarios inevitables es que el consumo de recursos y la producción de residuos no puede parar de crecer.

Veámoslo con un ejemplo. El Banco Santander toma prestados unos millones de euros del BCE y después se los presta, a un tipo de interés mayor, a Sacyr-Vallehermoso, para que pueda comprar el 20 por ciento de Repsol-YPF. Para que Sacyr rentabilice su inversión y le devuelva el préstamo al Santander y éste a su vez al BCE, Repsol no puede parar de crecer. Si no hay crecimiento, la espiral de créditos se derrumba y el sistema se viene abajo.

¿Y cómo crece Repsol? Vendiendo más gasolina y aumentando el cambio climático, recortando los costes salariales, extrayendo más petróleo incluso de Parques Nacionales o de reservas indígenas, bajando las condiciones de seguridad [1]... En definitiva, a costa de las poblaciones de las zonas periféricas y de la naturaleza.

Y esto también es aplicable al ámbito de la economía financiera, ya que se articula sobre la productiva, que es sobre la que tiene que ejercer, en último término, su capacidad de compra.

Por lo tanto, el capitalismo es intrínsecamente incompatible con los límites físicos del planeta. Por ello ha ido desarrollando toda una serie de pseudo-soluciones que intentan demostrar que se puede seguir creciendo indefinidamente en un planeta de recursos limitados. Entre ellas destaca la promesa de la desmaterialización de la economía a partir de la ecoeficiencia. La eficiencia es condición necesaria pero no suficiente. El efecto rebote que ha acompañado a muchas innovaciones tecnológicas que pretendían desmaterializar la economía da buena muestra de ello.

Decrecimiento y calidad de vida
Cuando la población vive en condiciones de miseria, incrementos en el consumo de recursos y energía se asocian directamente con el aumento de la calidad de vida. Esto está claro en varios indicadores, como el aumento de la esperanza de vida, el acceso a la educación o la felicidad.

Sin embargo, a partir de un determinado umbral, esa correlación se pierde. Por ejemplo, incrementos continuados en el consumo de energía por encima de una tonelada equivalente de petróleo por persona y año no van acompañados de incrementos significativos en indicadores como la esperanza de vida, la mortalidad infantil o el índice de educación [2]. Una tonelada equivalente de petróleo es el consumo energético aproximado de Uruguay y Costa Rica, que tienen indicadores de calidad de vida similares, aunque algo menores, a España, cuyo consumo ronda las 3,6 toneladas.

Esta cifra podría ser un punto de referencia que respondiese a la pregunta de ¿hasta dónde decrecer?, aunque podríamos tomar otras referencias más bajas, como la de los/las habitantes de Can Masdeu, en la periferia de Barcelona, que tienen una calidad de vida excelente con un consumo que ronda el cuarto de esa tonelada equivalente de petróleo [3].

Otros estudios, en EEUU [4] o Irlanda [5], apuntan a que la felicidad tampoco guarda una correlación con el crecimiento a partir de determinado límite.

Decrecimiento y trabajo
Ajustarse a los límites del planeta requiere reducir y reconvertir aquellos sectores de actividad que nos abocan al deterioro, e impulsar aquellos otros que son compatibles y necesarios para la conservación de los ecosistemas y la reproducción social.

Nuestra sociedad ha identificado el trabajo exclusivamente con el empleo remunerado. Se invisibilizan así los trabajos que se centran en la sostenibilidad de la vida (crianza, alimentación, cuidados a personas mayores o enfermas) que, siendo imprescindibles, no siguen la lógica capitalista. El sistema no puede pagar los costes de reproducción social, ni tampoco puede subsistir sin ella, por eso esa inmensa cantidad de trabajo permanece oculta y cargada sobre las mujeres. Cualquier sociedad que se quiera orientar hacia la sostenibilidad debe reorganizar su modelo de trabajo para incorporar las actividades de cuidados como una preocupación colectiva de primer orden.

Pero además es necesaria una gran reflexión sobre el empleo remunerado. Es evidente que un frenazo en el modelo económico actual termina desembocando en despidos. Hay trabajos que no son socialmente deseables, como las centrales nucleares, el sector del automóvil o los empleos que creados alrededor de burbujas financieras. Las que sí son necesarias son las personas y, por tanto, el progresivo desmantelamiento de determinados sectores tendría que ir acompañado por un plan de reestructuración en un marco de fuertes coberturas sociales públicas.

El avance hacia la sostenibilidad crearía nuevos empleos en sectores que ya son fuertes generadores de trabajo, como las renovables, el reciclaje o el transporte público [6]. Además la red pública de servicios básicos deberán crecer. Por último, la reducción del consumo de energía, inevitable por otra parte, y el replanteamiento de la utilización de tecnología de alto nivel, implicarán una mayor intensidad en el trabajo y, por lo tanto, la necesidad de más empleo.

En todo caso hay informes [7] que apuntan que necesitamos trabajar menos para mantener el sistema de producción que tenemos. Por lo tanto, ya hoy, con un reparto adecuado del trabajo, nuestra jornada “laboral”, incluyendo las labores de cuidados, disminuiría notablemente. Esto centra el foco de discusión social en el reparto del trabajo, no en la creación de más empleo. Desde esta perspectiva, el enfoque del sindicalismo mayoritario debería volver a reivindicaciones anteriores, como la jornada de 35 horas.

Igualdad y distribución de la pobreza
La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la distribución.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Nos encontramos en una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de la ligada a la acumulación y poner coto a la última.

¿En qué hay que decrecer?
Reducir el tamaño de una esfera económica no es una opción que podamos escoger. El agotamiento del petróleo y de los minerales, y el cambio climático van a obligar a ello. Esta adaptación puede producirse por la vía de la pelea feroz por los recursos decrecientes, o mediante un reajuste colectivo con criterios de equidad. El decrecimiento puede abordarse desde prácticas individuales, comunitarias y también a nivel macro. Entre ellas resaltamos algunas, sobre todo centradas en el nivel macro:

Introducir límites al uso de recursos
• Reducir el consumo en los países del Norte para igualarlo con el Sur, que debería aumentar hasta poder garantizar la salida de la miseria de sus poblaciones. Una iniciativa en este sentido es poner un límite máximo de uso de recursos.
• Estudiar la puesta en marcha de una huella ecológica de consumo máximo por persona en forma de “tarjeta de débito de impactos”.
• Prohibir la producción en sectores que destruyan la vida.
• Reducir los residuos.
• Medidas de aumento de la eficiencia.
• Aumentar la participación de los elementos renovables en la economía, ya sea en forma de energía o en forma de materia, sin olvidar que van a poder cubrir un consumo inferior al que tenemos en la actualidad [8].
• Medidas de sensibilización a la población sobre los límites del planeta.
Priorizar los circuitos cortos de distribución
• Incentivar una reruralización de la población.
• Promocionar un urbanismo compacto, de cercanía y bioclimático.
• Fomento de grupos de consumo y mercados locales.
Poner límites a la creación de dinero
• Anclaje de las monedas a valores físicos como una bolsa de alimentos básicos o de minerales estratégicos o a la cantidad de población.
• Prohibición de que los bancos creen dinero saltándose sus depósitos. Eliminación de los mecanismos de titularización de la deuda.
• Promoción de monedas locales y redes de trueque. Internalización de costes
• Puesta en marcha de un sistema de ecostasas finalistas y redistributivas.
• Responsabilidad por parte de los fabricantes de todo el ciclo de vida del producto.
• Introducir más controles a la producción no ecológica que a la ecológica.
Políticas activas de fomento de la economía ecológica y solidaria
• Volver a hacer público el control de los sectores estratégicos, como el energético o la banca.
• Medidas para el reparto de la riqueza y la limitación de la capacidad adquisitiva: renta máxima y reparto del trabajo (productivo y reproductivo).
• Introducir como únicos los criterios sociales y ambientales en las políticas públicas de subvenciones.
• Etiquetado de trazabilidad del producto indicando las formas de producción y de transporte.
• Política de compras verdes y justas por parte de las administraciones públicas.
• Disminuir incentivos al consumo. Un ejemplo sería la limitación y el control de la publicidad.

Yayo Herrero y Luis González Reyes son miembros de Ecologistas en Acción.
Notas:
[1] Marc Gavaldà y Jesús Carrión, Repsol YPF, un discurso socialmente irresponsable, Àgora Nord-Sud y Observatori del Deute en la Globalització, 2007.
[2] Rosa Lago e Iñaki Bárcena, “A la búsqueda de alternativas”, en Iñaki Bárcena, Rosa Lago y Unai Villalba (eds.), Energía y deuda ecológica, Icaria, 2009.
[3] Ibidem.
[4] Avner Offer, The Challenge of Affluence, Oxford University Press, 2006.
[6] Wordwatch Institute, Empleos verdes: Hacia el trabajo decente en un mundo sostenible con bajas emisiones de carbono, PNUMA, 2008.
[7] Anna Coote, Jane Franklin y Andrew Simms, 21 horas, Nef y Ecopolítica, 2010.
[8] Puede consultarse online la propuesta de Ecologistas en Acción.
Está basado en otro publicado anteriormente en Viento Sur nº 118 de septiembre de 2011