sábado, 5 de noviembre de 2011

El 15-M como pregunta

“El 15-M es emocional, le falta pensamiento. Con emociones sólo, sin pensamiento, no se llega a ninguna parte”
Zigmunt Bauman

Saben los neurobiólogos que las pasiones residen en nuestro cerebro más primitivo. Toda decisión “racional” es antes “emocional”. Para contrarrestar una emoción negativa es menester tener “una emoción positiva muy fuerte”. No es una apuesta por la irracionalidad. Lo es por una “razón emocionada” para salir de las trampas de un mundo que dice que la protesta es terrorista, la risa subversiva, los parados perezosos, los estudiantes revoltosos y las mujeres reivindicativas, aligeradas. 

Disfrazarse de payasos para manifestarse contra los recortes sociales lleva a que las cargas de los antidisturbios validen no solamente el capital financiero, sino también la imagen de verdugos de Fofó y Miliki. Emocionalidad bien inteligente.

La izquierda sólo ha entusiasmado cuando se atrevió a brindar un mundo diferente, siempre poco concretado. “Libertad, igualdad y fraternidad” en la revolución francesa, “tierra y libertad” en la revolución mexicana, “pan, paz y trabajo” en la revolución rusa o “patria, socialismo o muerte” de los procesos cubano y venezolano. ¿Puede acaso hoy tumbarse la jaula de hierro del consumismo sin emocionar a quien va a serrar los barrotes?

El 15-M ha sido capaz de lograr lo imposible para ninguna internacional anterior: convocar la primera manifestación global contra el modelo capitalista. Un G-90. Tantos como países salieron a la calle a recuperar la democracia en donde nació: en las plazas. Un momento destituyente. Una pregunta, no una respuesta.

Frente al shock de la crisis, la reacción popular ante la dictadura de los mercados está teniendo derroteros diferentes a los tradicionales. La emoción del 15-M se parece a esa generosidad que nace de los desastres (el terremoto de México, Fukushima o los deslaves tras las lluvias). Entonces se suspenden los egoísmos. Se trata de luchar por lo básico. Ahí nace el optimismo. ¿Son acaso mejores los libros de autoayuda o la guía de las vanguardias? La alegría del 15-M desborda los diques de los partidos, de los sindicatos, de las instituciones. Los hace más útiles cuando rompe las constricciones del sindicalismo para defender la educación pública. Los desafía cuando es la misma ciudadanía la que vota y la que comparte la visión del 15-M.

Cuando un rayo cae en la noche, el campo se ilumina y hace visible lo que estaba oculto. No bastaría entornar los ojos. Hay demasiados velos. Es una cuestión de sensibilidad. La emoción hace que el dolor se convierta en saber, el saber en querer, el querer en poder y el poder en hacer. Un joven que se prende fuego porque le han quitado el medio de supervivencia, unos estudiantes que acampan en mitad de la ciudad, pobres que se enfrentan a ricos en el corazón de su caja de caudales, un desahucio al que se le ven las lágrimas, un presidente que miró a los ojos y luego engañó. Sólo la sensibilidad puede convocar a la razón ausente. Sólo la emoción puede romper la clausura del pensamiento lograda por la sobreinformación, el afán consumista, el miedo al futuro, la negación del pasado y la zozobra ante la incertidumbre y el castigo. Si el sistema sólo entiende de objetos –una hipoteca no satisfecha, una plaza universitaria costosa, un viejo o un enfermo que incrementa el déficit, un interino que encarece la deuda, una protesta que enfada a los bancos– la sensibilidad devuelve a su lugar a las personas.

¿Gobernar mañana? El 15-M tendría que firmar, como el Lenin de 1917, onerosos tratados de paz. Perdería territorio, pagaría reparaciones, lastraría su vuelo. Todavía no se dirime en esas lides. No es la respuesta a la esclerosis del capitalismo neoliberal y de la democracia representativa: es el diagnóstico de su enfermedad. ¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe ahora mismo serlo. Un partido es un medio para un fin. El 15-M es un fin en sí mismo: una gran conversación que a fuerza de saber lo que no quiere, va a terminar sabiendo lo que quiere.

Sin líderes, sin programa, sin estructura, el riesgo de desaparición en el reflujo está ahí. Pero la crisis del sistema y la imposibilidad de encontrar soluciones desde dentro va a seguir alimentando la búsqueda. Estructura no significa verticalismo. Es tiempo de una implicación social más horizontal. Hay que reinventar la gobernanza y hacerla democracia. Decisiones políticas nacidas de la discusión, ejecutadas por la organización y supervisadas por una discusión regresada abajo.

Frente a la libertad reclamada por el 68, ahora se reclama la igualdad. La naturaleza rota, el futuro incierto, la violencia cotidiana no soportan las diferencias. De ahí la fuerza de la camaradería en el 15-M. Por eso también la relevancia de las redes sociales, por su horizontalidad, por su relación entre iguales que se reconocen y tratan como tales.

En el 15-M confluyen veteranos castigados por el sistema y también clases medias enfadadas que, por vez primera, se han sentido tratadas como proletarios. En el maltrato se reconocen y se reinventan. Ahí se entiende parte de su amabilidad. La lucha contra el autoritarismo generó un tipo de partido. La Guerra Fría, otro. Del 15-M saldrán maneras diferentes de organizarse políticamente. Lo relevante será ver en qué medida se genera un viaje de ida y vuelta constante al movimiento que marque con su sello las formas de hacer política.

Frente a un capitalismo rígido y cada vez menos tolerante –nada líquido, con perdón de Bauman–, el 15-M articula inteligente su oposición. El sistema sabe defenderse cuando se le niega o se le combate, pero no sabe qué hacer cuando se ve desbordado. Es la estrategia del movimiento desde hace apenas cinco meses. Pone patas arriba las teorías de esos intelectuales ignorados por los pueblos insurgentes que afirman: “Si la realidad no se parece a la teoría, peor para la realidad”. Una realidad tozuda e irreverente, que, con perdón de los intelectuales consagrados y con el favor de los poetas, al igual que el rayo, no cesa.

Juan Carlos Monedero
Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid
Público
http://blogs.publico.es/dominiopublico/4214/el-15-m-como-pregunta/

viernes, 4 de noviembre de 2011

La dificultad para manejar nuestros desacuerdos

Cuando millones de personas en todo el mundo empiezan a ocupar los espacios públicos, calles y plazas, edificios abandonados por el mercado y edificios de instituciones estatales, aparecen nuevos debates que afectan, de modo casi inevitable, a las fuerzas que luchan por un mundo nuevo. En meses recientes se han hecho visibles serias contradicciones que afectan a los movimientos tanto del centro como de la periferia, a los que actúan tanto en países gobernados por fuerzas conservadoras como de izquierda.
 
Por momentos, el carácter de esas contradicciones parece revivir viejos debates entre socialdemócratas y comunistas, entre estalinistas y trotskistas, o entre los partidarios de la vía armada y la electoral. Algo de eso sucede, pero afloran además divergencias que los movimientos antisistémicos no han resuelto y que amenazan con neutralizar las luchas en curso. No sólo se trata de divisiones más o menos serias y profundas, sino que esas divisiones a menudo revelan la existencia de objetivos opuestos en un contexto en el cual nadie tiene una estrategia para hacer realidad la célebre consigna Otro mundo es posible.

Dos ejemplos, sucedidos en días recientes en lugares distantes entre sí, ponen de manifiesto esta situación. En Grecia, donde una parte considerable de la población está de hecho en la calle todos los días, han sido tomados decenas de edificios del Estado, desde los servicios de salud y educación hasta ministerios y otras dependencias del Poder Ejecutivo. El 20 de octubre, jornada de huelga general, una gran manifestación pretendió acercarse al parlamento con la intención de tomarlo, o sea de ingresar a la fuerza en un recinto sagrado de la democracia electoral. Más allá de la viabilidad de esa intención, y de que pueda considerarse correcta o no, miles de personas deseaban hacerlo.

Se encontraron con una doble barrera formada por policías y militantes del Partido Comunista (KKE), que se movilizó para defender el parlamento y controlar la manifestación. Hubo duros enfrentamientos entre manifestantes comunistas y quienes querían tomar el recinto parlamentario. Los comunistas, protegidos por la policía, acusaron a los radicales de fascistoides. El saldo fue de decenas de heridos, hubo un muerto por los gases lacrimógenos, y una fuerte desmoralización que puede llegar a frenar el proceso de luchas.

En los hechos, los comunistas griegos actuaron como defensores del sistema. No es la primera vez que esto sucede ni será la última. En el fondo, ni los comunistas ni los anarquistas ni los autónomos, ninguno tenemos una estrategia para derrocar el sistema. Sin embargo, existen tácticas eficientes para dividir a las fuerzas antisistémicas. Es posible que la policía haya infiltrado provocadores, como dice el KKE, para radicalizar las protestas. Pero nada debería autorizar a nadie que se proclame de izquierda a actuar como policía contra la movilización social.

En Bolivia, a raíz de la marcha indígena contra la construcción de una carretera que pretende atravesar el TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure), el vicepresidente Álvaro García Linera acusó al movimiento de estar haciendo el juego a la USAID y al imperialismo yanqui. Es evidente, y no requiere mayor explicación, que Washington desea que existan protestas contra cualquier gobierno con el que mantenga diferencias. Es muy probable que la embajada de Estados Unidos aliente los movimientos que se oponen a proyectos del gobierno de Evo Morales. Sin embargo, decir que los indígenas son peones de la desestabilización imperial suena abusivo.

En abril de 1917, Lenin realizó un audaz viaje desde Suiza hasta San Petersburgo, atravesando el frente de guerra ruso-alemán, protegido por el estado mayor del ejército teutón, ya que los aliados se negaron a concederle visado. Lenin cruzó Alemania en un tren blindado y llegó a destino con el compromiso de negociar una paz. Pierre Broué escribió: Con esta concesión, el estado mayor alemán cree introducir en Rusia un nuevo elemento de desorganización que terminará por facilitar su victoria militar (El Partido Bolchevique, Ayuso, Madrid, 1973, p. 117).

No faltaron voces que denunciaron a Lenin por ese acuerdo con los militares alemanes. ¿Trabajó Lenin para los alemanes? No. La llegada del revolucionario ruso a su país fue decisiva para impulsar la revolución, pero esa deriva la conocimos después y resultaba imposible anticipar cómo serían las cosas, ya que Lenin era una pequeña minoría en su partido.

El problema de fondo no es a quién benefician o perjudican ciertas acciones puntuales. ¿Acaso luchar contra la política de la Unión Europea no debilita al euro frente al dólar? ¿Los indignados le estarán haciendo el juego al imperialismo, que se frota las manos con las crisis griega, islandesa y española? La pregunta es absurda, tanto en el norte como en el sur. Lo decisivo, lo que realmente tiene importancia, es si estas acciones impulsan o debilitan los movimientos antisistémicos; si buscan, incluso en el error, ir más allá de lo existente.

Desde este punto de vista, la toma del parlamento en Atenas podría haber sido un grave error. Pero un error en el camino de fortalecer la lucha antisistémica. Trabajar junto a la policía contra los manifestantes es preparar la derrota por desmoralización. No son dos errores equiparables. Del mismo modo, las afirmaciones de García Linera, y su trabajo por dividir a los movimientos, está segando la hierba bajo los pies del gobierno de Evo Morales, porque debilita su principal sostén.

En otras épocas, nos enfrentamos con dureza corrientes que teníamos estrategias diferentes y opuestas para cambiar el mundo. Fuimos derrotados. Hoy nadie puede asegurar que tiene en sus manos el trazado de un camino para llegar a buen puerto. Por eso, sería necesaria mucha más humildad para debatir nuestras diferencias. Para no infligirnos más daños que los que ya nos provoca ese uno por ciento que pretende aplastarnos.

Raúl Zibechi
La Jornada

La culpa del paro

Ojalá fuese Zapatero, sólo Zapatero y nada más que Zapatero el “responsable del paro”, como el propio presidente ha asumido. De ser tan fácil, el problema se acabaría en unas pocas semanas, con el advenimiento de Rajoy a La Moncloa. En una economía de mercado, en un Estado descentralizado, en un país integrado en el euro y en la UE, ¿de verdad es el presidente del Gobierno central el único culpable del desempleo? ¿Cómo explicar entonces que el paro oscile entre el 30% de Andalucía y el 12% de Euskadi con el mismo Zapatero?

Tan demagógico es decir que es el presidente quien crea empleo como pensar que sólo él lo destruye. Tan ridícula era aquella frase que dijo Aznar hace unos años –“el milagro español soy yo”– como pensar que ha sido Zapatero, ya de paso, quien ha hundido también a Italia y a Grecia en su infinita torpeza. No hay más que ver este gráfico sobre el PIB en Europa para descubrir hasta qué punto el éxito y fracaso de las economías de los países en un planeta globalizado dependen más de la coyuntura económica mundial que del desempeño de sus gobiernos nacionales.

Sin embargo, la gestión de Zapatero sí tiene una parte de responsabilidad en la catástrofe actual por dos razones. La primera: no querer o no atreverse a pinchar la burbuja inmobiliaria cuando estábamos a tiempo; no apostar por otro modelo productivo cuando había margen de maniobra. El ladrillazo nos habría golpeado igual, pero con consecuencias menos graves. La segunda: equivocarse en sus reformas de la regulación del mercado laboral español. Ambos factores –el modelo productivo español y nuestra regulación laboral– son culpables de que tengamos, desde hace décadas, una economía bulímica: un monstruo que devora trabajadores con baja formación cuando las cosas van bien para después vomitarlos a la misma velocidad cuando llegan las primeras curvas. En los años buenos, ningún otro país europeo creó tantos puestos de trabajo como lo hizo España. Lo mismo, a la inversa, ha sucedido con la crisis: ahora somos récord de paro entre los países desarrollados.

Es obvio que la reforma laboral que se hizo hace un año llegó tarde y fue un fracaso. Es probable también que, incluso acertando con el modelo, hubiese servido de poco porque, por muchas leyes laborales que se cambien, sólo una economía que crezca a buen ritmo será capaz de crear empleo (y eso depende más de Merkel y el BCE que del Gobierno de España o de las leyes que hagamos). Es un error pensar que con cambiar las leyes se arregla todo el problema. También es cierto que no fue la regulación laboral lo que provocó la crisis: pero sí que agravó sus consecuencias. Por eso es imprescindible asumir de una vez, tanto en la derecha como en la izquierda, que hay problemas en el mercado laboral español que no sólo tienen que ver con el modelo productivo o con los ciclos económicos. No sirve de mucho dar por bueno que España es así y el paro sube, como si fuese algo tan inevitable como la lluvia o los terremotos. Hay que afrontar el problema.

La enfermedad del mercado laboral tiene un nombre: exceso de temporalidad. No sólo es porque la economía española –tan dependiente del turismo o, hasta hace poco, de la construcción– tenga sus cimientos en sectores con mayor porcentaje de temporalidad. Sector por sector, la temporalidad española es siempre de las más altas de Europa. Incluso en la industria tecnológica (por poner un ejemplo de empleo de calidad), España presenta un porcentaje de trabajadores en precario mucho más alto que el resto. Según los datos de la Encuesta de Población Activa de 2010, la temporalidad entre los trabajadores de “programación, consultoría e informática” era del 16,8%. Incluso en este sector, teóricamente puntero, la temporalidad es mayor que la media de la UE para toda la economía (10,5%).

Esta sobredosis de temporalidad es un problema grave por varias razones. Para empezar, provoca que los empresarios inviertan poco en la formación de los empleados. No sale rentable si el trabajo es temporal, y los trabajadores van rotando a medida que llega el plazo de dos años en el que la ley obliga (u obligaba, se suspendió ese límite “temporalmente” hace un mes) a darles un contrato fijo. Al promover el empleo precario, se incentiva también una economía precaria, de poco valor añadido, baja competitividad y malos sueldos.

El exceso de temporalidad crea además un mercado laboral dual, con unos trabajadores de primera –los fijos– y otros de segunda –los temporales–. Las indemnizaciones por despido improcedente –es decir, por despido libre– de los trabajadores “de primera” españoles son más altas que la media de Europa (45 días por año). Al mismo tiempo, despedir a los trabajadores de segunda es sencillo y muy barato: basta con no prorrogar su contrato y el coste es de 8 días por año. Son dos mercados laborales casi opuestos, que conviven generando consecuencias terribles: mientras los de primera disfrutan de una de las regulaciones laborales con el despido más caro de Europa (pero con sueldos por debajo de la media), a los de segunda se les puede despedir muy barato. Por esta razón, cuando la economía va mal en España, el ajuste se hace siempre por el despido, mandando al paro a los temporales (que suelen ser también los más jóvenes), en vez de reduciendo la jornada o los sueldos. Es algo que no sucede en ninguna otra parte de Europa, y que machaca aún más a esa generación “mejor formada de la historia de España” que hoy se plantea, con razón, largarse para siempre a Alemania. No hay otro país europeo como España con más porcentaje de paro por cada décima que cae el PIB.

De una manera o de otra, la solución para el mercado laboral pasa por acabar con la disparatada temporalidad e ir hacia un modelo donde todos los trabajadores tengan una protección similar. Hay matices importantes en las distintas recetas. No es lo mismo igualar por arriba que por abajo. La patronal –¡qué sorpresa!– prefiere precarizar a todos los trabajadores, sustituyendo el actual contrato indefinido con 45 días de indemnización por año trabajado por otro con sólo 20 días por año (y que 12 de esos días los pague el FOGASA) con un tope de un año de sueldo por despido. Es el modelo que les interesa a las empresas que ya están consolidadas, no a las que están por nacer ni, por supuesto, a los trabajadores. La patronal llama a esto “contrato único” y no lo es, porque también quieren mantener los contratos temporales.

La propuesta de contrato único que hizo el grupo de los 100 –unos economistas, la mayoría académicos independientes y de prestigio– es bastante diferente. Plantea sustituir todos los tipos de contratos, temporales e indefinidos, por un único contrato en el que la indemnización aumente con los años. En la propuesta que daban –cuyos números finales eran orientativos, abiertos al debate– proponían una indemnización máxima de 36 días por año trabajado, que se obtenían a partir del quinto año (12 días el primer año, 15 el segundo, 20 el tercero, 25 el cuarto y 36 a partir del quinto). Están las cifras en esta presentación en Power Point. Según sus cálculos, con esa escala, el coste global del despido en España sería prácticamente el mismo que hay ahora. Pero el reparto se haría de forma más igualitaria al acabar con la dualidad laboral porque ya no habría contratos de primera (45 días de despido) y de segunda (8 días).

Lamentablemente, de entre estas dos propuestas, la que más le gusta al PP es la de la patronal. “No hay ningún país que tenga un único contrato, no vamos a inventar”, aseguró Cristobal Montoro hace unos días en el programa La Noche en 24 horas. Es falso: Austria lo tuvo; Portugal también está en ello.

Cuando Zapatero abordó la última (y fallida) reforma laboral, estuvo valorando la posibilidad de apostar por el contrato único y de ahí pasar al modelo austriaco, donde la indemnización por despido es un dinero que la empresa paga cada mes en una cuenta que se puede mover de un trabajo a otro y se acumula, si el trabajador mantiene el empleo, hasta que se cobra en la jubilación. La propuesta estuvo encima de su mesa con posibilidades de salir adelante casi hasta el último minuto. Se frustró –entre otras cosas– porque el entonces ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, amenazó con dimitir si salía adelante. Zapatero finalmente descartó la idea. Es probable que hoy, cuando dice ser “el responsable del paro”, se esté arrepintiendo de la reforma que hizo. 
 
Ignacio Escolar
Estrella Digital
http://www.estrelladigital.es/blogs/ignacio_escolar/paro-Ignacio_Escolar-estrella_digital_7_1060763917.html

La corrupción del discurso

Demasiados políticos, economistas y periodistas tejen una 'neolengua' que, como en la pesadilla de Orwell, reduce el polifacetismo y la complejidad del mundo a una jerga tecnocrática y opaca.

El principal partido de la oposición acusa al Gobierno de "connivencia" o "chalaneo" con ETA durante años, tacha sus desatinos y errores de aviesas "mentiras", omite evidencias y contextos a fin de argüir que la quiebra en curso solo se ceba en España. La jerarquía católica azuza a sus medios y corifeos para acusar a quienes defienden el derecho al aborto de promover la muerte de infantes. Un expresidente del Congreso y padre de la Constitución se declara convencido de que el irresuelto encaje de Cataluña en España podrá resolverse sin recurrir a bombardear Barcelona como ha pasado "no sé cuántas veces". Los soberanistas periféricos proclaman sin rebozo el "expolio" que sus patrias, edénicas víctimas, sufren a manos del Estado victimario. Demasiados políticos y economistas, periodistas y profesores, financieros y empresarios tejen de consuno una neolengua que, como en la pesadilla de Orwell, reduce el polifacetismo y la complejidad del mundo a una jerga tecnocrática y opaca.

Apenas citamos un ramillete de ejemplos de distinta envergadura y calado -entre la negligencia expresiva y el voluntario fraude- para ilustrar la pujante corrupción del discurso que hoy cunde, grave dolencia en la que Occidente empezó a reparar hará 10 años, cuando fue arrastrado a una guerra contra el eje del mal que aún colea, en pos de las espectrales armas de destrucción masiva. Alentado por la frivolidad ética y política que cierto posmodernismo auspicia, el trastorno ha ido cobrando visos de pandemia, y encuentra en la actual debacle uno de sus campos de acción dilectos. Bajo la manida palabra crisis -fetiche verbal de corte economicista que oculta más que revela- late una colosal quiebra de alcance global y epocal que afecta muy distintas facetas del presente: política y religión, moral e ideología, educación y costumbres. Cualquier época crítica suele tener un correlato discursivo, y la que ahora sufrimos conlleva una infecciosa crisis gramatical tan ubicua que tiende a pasar inadvertida, ya que compromete todas las vertientes de la vida pública, privada e íntima. Naturalizada por la costumbre, la infección ya ha devenido pandemia, y se sustancia de dos modos principales: bien como depauperación sistémica del lenguaje, bien como negligente y aun deliberada perversión de sus usos y discursos concretos.

Depauperación lingüística. De entrada, tal crisis gramatical se manifiesta como un quebranto tangible y sistémicamente inducido de la facultad de empalabrar la realidad, y aqueja a la mayor parte de la ciudadanía y de quienes la instruyen, informan y ordenan. Las modulaciones del habla común delatan que la indigencia léxica, sintáctica y retórica medra a sus anchas, mengua que acarrea la de la aptitud para decantar un conocimiento lúcido, crítico y articulado acerca de la res publica; una sensible merma de la competencia y talante que el diálogo plural exige; y, en fin, la proliferación de patologías discursivas -de la anomia y el mutismo al desistimiento y la violencia- que socava los pilares de una sociedad compleja, plural y abierta.

Lo que semejante enfermedad pone en jaque es la salud de la convivencia y el sustento de la democracia misma, entendida como ideal cuya siempre imperfecta aunque indispensable persecución debe fomentar el uso público de la razón y sus frutos: la crítica y la pregunta, el difícil pero deseable equilibrio entre heterodoxia y ortodoxia, el benéfico cultivo de la duda responsable y de la sabiduría de la ilusión que postulaba Nietzsche. La búsqueda de la integral e integradora virtud cívica (areté) en el sentido griego requiere ejercitar con decisión el célebre "Atrévete a saber" (Sapere Aude que el progresista Kant propuso como divisa de la Ilustración). Pero hacia tan deseable horizonte, singularmente urgente en los días que corren, solo puede tenderse si la ciudadanía goza de los medios educativos y comunicativos imprescindibles para la realización de sus humanas potencias, en lugar del metódico y ofuscador adoctrinamiento que de facto padece. Hoy, como mañana y ayer, mujeres y hombres necesitan ser socializados y acogidos, a fin de que su innata fertilidad dé una fecunda cosecha.

Perversión del discurso. Si la mentada dimensión de la crisis gramatical atañe a las genéricas derivas que desde hace décadas vivimos, la segunda muestra un cariz mucho más ético y pragmático, ya que concierne al amplio y difuso territorio en el que a los sujetos les cabe ejercer su albedrío. Sometidas a sistémico deterioro, como hemos argumentado, las aptitudes empalabradoras sufren, además, abundantes perversiones y abusos, porque son los sujetos, los grupos y las instituciones quienes poseen la condicionada pero efectiva libertad de ejercerlas, amén de la responsabilidad de hacerlo de forma virtuosa.

La corrupción del discurso público se constata hoy por doquier, con tanta fuerza y tan disolventes efectos que urge atajar su contagio. La epidemia se manifiesta, por un lado, en la compartida incuria con que se expresan y piensan demasiados sujetos -próceres y poderosos incluidos-, y el daño que causa es proporcional a la inconsciente pereza que la impulsa. Ahí están, para ilustrarlo, la anemia léxica y la dejadez sintáctica; el decir vago y haragán; el arrogante desprecio de la complejidad y matiz; la saturación de tópicos y muletillas. Y en fin, sobre todo, la adopción de un habla renqueante, acomodaticia y canija, muy dada a acatar toda suerte de bogas y a sacrificar la belleza y precisión verbal en el altar de la neolengua economicista, tecnocrática y deshumanizada a que antes aludíamos, ese falsamente natural antiestilo en que encarna la racionalidad instrumental que combatieron con tanto ahínco los pensadores de Fráncfort.

Por otro lado, la perversión del discurso medra a manos de quienes adrede lo adulteran en aras del populismo, el mesianismo y la demagogia, cánceres de cualquier democracia y razón posibles. Son legión los dirigentes y portavoces dotados de público ascendiente -púlpitos o micrófonos, tribunas o tarimas- que trasgreden la más elemental ética comunicativa, ineludible sostén de la lealtad y la confianza que el convivir requiere. Con desfachatado cinismo, mandarines y gerifaltes tergiversan las certezas y probabilidades reconocibles, y confunden a cosa hecha la resabiada mentira -enunciación deliberada de una inteligible falsedad, como escribió Agustín de Hipona- con el desacierto o el yerro. La fractura de la confianza que de tal desmán resulta extiende su grangrena a la entera sociedad, y la deja en franquía para que la desvergüenza campe a sus anchas. Si la mendaz antiética del todo vale deviene al fin natural y objeto de aplauso y premio, como tantos persiguen, entonces no solo se malogra la comprensión de cada asunto en particular -y los consiguientes actos y decisiones-, sino la propia capacidad de empalabrar y conocer que ciudadanos y gobernantes precisan. Y lo que en suma se arruina es el cimiento de la comunicabilidad, la convivencia y la democracia, nada menos.

Desde Humboldt y Nietzsche sabemos que el ser humano lo es porque significa y habla, en la medida en que erige la entera civilización por medio de símbolos y palabras. Y que el polifacético discurso -con el verbo en su cima- no es simple vehículo para la expresión de lo ya ideado sin él, sino requisito del pensar y sus frutos. La moderna conciencia lingüística enseña que comprender y empalabrar van de la mano; y además -aunque no suele repararse en ello- que el discurso es hacedor de realidad: de sus hechos, procesos y circunstancias, allende la cruda materia. Él configura en buena medida la facticidad en que vivimos: el pasado y su memoria, el presente y su noción, el porvenir y su anticipo. De ahí la necesidad de atajar su corrupción. Y de ahí también, sobre todo, la urgencia de rehabilitar las Humanidades en general y la Ilustración en particular, el patrimonio de sabiduría que integra el legado crítico del Humanismo.

Lluís Duch, antropólogo y monje de Monserrat, es autor de Antropología de la vida cotidiana y de Mito, interpretación y cultura. Albert Chillón es profesor y director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la Universidad Autónoma de Barcelona.
El País

jueves, 3 de noviembre de 2011

El espíritu de la época

“No merece siquiera la pena echar un vistazo a un mapa del mundo que no incluya a Utopía”, escribió Oscar Wilde, “ya que deja fuera al único país en el que la humanidad está siempre desembarcando. Y cuando la humanidad llega hasta allí, mira hacia lo lejos y ve un país mejor, zarpa en su búsqueda. El progreso en la realización de las Utopías”. 

El espíritu de ese siglo XIX socialista está vivo entre la juventud idealista que ha salido a protestar contra el capitalismo global turboalimentado que ha dominado el mundo desde el colapso de la Unión Soviética.

Los manifestantes del movimiento “Ocupa Wall Street”, que se han instalado en el corazón del distrito financiero de Nueva York, están protestando contra un sistema de capital financiero despótico: un vampiro infectado de avaricia que para sobrevivir chupa la sangre de los más desfavorecidos. Los manifestantes están mostrando su desprecio hacia los banqueros, los especuladores financieros y sus mercenarios en los medios que siguen insistiendo en que no hay alternativa. Ya que el sistema de Wall Street domina Europa, versiones locales de ese modelo existen también allí. (Resulta curioso que fueran los ocupantes de Wall Street, más que los indignados de España o los trabajadores en huelga de Grecia, quienes han tenido impacto en Gran Bretaña, revelando una vez más que las afinidades reales de este país son atlantistas más que europeas). Puede que los jóvenes rociados de pimienta por la policía de Nueva York no hayan calculado bien lo que quieren, pero segurísimo que saben en contra de lo que están y ese es ya un importante comienzo.

¿Cómo hemos llegado aquí? Tras el colapso del comunismo en 1991, la idea de Edmund Burke de que “en todas las sociedades que se componen de diferentes clases, ciertas clases deben estar necesariamente por encima” y que “los apóstoles de la igualdad solo cambian y pervierten el orden natural de las cosas”, se convirtió en la sabiduría del sentido común de la época. El dinero corrompió a los políticos, el dinero a lo grande les corrompió absolutamente. Por todos los centros del capital vimos surgir a republicanos y demócratas en los Estados Unidos; nuevos laboristas y torys en el estado vasallo de Gran Bretaña; socialistas y conservadores en Francia; coaliciones en Alemania; centro izquierda y centro derecha en Escandinavia, etc. En casi cada caso, un sistema de dos partidos se transformó en un gobierno nacional efectivo. Un nuevo extremismo de mercado entró en juego. La entrada del capital en los dominios más santificados de la previsión social se consideró como una “reforma” necesaria. Las iniciativas financieras privadas que castigaban al sector público se convirtieron en la norma, y los países (como Francia y Alemania) a los que se consideraba que no iban lo suficientemente rápido en la dirección del paraíso neo-liberal eran regularmente denunciados en el Economist y el Financial Times.

Cuestionar ese giro, defender el sector público, argumentar a favor de la propiedad estatal de los servicios públicos, desafiar la liquidación de la vivienda pública implicaba que a uno le consideraran como una especie de dinosaurio “conservador”. Todo el mundo era ya cliente en vez de ciudadano: jóvenes, con movilidad ascendente, los académicos del Nuevo Laborismo se referirían con timidez a quienes se veían obligados a leer sus libros como “clientes”, como diciendo que todos somos capitalistas ahora. Las elites del poder económico y social reflejaban las nuevas realidades. El mercado se convirtió en el nuevo Dios, preferible al estado.

Pero quienes se tragaron esa línea nunca se preguntaron: ¿cómo ha sucedido esto? De hecho, el estado era necesario para hacer la transición. La intervención estatal para apuntalar el mercado y ayudar a los ricos era algo estupendo. Y dado que ningún partido ofrecía alternativa alguna, los ciudadanos de Norteamérica y de Europa confiaron en sus políticos y marcharon como sonámbulos hacia el desastre.

Los políticos del centro, intoxicados por los triunfos del capitalismo, no estaban preparados para la crisis de Wall Street de 2008. Por eso a la mayoría de los ciudadanos les embaucaron con inmensas campañas publicitarias que ofrecían créditos fáciles y unos medios domesticados y acríticos que les hicieron creer que todo marchaba bien. Sus dirigentes podían no ser carismáticos pero sabían manejar el sistema. Dejádselo todo a los políticos. Ahora estamos pagando el precio de esa apatía institucionalizada. (Para ser justos, los pueblos irlandés y francés se olieron el desastre en los argumentos presentados sobre la constitución de la Unión Europea que consagraban en su corazón el neoliberalismo, y votaron en contra. Les ignoraron.)

Sin embargo, para muchos economistas era obvio que Wall Street planeó deliberadamente la burbuja inmobiliaria gastando miles de millones en campañas publicitarias para animar a la gente a aceptar una segunda hipoteca e incrementar las deudas personales para gastar ciegamente en consumo. La burbuja tenía que estallar y cuando lo hizo el sistema se tambaleó hasta que el estado rescató a los bancos del colapso total. Socialismo para los ricos. A medida que la crisis se extendía por Europa, el mercado único y las normas de la competencia se fueron por el inodoro mientras la UE montaba una operación de rescate. Las disciplinas del mercado se olvidaban ahora convenientemente. La extrema derecha es pequeña. La extrema izquierda apenas existe. Es el extremo centro el que domina la vida social y política.

Mientras algunos países se derrumbaban (Islandia, Irlanda, Grecia) y otros (Portugal, España, Italia) se abocaban al abismo, la UE (en realidad la UB, la Unión de Banqueros) tomó cartas en el asunto para imponer austeridad y salvar los sistemas bancarios alemán, francés y británico. Las tensiones entre el mercado y la responsabilidad democrática ya no pueden enmascararse. La elite griega se dejó chantajear hasta la sumisión total y las medidas de austeridad que se les quería hacer tragar a los ciudadanos han llevado al país al borde de la revolución. Grecia es el eslabón más débil en la cadena del capitalismo europeo y su democracia lleva largo tiempo sumergida bajo las olas del capitalismo en crisis. Las huelgas generales y las protestas creativas han dificultado en gran medida la tarea de los extremistas de centro. Observando las recientes imágenes que llegan de Atenas, donde la policía utilizó la fuerza para impedir que diez mil ciudadanos entraran en el Parlamento, uno siente que los gobernantes del país no van a poder seguir ya gobernando del mismo modo que antes.

A principios de año en Tesalónica, donde me encontraba participando en un festival literario, las principales preocupaciones de la audiencia eran de orden político y económico más que literario. ¿Había alternativas? ¿Qué debería hacerse? Rebelión inmediata, contesté. Abandonar la zona euro, volver a introducir la dracma, instituir planificación social y económica a niveles nacionales, regionales y locales, implicar a la gente en las discusiones sobre cómo estabilizar el país pero no a costa de los pobres. Hacer que los ricos vomitaran el dinero (mediante impuestos especiales) acumulado por medios fraudulentos durante la última década. Pero los políticos sin visión en el corazón del sistema están lejos de albergar ninguna de esas ideas. Muchos están a nómina del pequeño número de gentes que poseen y controlan los recursos económicos de un país.
Los endeudados EEUU, bajo Obama (un presidente que a todos los propósitos prácticos ha continuado las políticas de su predecesor), han visto la aparición de un nuevo movimiento de protesta que se extiende por todas las grandes ciudades. La energía de los jóvenes ocupas es admirable. Hacía mucho tiempo que la primavera había huido del corazón de los EEUU políticos. Los helados inviernos de los años de Reagan y Bush no se fundieron con Clinton ni con Obama: hombres huecos que gobiernan un sistema hueco donde el dinero lo domina todo y el vilipendiado estado se utiliza principalmente para preservar el statu quo financiero y para pagar las guerras del siglo XXI.

La niebla de la confusión ha levantado finalmente y la gente está buscando alternativas pero sin los partidos políticos, ya que prácticamente ninguno de ellos da la talla. Las ocupaciones que están llevándose a cabo actualmente en Nueva York, Londres, Glasgow y más lugares, son muy diferentes de las protestas del pasado. Son acciones montadas en tiempos de creciente desempleo y donde el futuro se presenta sombrío. Una mayoría de los jóvenes –a pesar de las histéricas protestas que pretenden lo contrario- no conseguirán una educación superior a menos que se saquen de la manga inmensas sumas de dinero, y se verán pronto, sin duda, enfrentados a un sistema sanitario con dos niveles. La democracia capitalista de hoy presupone un acuerdo fundamental entre los principales partidos representados en el Parlamento a fin de que sus peleas, limitadas por su moderación, se conviertan en algo totalmente insignificante. Es decir, los ciudadanos ya no pueden determinar quién (y cómo) controla la sanidad de un país, una sanidad que los mismos ciudadanos han creado en gran medida.

Si cuestiones vitales como la asignación de recursos, las disposiciones del bienestar social, la distribución de la riqueza ya no son más tema de debate real dentro de las asambleas representativas, ¿por qué la sorpresa ante la alienación de los jóvenes de la política dominante o el inmenso desacuerdo con Obama y sus clones globales? Eso es lo que obliga a la gente a salir a las calles de más de noventa ciudades. Los políticos se negaron a aceptar que la crisis de 2008 tenía que ver con las políticas neoliberales que habían estado persiguiendo desde la década de 1980. Asumieron que podían seguir como si nada hubiera sucedido, pero los movimientos desde abajo han desafiado tal asunción. Las ocupaciones y las protestas de la calle contra el capitalismo son de alguna manera análogas a las Jacqueries (revueltas) campesinas de siglos anteriores. Condiciones inaceptables producen levantamientos, que son aplastados con frecuencia o decrecen por su propia voluntad. Lo que es importante es que a menudo son precursores de lo que aún está por venir si las condiciones siguen siendo las mismas. Ningún movimiento puede sobrevivir a menos que cree una estructura democrática permanente para mantener la continuidad política. Cuanto mayor sea el apoyo popular a esos movimientos mayor será la necesidad de alguna forma de organización.

El modelo de las rebeliones sudamericanas contra el neoliberalismo y sus instituciones globales nos dice mucho en este sentido. Las inmensas y exitosas luchas contra el FMI en Venezuela, contra la privatización del agua en Bolivia y contra la privatización de la electricidad en Perú, crearon la base de una nueva política que triunfó en las urnas en los dos primeros países, así como en Ecuador y Paraguay. Una vez elegidos, los nuevos gobiernos empezaron a poner en marcha las reformas sociales y económicas prometidas con diversos grados de éxito. El laborismo rechazó el consejo que el profesor HD Dickinson, en el New Statesman, le hizo al Partido Laborista en Gran Bretaña en 1958, pero que, sin embargo, los dirigentes bolivarianos aceptaron en Venezuela cuarenta años más tarde:
“Si el estado del bienestar ha de sobrevivir, el estado debe encontrar por sí mismo una fuente de ingresos, una fuente sobre la que tenga derechos por encima del receptor de beneficios. La única fuente que puedo ver es la de propiedad productiva. El estado debe poseer de una manera u otra una parte importante de la tierra y el capital del país. Esta puede que no sea una política popular: pero, a menos que se siga, la política de mejorar los servicios sociales, que sí es popular, devendrá imposible. No puedes socializar mucho tiempo los medios de consumo a menos que primero socialices los medios de producción.”

Los gobernantes del mundo verán en esas palabras poco más que una expresión de la utopía, pero se equivocan. Porque estas son las reformas estructurales realmente necesarias, no esas que está impulsando el aislado liderazgo del Pasok en Atenas. Si siguen por el camino que van no habrá más que privaciones, más desempleo y desastre social. Lo que se necesita es un vuelco completo precedido de la admisión pública de que el sistema de Wall Street no podía funcionar y no ha funcionado, por lo tanto hay que dejarlo atrás. Sus seguidores británicos, como todos los conversos, fueron más implacables y despiadados en su aceptación del mercado como único árbitro, respaldado por una maquinaria estatal neoliberal. Continuar por ese camino requerirá nuevos mecanismos de dominación que reducirán la democracia a poco más que un cascarón vacío. Los ocupantes son instintivamente conscientes de esto, por eso es por lo que hoy están dónde están. No puede decirse lo mismo sobre los políticos extremistas del centro.

Admiro profundamente a todos los jóvenes que ocupan plazas y calles en diferentes partes del planeta. Están desafiando a nuestros gobernantes con humor, brío y garbo. Pero no es fácil desplazar a los banqueros y políticos caraduras que dominan el mundo. Se necesita una década de lucha y organización para alcanzar unas pocas victorias. ¿Por qué no unirnos todos los que podamos tras un pliego de reivindicaciones –una “gran protesta” ante el parlamento que representa los intereses de los ricos- y marchar un millón o más para entregar la protesta en persona el próximo otoño. La ley (impuesta tras la Restauración de 1666) prohíbe las manifestaciones tumultuosas fuera del parlamento, pero nosotros podemos interpretar lo de “tumultuosas” tan bien como cualquier abogado.

Tariq Ali, es un escritor pakistaní, director de cine. Escribe habitualmente para The Guardian , Counterpunch , London Review of Books , Monthly Review , Z Magazine . Ali es, además, editor y asiduo colaborador de la revista New Left Review y de Sin Permiso, y es asesor del canal de televisión sudamericano Telesur. Su último libro, publicado por Verso, es The Obama Syndrome: Surrender at Home, War Abroad ’.

Rebelión
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
 

martes, 1 de noviembre de 2011

Globalización neoliberal y democracia

Tres libros publicados recientemente en España abordan el tema de los efectos de la globalización neoliberal sobre la democracia. Uno es el de Sidney TarrowEl nuevo activismo transnacional (Barcelona, Hacer, 2010). El segundo es la monumental obra de Saskia Sassen titulada Territorio, autoridad y derechos. De los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales (Buenos Aires, Katz, 2010) y el más reciente de todos ellos, el texto de Gerardo Pisarello titulado Un largo Termidor. La ofensiva de un constitucionalismo antidemocrático (Madrid, Trotta, 2011). titulado

En relación con los efectos del neoliberalismo sobre la democracia, Naomi KleinLa doctrina del shock algo extraordinariamente acertado: una de las estrategias centrales del neoliberalismo ha consistido en colocar sus principios fundamentales fuera del alcance de los mecanismos representativos. Poner esos principios en la constitución o en los tratados europeos era una manera de “blindarlos” y sustraerlos al juego político ordinario. El ejemplo de la independencia de los bancos centrales es el más claro desde el punto de vista de la autora canadiense. Así, el Consejo Nacional Sudafricano fue obligado a consagrarlo en la constitución como una de las condiciones para la transición en el país del apartheid. En Europa, el euro trajo consigo el Banco Central más independiente del mundo. Su única misión es mantener la estabilidad de los precios. La Reserva Federal norteamericana, al menos, tiene que velar también por el mantenimiento del empleo. decía en su libro

La estrategia de situar los principios del neoliberalismo fuera del alcance de la democracia se pone también claramente de manifiesto en los principios de política económica incluidos en la “constitución europea” desde el Tratado de Maastricht. La reciente reforma de la Constitución Española ha tenido como objetivo "internalizar" el Pacto de Estabilidad y Crecimiento incluido en los Tratados. Lo que se ha hecho al constitucionalizarlo es reforzar su exigibilidad. Ahora no estará protegido únicamente por los mecanismos de defensa propios del derecho europeo sino también por los instrumentos jurídicos de defensa de la constitución. Resulta igualmente inalcanzable que antes y, además, su protección jurídica se ha reforzado. La idea de poner los principios del neoliberalismo fuera del alcance de la democracia es un leitmotiv adecuado para rastrear lo que ha sucedido con las posibilidades de participación de las personas en el gobierno (o la “gobernanza”) del mundo globalizado. Nos puede servir también como hilo conductor para rastrear y comparar las tesis defendidas por los tres libros reseñados.

El más antiguo de los tres es el de Tarrow, publicado en su lengua original en 2005. Sidney Tarrow es uno de los más respetados e interesantes estudiosos de los movimientos sociales. En “El nuevo activismo transnacional” analiza los procesos de “globalización desde abajo” en terminología de Boaventura de Sousa Santos. Es decir, Tarrow analiza las formas de actuación, las alianzas, la difusión de las reivindicaciones, etc. conducentes a dotar a los movimientos de protesta y a sus reivindicaciones de una dimensión transnacional. En el libro aparecen desde la lucha de los agricultores franceses contra las imposiciones de Bruselas, hasta el movimiento zapatista; desde la yihad islamista internacional, hasta el Foro Social Mundial. Juntos, pero no revueltos. La inclusión del islamismo combatiente no parece responder a una toma de postura sobre su legitimidad, sino al interés por el estudio de los procesos que han llevado a la transnacionalización del mismo. 
  El libro de Tarrow llega, desde el punto de vista histórico, hasta la época de apogeo del Foro Social Mundial. De todas formas, su exposición no está organizada cronológicamente. Los capítulos analizan tipos de procesos de transnacionalización del activismo. Y resultan enormemente ricos en datos y estudios de mecanismos de difusión de ideas y configuración de organizaciones de muy diverso tipo.

Una de las bases del análisis de Tarrow es la distinción entre “globalización” e “internacionalización". La “globalización” se refiere a los fenómenos de desregulación y liberalización generadores de mercados tendencialmente mundiales. La internacionalización se refiere a lo ocurrido en el “campo político internacional” (por utilizar la terminología de Bourdieu). Ese espacio estuvo durante muchos siglos fuertemente acotado, permitiendo sólo a los estados y a las organizaciones interestatales el acceso al mismo. Con la globalización, la situación se ha vuelto mucho más compleja. Nuevos actores “privados” han entrado en el campo, como las grandes corporaciones multinacionales y sus asociaciones. También están presentes dentro del campo político internacional diversas ONG’S transnacionales con legitimación para participar en las conferencias de instituciones internacionales como la ONU. Asimismo, han aparecido nuevas instituciones internacionales no ya interestatales, sino con carácter supraestatal: desde la OMC en el ámbito global hasta la UE en el espacio europeo.

Por otro lado, los actores del campo político internacional no pueden ser contemplados ya como instituciones unitarias configuradas de forma burocrática y centralizada. Muchos de ellos se han desestructurado y forman redes con fragmentos de otras instituciones y con sujetos privados. Saskia Sassen presta una especial atención al “descoyuntamiento” del estado fruto del proceso de globalización. Determinados fragmentos institucionales del estado, como los bancos centrales o los funcionarios encargados de la defensa de la competencia forman redes transnacionales con sus homónimos en otros estados o en instituciones supraestatales. Estas redes pueden ser formales o informales, estar o no sujetas a la supervisión de los respectivos estados y permitir o no la participación de sujetos privados (especialmente empresas y asociaciones empresariales). En cualquier caso tienen un extraordinario poder en el campo político internacional y su actuación es absolutamente opaca quedando fuera del alcance de cualquier mecanismo de control o participación por parte de las personas “de a pie”. 
  Todo eso ofrece un panorama enormemente complejo, distante y falto de transparencia. A la complejidad de la dinámica del campo jurídico internacional se añade la fluidez del cambio de escala nacional-internacional. En efecto, la distinción interno-externo es una de las que más claramente ha entrado en crisis con la globalización. Hoy día nos encontramos, por ejemplo, ante una gran confusión entre las acciones de policía y las acciones de guerra. En otros tiempos, sin embargo, quedaba claro el carácter interno de la actuación policial e internacional de la guerra (salvo el caso de las guerras civiles). Esa fluidez del cambio de escala se manifiesta en el hecho de que una decisión o protesta nacional pueda adquirir trascendencia mundial (como la “ocupación” de Wall Street), que una decisión adoptada en otro continente pueda tener consecuencias locales tremendamente graves (por ejemplo, la decisión de la sede central de una transnacional de cerrar sus plantas en un determinado país), que las decisiones adoptadas por las instituciones políticas de un estado tengan efectos enormemente perjudiciales para la población de otro cuyos integrantes no han podido influir en el proceso (como ocurre con las consecuencias de la política económica alemana para los países del sur de Europa) o que los movimientos que protestan en un país puedan conseguir apoyo de otros movimientos de países diferentes para lograr sus objetivos.

El incremento de complejidad del campo político tanto nacional como internacional (en caso de tener todavía algún sentido esa distinción) da lugar según Tarrow a nuevas amenazas para los movimientos sociales, pero también a nuevas “oportunidades”. Ese es el aspecto más discutible del planteamiento de este autor. Pues su texto transmite siempre la impresión de que el balance entre las nuevas amenazas y las nuevas oportunidades es equilibrado: que lo que se pierde por un lado, se gana por otro. Los movimientos sociales tienen que transnacionalizar sus luchas para conseguir objetivos antes susceptibles de ser alcanzados a escala nacional (el libro editado por Boaventura de Sousa Santos y César A. Rodríguez Garavito El derecho y la globalización desde abajo está lleno de casos que lo demuestran). Pero no creo que las nuevas “oportunidades” que crea la transnacionalización del campo político compensen la mayor dificultad derivada de la necesidad de buscar alianzas internacionales para conseguir objetivos que antes se podían alcanzar movilizándose sólo a escala local o nacional. El planteamiento de Tarrow suena un poco a “hacer de la necesidad virtud”. Sin embargo, el hecho de que se multipliquen los casos de globalización desde abajo no significa que la capacidad real de incidencia de los movimientos sociales se haya mantenido, ni mucho menos aumentado con la globalización. En realidad, la globalización ha aumentado mucho el poder de los “de arriba” y ha disminuido enormemente el poder de los “de abajo” y Tarrow, sin embargo transmite la sensación de que todos han salido ganando.

Gerardo Pisarello sostiene en su libro "Un largo Termidor" la tesis de que con la globalización las constituciones han adquirido un fuerte componente oligárquico en detrimento de su componente democrático. Pisarello habla en ese sentido de que en la actualidad las constituciones tienen un carácter claramente "mixto". 
  El proceso de "oligarquización" es especialmente evidente en el caso de la Unión Europea. Los lobbies que representan a las empresas y a las asociaciones patronales tienen una influencia determinante en las decisiones de las instituciones europeas. Desde 1986, tras la aprobación del Acta Única, se optó porque la comunicación de la Comisión Europea con la "sociedad civil" se hiciera por medio del sistema de lobbies. Y aunque las asociaciones ecologistas o de consumidores son consultadas por la Comisión, su capital cultural económico y social no se puede comparar con el de los 15.000 lobbistas de las empresas presentes en Bruselas.

Las organizaciones empresariales y patronales europeas no sólo influyen en el proceso legislativo ordinario, sino que también han tenido un gran peso en el proceso constituyente. Son consultadas respecto a las modificaciones de los Tratados ejerciendo una influencia determinante en la redacción de los mismos. Así, por ejemplo, la proliferación de agencias independientes en el seno de la Unión Europea ha sido fruto fundamentalmente de la presión empresarial. Las grandes corporaciones prefieren que sean agencias "independientes" las que lleven a cabo las tareas de regulación porque les resulta relativamente fácil "colonizarlas". El caso de la Agencia Europea del Medicamento lo pone claramente de manifiesto.

Aparte de la posición privilegiada de los lobbies empresariales, la Comisión Europea ha expresado en repetidas ocasiones su desprecio hacia la voluntad popular. En un documento del año 2001 que sigue siendo representativo de la mentalidad de la "Eurocracia", el Libro Blanco sobre la Gobernanza Europea, la Comisión hace una agria crítica de los resultados del referéndum irlandés de ese mismo año que dijo no al Tratado de Niza. Los irlandeses son el único pueblo de Europa que tiene derecho a decidir por referéndum si aprueba o no las modificaciones de los tratados europeos. Eso es así por una disposición constitucional que considera dichos tratados como reformas de la constitución que deben ser sometidas a plebiscito. La Comisión Europea critica el no irlandés debido a la "escasa calidad del debate que lo precedió". Después adopta una posición que cabría calificar de "despotismo ilustrado" pues considera que el problema es que los ciudadanos europeos no se dan cuenta de los muchos beneficios que reciben gracias a la acción de la Unión Europea. Decir que el problema es de "visibilidad" y no de democracia conlleva afirmar que el pueblo, en este caso el irlandés, se equivocó. Obviamente también se equivocaron más tarde el pueblo francés y el holandés cuando votaron que no al proyecto de Constitución Europea. Por eso el contenido del proyecto de constitución ha sido trasladado al Tratado de Lisboa, aprobado sin intervención de los pueblos afectados (salvo el irlandés que tiene el derecho de pronunciarse en virtud de su constitución). Está claro que si existe una contradicción entre la voluntad de las instancias europeas y la voluntad del pueblo a quien hay que disolver, naturalmente, es al pueblo.

La manera como se utiliza el “derecho fuerte” (hard law) y el “derecho débil” (soft law) a nivel supraestatal también es una forma de poner el neoliberalismo fuera del alcance de la democracia. El AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones) fue un intento de crear un derecho internacional fuerte que protegiese las inversiones de las transnacionales en países extranjeros. Como muy bien recuerda Pisarello el AMI fracasó. Pero si analizamos los tratados bilaterales de inversiones firmados desde entonces (por ejemplo el firmado entre España y Bolivia) veremos que el objetivo del AMI se ha alcanzado por medio de las disposiciones contenidas en los mismos. En estos tratados se protege a los inversores extranjeros frente a las expropiaciones, frente a la normativa social o ambiental que les pudiera perjudicar y, sobre todo, se establece un régimen de solución de conflictos ajeno al estado destinatario de las inversiones y favorable a los intereses de las transnacionales: el centro internacional de arbitraje del Banco Mundial (CIADI). Mientras tanto, las empresas transnacionales regulan la "responsabilidad social" que tienen en los países destinatarios de sus inversiones o a los que deslocalizan la producción mediante subcontratación por medio de "códigos de conducta" que ellas mismas elaboran y que no pueden ser alegados ante instancia judicial alguna.

La combinación de derecho duro neoliberal y derecho blando social es especialmente patente en la UE. Si comparamos, por ejemplo, los artículos de la Versión Consolidada del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea en materia de defensa de la competencia (101-106) con los referidos al empleo y la política social (145-161) nos daremos cuenta inmediatamente de la diferencia de lenguaje. Para defender la competencia, la UE dicta normas obligatorias, prohíbe taxativamente determinadas actuaciones tanto a las empresas como a los estados y la Comisión tiene facultades para sancionar a quien las viole (uno de los últimos sancionados ha sido la empresa Microsoft por incluir programas suyos en el paquete del sistema operativo Windows). El lenguaje relativo al empleo y la política social es completamente diferente. En los artículos correspondientes se habla de "coordinación" de las políticas de los estados, de respetar la "diversidad" de las prácticas nacionales, de la realización de "informes", de que el Consejo, a propuesta de la Comisión elaborará "orientaciones" y "recomendaciones" dirigidas a los estados, del "aprendizaje mutuo", de las famosas "mejores prácticas", de competencias legislativas que deben ejercerse por unanimidad y de la prohibición de armonizar determinadas políticas a nivel europeo.

Esa estrategia de reservar el hard law y las competencias fuertes para el derecho neoliberal y dejar el soft law, la falta de competencias y la exigencia de que las decisiones se adopten por unanimidad para las políticas sociales es funesta. Es un mecanismo que debilita sistemáticamente los resortes del estado asistencial y los derechos laborales sin que las personas de a pie puedan hacer nada para cambiarlo por medio de los mecanismos de representación política; pues, como hemos visto, les ha sido sustraído el poder constituyente por lo que a los tratados europeos se refiere (con excepción del referido caso del pueblo irlandés).

Pero la obra maestra del neoliberalismo para situarse fuera del alcance de la democracia (especialmente en Europa) ha sido otra distinta de las anteriores. Ha consistido en convencer a los socialdemócratas de que la política neoliberal es la única política económica posible. Como señala Pisarello, el episodio decisivo fue el fracaso del último proyecto reformista serio en un país europeo: el de la coalición social-comunista francesa a principios de los 80. Sus intentos de introducir cambios estructurales y la nacionalización de algunas entidades bancarias obtuvieron como respuesta huidas de capitales y presiones de los mercados financieros internacionales. El fracaso sirvió de "aviso para navegantes", aceleró el proceso de integración del mercado europeo, y convirtió masivamente a los socialdemócratas al neoliberalismo. Al no existir diferencias de fondo entre los planteamientos de política económica en los socialdemócratas y de los partidos expresamente neoliberales, los ciudadanos no tienen en realidad más opción que elegir el neoliberalismo o no votar. Una anécdota que cuenta Pisarello resulta enormemente significativa a ese respecto: interrogada
Margaret Thacher sobre cuál fue el mayor éxito de su carrera política, ella respondió: "mi mayor triunfo político ha sido... Tony Blair".

José A. Estévez Araujo
Alba Sud
http://www.albasud.org/noticia/es/237/globalizacion-neoliberal-y-democracia
Este artículo se publicará en el boletín electrónico de la revista mientras tanto próximamente (núm. 96, noviembre 2011).

A quién beneficia el movimiento del ‘15-M’

En vano, las organizaciones de izquierda intentan de manera oportunista hacerse con un ‘capital político’ sin darse cuenta de que en el 15-M no hay tal capital político: hay un común.

La concepción liberal-autoritaria de la política democrática nos tiene acostumbrados a interpretar la participación como un acto puntual, fugaz, casi como si de un favor se tratase. Y es que la participación en la res pública se limita, para una inmensa mayoría, al voto cada cuatro años; si es que se vota, claro.

Cualquier otra forma de abordar los asuntos comunes es rápidamente acusada de salirse de los márgenes legales; de ser incluso un germen de golpes de Estado, como afirma Esperanza Aguirre sobre el 15-M. Afortunadamente, poco a poco, se va superando esa concepción constrictiva de la política donde los únicos que pueden participar en ella, más allá de las consultas plebiscitarias que conocemos como “elecciones”, son mercados, políticos y medios de comunicación. Con el 15-O [la jornada de movilización de los ‘indignados’] se ha liberado esa subjetividad plural, la multitud, que se define por su irreductibilidad a una única lectura de su ser; a un planteamiento concreto, representable y, por lo tanto, difícilmente recuperable para el régimen de poder en vigor.

Todo el mundo esperaba que con el 15-M se produjese una especie de mímesis callejera, de lo que suele acontecer históricamente con las luchas políticas que acaban integrando las instituciones del régimen: primero una algarada temporal abocaría a la estructuración del cuerpo social de la protesta en alguna modalidad organizativa de masas (partido, sindicato, ONG u otra). Gracias a esta organización resultaría posible, seguidamente, acometer la eliminación de pluralidad del cuerpo social (a la manera de lo que los constitucionalistas alemanes del siglo XIX llamaban reductio ad unum). Finalmente, la cooptación de unos pocos líderes sería un costo económico asumible y en consecuencia, la protesta se diluiría con apenas algún guiño superfluo y la incorporación del aparato simbólico generado por la movilización (a la manera en que, por ejemplo, hoy todo el mundo se reconoce en los símbolos del feminismo, el pacifismo, etc.).

Organizaciones de masas

De lo que se trata con el 15-M, sin embargo, es de otra forma de hacer política, otra lógica propia de otra agencia; una agencia alejada por completo de las formas con que funcionan las organizaciones de masas (partidos, sindicatos, etc.). El 15-M significa, ante todo, una transformación sobre el conjunto de supuestos que hasta ahora gobiernan la vida y cuestiona la definición liberal de democracia. En un tiempo en el que esta variante de democracia entra en una profunda crisis al verificarse que la soberanía ya no reside en los votos, sino en los mercados y las agencias de rating, la contestación no se limita a una mímesis de las lógicas organizativas que han guiado los procesos históricos conocidos (la serie eclosión, organización, elitización, cooptación, disolución del movimiento). Aprendidas las lecciones del pasado hoy se va más allá, se reclama una democracia progresiva, más acorde a la constitución material de la realidad contemporánea.

Lo que practican los ‘indignados’ se puede definir como política de movimiento y, a diferencia de las políticas de notable y partido que en las últimas décadas han desdemocratizado las democracias liberales (demostrando las propias limitaciones democráticas de éstas), es una agencia política. Una agencia de democratización que no teme romper el actual estado de cosas por medio de la desobediencia civil para proyectarse más allá de éste, en un horizonte constituyente que realice el gobierno de la democracia absoluta. El 15-M, el 15-O, los momentos de ruptura que sin duda seguirán, no son simples demostraciones de masas en las calles; no son el primer paso de la secuencia apuntada. No habrá eclosión, organización, elitización, cooptación, disolución del movimiento. En vano, las organizaciones de izquierda intentan de manera oportunista hacerse con un “capital político”.

En el 15-M no hay un capital político: hay un común. Por eso la relación del 15-M con el 2-M o la del 15-O y otros eventuales momentos de ruptura por venir con el 20-N no se puede determinar en los parámetros de un efecto causal (o causado). Si se quiere comprender la relación entre el movimiento y las elecciones del gobierno representativo, se debería adoptar una perspectiva diferente que comprendiese antes la profunda crisis en que se encuentran las segundas, para así poder entender cómo opera el primero.

Fracaso de la movilización

Y es que, como ha demostrado el 15M a partir del 23M, y como seguramente demostrará el 15O después del 20N, las elecciones son contingentes al movimiento y no al revés. Adelantar la lectura de los resultados del 20N como fracaso de la movilización de la izquierda y triunfo apabullante de la derecha es sólo algo que adquiere sentido en el marco interpretativo de la gramática política en la que se inscribe la democracia liberal. Esa misma democracia cuyo principal mecanismo institucional (el gobierno representativo) la ciudadanía (el supuesto soberano, ¿recuerdan?) dice que ya no opera (“No nos representan”) y que es preciso abolir (“Este sistema, lo vamos a cambiar”).

Al igual que de cara al 22M, de cara al 20N se quiere presentar la acción colectiva como un cálculo fallido, como la imposibilidad de conseguir lo único que se puede conseguir: incidir sobre el resultado electoral. Tal es el primer paso de toda profecía que se autorealiza (self-fulfilling prophecy), esto es, de ese mecanismo que nos presenta una definición “falsa” de la situación (la victoria del PP como única perspectiva) que desencadena un nuevo comportamiento (el comportamiento electoral).

Este hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva ‘verdadera’ (la eventual victoria del PP sea vivida como la confirmación de que salir a la calle no valía de nada dado que sólo existía el escenario electoral). Así opera la manipulación mediática. Pero tampoco esto es nuevo al movimiento y por eso la trampa representativa de la profecía que se autocumple no irá muy lejos. Y es que, mientras haya crisis y el mando no cambie de estrategia, tras el 20N la crisis del régimen será aún mayor y el horizonte del movimiento seguirá abierto.

*Jorge Moruno es sociólogo y Raimundo Viejo, profesor de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).
El Confidencial